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Página Negra Carole Lombard: Cara de ángel y boca de marinero

Actualizado el 04 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Su espíritu cómico la mantuvo 20 años en el estrellato de Hollywood, pero iba demasiado rápido para los dioses del cine y acabó estampada al pie de una montaña.

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Chiquita y bocona Carole Lombard nunca se medía el tamaño de sus palabras; acostumbraba decir lo primero que se le ocurría y se granjeó buena fama de chusca y tener el vocabulario de un hincha futbolístico.

Fue un ángel profano. Payasa incandescente. Sensual y graciosa. Elegante como un maniquí. Gozó de belleza, fama, dinero y suerte…pero le faltó vida para disfrutarlo todo. Murió a los 33 años.

Una moneda al aire decidió su fortuna, cuando perdió la apuesta contra su madre, Elizabeth Peters Knight, acerca de regresar en tren o en avión a Los Ángeles, después de una presentación en Indiana que recabó fondos para la guerra contra los nazis.

¿Qué te puede pasar en un avión? fue la frase que sustituyeron en un diálogo de su postrer filme Ser o no ser – por respeto a la memoria de Carole Lombard, que murió la noche del 16 de enero de 1942 cuando el Douglas DC-3 en que viajaba se desintegró contra el Table Rock Mountain, en las afueras de Nevada.

Su marido, el Rey de Hollywood –Clark Gable–, nunca se recuperó del mazazo emocional que recibió; el país entero llevó luto durante varias semanas y el Presidente Franklin D. Roosevelt dijo que fue la primera mujer que murió en la Segunda Guerra Mundial; por eso le concedió a título póstumo la Medalla de la Libertad.

Apenas dos meses antes los japoneses lanzaron su infame ataque contra Pearl Harbor, y despertaron un gigante dormido que estiró sus poderosos brazos y acogió para su causa a las luminarias del celuloide.

Carole Lombard fue una de ellas, a contrapelo de Gable que al principio evadió embarrarse de sangre. El Olimpo del cine decidió bajar a la tierra y abrió una sucursal en Los Ángeles, que se llamó –como no podía de ser de otra manera– La Cantina de Hollywood.

Los soldados con permiso o de baja solían darse una vuelta por el lugar; ahí podían echarse unos tragos y bailar un rato con –casi nadie– Bette Davis, Rita Hayworth, Cary Grant o Marlene Dietrich, para regresar con más bríos a la carnicería en Europa y El Pacífico. La Cantina estuvo ubicada en la calle Cahuenga, de la meca del cine.

Como parte de esa inflamación patriótica Carole recorrió Estados Unidos para vender bonos de guerra; aquella trágica noche estuvo en Indiana –donde nació el 6 de octubre de 1908– y recaudó $2 millones.

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Al parecer la escasa iluminación terrestre ocasionó que el piloto desviara la nave y por accidente se incrustó en una montaña. Otros, como el deslenguado de Orson Wells, se atrevió a decir: “Adoraba a Carole. Fue una amiga muy cercana. ¿Sabes por qué cayó su avión?. Estaba lleno de grandes físicos americanos, lo derribaron los nazis. Ella era una de las civiles a bordo. El avión estaba lleno de agujeros de bala”.

Las lenguas sibilinas de Hollywood aseguraron –contó Rafael Dalmau en Los pecados del cine – que la madre de la estrella no quería subir a la nave porque tuvo un mal presentimiento, pero Lombard metió cabeza pues estaba convencida de que Gable la engañaba con la casquivana de Lana Turner, “la chica del suéter”.

¡Ni modo!. El silencio y el viento amortajaron los cadáveres de la estrella, su madre, el apoderado de la actriz y 20 acompañantes más.

El águila y el halcón

Como en el poema de Garrick, todo el que la veía moría de risa, “tiene una gracia artística asombrosa”. Reinó con desenfado en la pantalla de plata durante veinte años, entre 1921 y 1941, interpretando melodramas, pero fue en las comedias donde lució su repertorio de ocurrencias.

 Clark Gable y Carole Lombard rodaron   Casada por azar  , en 1932. En 1939 se casaron y ella murió trágicamente solo tres años después: él casi enloqueció.   |  LATINSTOCK
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Clark Gable y Carole Lombard rodaron Casada por azar , en 1932. En 1939 se casaron y ella murió trágicamente solo tres años después: él casi enloqueció. | LATINSTOCK

Árbitro de la hilaridad hollywoodiana, chabacana inveterada, soltaba lo mismo un chascarrillo que bramaba una obscenidad propia de un chisgarabís.

Se granjeó fama de boquifloja; nunca conectó el cerebro con la boca y era capaz de escupir serpientes, sin importarle lo que su interlocutor pensara o sintiera.

Carole vivió en un mundo dominado por los hombres y “sabía que si decía la verdad se granjearía más de un disgusto, pero también intuía que, a la larga, conseguiría el respeto y la consideración que deseaba” apuntó Dalmau.

Carecía del sentido del pudor. Se desnudaba delante de William Haines, exactor metido a decorador de mansiones, a quien contrató en 1934 para que pusiera, de punta en blanco, la casa que compró tras su divorcio de William Powell, según reseñó Kenneth Anger en Hollywood Babilonia . “Atónito la vi desnudarse por completo, sin dejar de mirarme un segundo, ni de hablar. Nunca llevaba sostén; y a veces ni calzones.”

