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Pizka, el payaso que por primera vez fue al circo (¡y al Circo del Sol!)

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

Artista callejero. Pizka la pulsea en la calle y se quedó sin palabras y con los ojos llenos de alborozo al ver el show Varekai , del Circo del Sol

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Pizka, el payaso que por primera vez fue al circo (¡y al Circo del Sol!)

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En el mundo no existen buenos circos sin payasos, pero, en Desamparados, existe un payaso sin circo. Un tipo que, avanzado en años, decidió convertirse en payaso y malabarista de profesión, y que, hasta el viernes, nunca antes había puesto pie en una gran carpa circense.

Todas las semanas, John Bonilla, de 35 años, quien opera bajo el nombre Pizka, toma semáforos y lugares públicos para presentar su show , con el objetivo de propagar un mensaje profundo y cambiarle el transcurso del día a la gente, ganándose así el arroz y los frijoles.

Él es un tipo diferente de ser humano. A diferencia de muchos, cuyos gustos por el arte están directamente enlazados a la juventud, John se inició como artista callejero hace un lustro, luego de dejarlo todo atrás para jugar con la ilusión.

Algunas personas envejecen seguras de haber visto todo lo que alguna vez les llamó la atención, amedrentadas y con pérdida de interés por nuevas manifestaciones. Otras, como John, no hacen más que volver a nacer, al menos en alma y en espíritu, buscando un nuevo norte.

Es cierto que desde hace mucho quería ser payaso y maquillarse, para jugar con la ilusión, pero convivía en círculos sociales en los que aquello no era muy bien visto.

Ahora, que se liberó de tantos estigmas, es su propio jefe, no tiene seguro médico ni horario, hace lo que sus entrañas le piden y las críticas que pudo haber encarado no son más que un recuerdo risible.

Esta semana, el artista recibió una de las noticias más emocionantes de su vida: obtuvo un boleto para disfrutar del estreno de Varekai , espectáculo que el Circo del Sol presenta actualmente en Costa Rica.

Si para el espectador promedio, la ilusión de ver al Circo del Sol representa una oportunidad única de maravillarse con el alcance del talento y la flexibilidad humana, es difícil imaginar lo que eso puede significar para alguien que se gana la vida haciendo algo similar, pero en la calle y sin ni siquiera la mínima porción del presupuesto de mentada compañía canadiense.

Cuando supo la noticia, quiso gritar, pero no sabía si lo iban a expulsar de donde estaba por no entender que su grito era de felicidad absoluta, no de peligro. Finalmente, gritó en silencio; no se contuvo.

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Claro que Pizka quería ir a Varekai desde que fue anunciado en su país. Claro que estaba al tanto de que las entradas estaban reservadas a la burguesía o a la población sumamente endeudada. Claro que pensaba que se tendría que conformar con ver su colección de videos del Circo del Sol, una vez más.

Llegada la noche anterior a la gala, John durmió poco, pero durmió. Pensaba, de vez en vez, en la felicidad de su madre al enterarse de las buenas nuevas y en todo lo que iba a aprender estando bajo aquella gran carpa azul y amarilla. “Yo siempre aprendo, ya sea de payasos malos o buenos”, afirma, consciente de que le falta mucho por hacer.

Viernes. Tras hacer mandados, Pizka llegó a su casa luego del mediodía. Un doctor le había cobrado varios miles de colones por chequearlo; no fue su momento favorito. Después de almorzar, empacó su indumentaria y salió rumbo a La Nación , en Tibás, desde donde viajó con un grupo de periodistas a Hacienda Espinal, en Alajuela.

En el trayecto, se distrajo con música y con la vista de La Sabana desde La Uruca. Hablaba poco y volvía a ver a la ventana para perderse entre sus pensamientos.

Tras dos horas de presa, cuando vio que nos acercábamos al destino, se fue a la parte de atrás de la buseta y se encaramó su fachada de payaso. “No puedo creer que estamos acá”. Sus labios temblaban.

Llegó el momento: Pizka se bajó del carro, vestido de payaso. No habían pasado dos segundos y ya había abrazado a un desconocido. Saltó, se rió; tomó y se tomó fotos.

Se volvió a cambiar de vestuario, esta vez bajo la lluvia. No quiso entrar vestido como payaso; sentía que era una falta de respeto.

Al filo de las 8 p. m., ingresó por primera vez en su vida a una gran carpa de circo. Buscó su lugar, acomodó sus cosas y tomó asiento, cuando ya los clowns de Varekai hacían su sorprendente iniciación.

Entre sus frases más repetidas durante el show estuvo “¡Y, mae!”, casi cantado. También le dijo “¡te amo!” a la acróbata que sobre el cielo dibujó fantasías en su aro.

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Tras el intermedio, unas palomitas sirvieron para bajar su tensión. A veces, trataba de tomar fotos, pero aún así no quitaba los ojos del escenario ni por un segundo.

Una de las pocas críticas que hizo fue que el malabarista principal no cumplió sus expectativas. Sobre todo lo demás, solo tuvo maravillas para hablar. Con el impresionante acto de clausura, frotó sus manos incesablemente; seguía nervioso.

Cuando se le consultó por sus partes favoritas, prácticamente las mencionó todas. Incluso cuenta que, cuando iba a dormir esa noche, lo único que sonaba en su cabeza era la “hermosa” música del circo.

Se quedó corto de palabras y sofocante de aliento. Ahora, tiene gasolina para cuando regrese a la plaza de la No Cultura –como le dice– o a cualquier semáforo. Pero no puede decir mucho más.

Ahí, comprendí que, muchas veces, los ojos realmente dicen todo lo que queremos decir. Los de John, por ejemplo, expiraban ese aire de satisfacción y alborozo que solo se obtiene cuando se logran objetivos sin perderse a sí mismo.

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Alessandro Solís Lerici

alessandro.solis@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Bachiller en Periodismo de la Universidad Latina de Costa Rica. Escribe sobre temas sociales, internacionales, generaciones jóvenes, crónicas, problemáticas culturales.

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