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Los picacuentos de Hollywood aseguraban que Haines había sido “amigurris” de Clark Gable, en los tiempos en que este era un pobrete y tuvo que sobrevivir en Hollywood como “taxi-boy”. En una ocasión, cita Anger, Gable le reclamó a Lombard sus coqueterías con otros hombres y si “¿No tienes alguna amiga?”; ante lo cual Carole le hundió el puñal de su ironía: “Sí, tengo dos amigas: Mitch Leisen y Billy Haines”. Uno era un famoso bisexual y el otro un archiconocido homosexual.

Pese a todo a Clark le encantaban las maneras rudas pero divertidas de la deslenguada rubia, que lo tuvo “picando piedra” desde que se conocieron en el set de Casada por azar , de 1932.

Por aquellos años, el astro de la orejas de elefante estaba casado con la millonaria “Ria” Franklin y no quería pagar el costo de la separación, así que dejó a Carole “en jabón” hasta que en 1936 coincidieron en el famoso “Baile de Blanco” organizado por John Hay Whitney.

Como el requisito de la parranda era llegar vestido de blanco, Carole arribó en ambulancia y encaramada en una camilla. Después de ese día la Lombard tuvo de perrito faldero al rey del cine, quien la cortejó de las maneras más cursis posibles, incluyendo el envío de un gigantesco jamón.

Nada había sagrado para ella y se divirtió a lo lindo a costillas del galán; un día le envió un viejo auto pintado de corazones rojos; otro, se burlaba de sus dientes postizos y cuando amanecía de buenas ridiculizaba sus películas. De nada valieron los fallidos intentos de Gable por conseguirle el papel estelar de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó .

Entre broma y broma la verdad se asoma. Ella lo llamaba “Pa” y él le decía “Ma”. Para complacerlo dejó un tiempo el cine y acudió a peleas de boxeo, a partidos de béisbol, carreras de caballos, pescar, practicar el tiro e ir de cacería.

Al final terminaron casados en 1939. Fueron tres años de felicidad, luces, celos para condimentar las revistas del corazón y chorros de babas de los envidiosos. En plena luna de miel Carole le dijo a Louella Parsons: “Dejaré a Pa que sea la estrella y yo me quedaré en casa, zurciré calcetines y cuidaré a los niños.”

La comedia de la vida

Jane Alice Peters era una niña bien de la alta sociedad de Indiana; bella y sofisticada; rubia original; bajita pero con las revoluciones de un ciclón; risa estruendosa y humor lacerante.

Carecía del sentido del pudor. Se desnudaba delante de William Haines, exactor metido a decorador de mansiones, a quien contrató en 1934
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Carecía del sentido del pudor. Se desnudaba delante de William Haines, exactor metido a decorador de mansiones, a quien contrató en 1934

A los ocho años su padre tuvo la ingrata idea de irse y dejarla sola con su madre Elizabeth; con la niña y los dos hermanitos mayores ella infló velas hacia Los Ángeles, donde Jane mataba las tardes jugando béisbol en media calle. Ahí la encontró el director de cine Allan Dwan quien la contrató para su primera película muda, Un crimen perfecto . Tenía apenas 12 años.

Jane regresó a la escuela, practicó atletismo y a los 15 dejó botados los cuadernos para unirse a una “troupé” con más pena que gloria. En 1925 volvió a los escenarios con el nombre de Carole Lombard.

Su espontaneidad, ingenio y desparpajo atraparon a Mack Sennett que la fichó para el elenco de sus escuálidas y empapadas Sennett Bathing Beauties . Desde ese momento Carole fue la prima donna de las descabelladas “screwball comedies”, entre ellas las desternillantes: La comedia de la vida ; La reina de Nueva York , cruda burla al periodismo sensacionalista y Mr. y Mrs. Smith , dirigida por Alfred Hitchcock.

La obra cumbre de su carrera, de 80 películas, fue Ser o no ser de Ernst Lubitsch’s y que estrenaron después de su muerte, con algunos arreglos para no ofender al público.

Con Myrna Loy fue la diosa de la comedia pero también hizo melodramas al estilo de Ahora y Siempre , con Gary Cooper, y filmes musicales como Bolero .

No todo fueron sonrisas y queques en la vida de Lombard. A los 18 años tuvo un severo accidente de tránsito que le dejó una cicatriz en el lado izquierdo de la cara. Para disimular la marca tuvo que someterse a dolorosas cirugías estéticas, sin anestesia.

Su primer salario fue de $150; pasó a cobrar $350 y en el apogeo de su estrella llegó a exigir $35 mil por semana.

A los 23 años se casó con el actor William Powell, que casi le doblaba la edad, pero solo duraron dos años. El segundo marido fue Gable, que tras su muerte se hundió en la depresión.

Su carrera iba viento en popa, pero ni los dioses pueden desafiar al fatum y lo que pudo ser un “happy end” cinematográfico, terminó en una tragedia griega, gracias a una moneda lanzada al aire.

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