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Estreno de Varekai : En el circo siempre sale el sol

Actualizado el 01 de junio de 2013 a las 12:00 am

Varekai, el espectáculo del Cirque du Soleil (Circo del Sol), conquistó al público de Costa Rica en el estreno de su primera temporada en el país

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Ir al circo es hacerle un guiño a nuestra niñez, aunque esta ya esté lejana; es firmar un pacto con la fantasía; es darle un chancecito a la mera diversión.

Por muchas razones, el circo vive en nuestras imaginaciones..., uno no se da cuenta hasta que lo ve y la función empieza.

Hay un clic entre tribuna y pista, una complicidad pactada con saltimbanquis, trapecistas, acróbatas y payasos: ahí empieza la magia.

No hay duda de que el circo tiene un glamour particular: es el encanto de una vida nómada, de holas firmes, pero efímeros; de adioses sentidos al final de cada función, mas duraderos.

En esencia, el Cirque du Soleil –en español, Circo del Sol – guarda las tradiciones circenses más notables y reconocibles. Lo hace desde la misma carpa que recibe a los espectadores.

La empresa canadiense empezó desde anoche su primera temporada en Costa Rica. Lo hizo a cupo lleno, como siempre espera cualquier artista actuar.

Anoche, los espectadores del estreno se entregaron a los protagonistas que, en dos horas y media (con un intermedio de 25 minutos), dieron un espectáculo desafiante.

Varekai , show escogido por el Circo del Sol para su primera visita al país, estará en cartelera hasta el 30 de junio en la Hacienda Espinal, en San Rafael de Alajuela. Presenta más de una docena de número circenses.

Vuela, vuela. Ícaro un día desoyó los consejos de su padre, voló cerca del sol y este le derritió la cera de sus alas hechizas y se precipitó al mar...

Así eran las moralejas de los antiguos griegos: el destino no podía ser esquivado y un eventual reto se pagaba caro.

Por eso, Edipo –por citar a otro ilustre de aquellos tiempos– no pudo escapar de su terrible sino.

Varekai –en romaní (lengua de los gitanos) significa “en cualquier lugar”– recrea el mito de Ícaro; sin embargo, este corre con mejor suerte: queda maltrecho, pero vivo; en lugar del mar, cae en tierra firme; no duerme con los peces, convive con una serie de seres fantásticos, que parecen salidos de los libros de cuentos más desquiciados.

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Como no podía ser de otra manera, el descubrimiento de la nueva vida de este Ícaro tiene lugar en las alturas: se traga grueso, en serio, con las acrobacias, piruetas y maromas de los intérpretes.

No son pocas las oportunidades en las que las leyes de la física y la gravedad parecieron ser desafiadas con descaro (indiferencia, escribió el New York Times).

Entre riesgo y vértigo, los payasos –Stephen Bishop y Gabriela Argento– aparecen para bajar la adrenalina de esos momentos pico, en los cuales se combinan el asombro y el aplauso.

Circo que se respete tiene buenos payasos; de lo contrario, a uno le quedaron algo a deber.

Humor. Boyd y Argento son los encargados de abrir el espectáculo, cuando se mezclan con el público.

A lo largo de Varekai, son el contrapunto adecuado pues apelan a la añeja fórmula de las parejas cómicas del protagonista y antagonista: juntos se complican la vida; sin embargo, por separado, se extrañan el uno al otro.

Sus intervenciones fueron el puente a lo largo del espectáculo, que, por cierto, le hizo un guiño al público durante uno de los pocos diálogos del show.

“¿Qué pasa, mae?”, le pregunta El Guía al Inventor. Por supuesto, fue aplaudido.

A diferencia del infortunado Ícaro de la mitología griega, el de Varekai tiene un final feliz..., y trepidante al compás de unos trampolines rusos, en el que la gravedad sí no pareció existir.

Feliz fue también para los espectadores de anoche, quienes ofrecieron una larga y generosa ovación de pie el cierre del espectáculo.

Volar, una de las más caras ambiciones del espíritu humano, encuentra una nueva ruta en este espectáculo del Circo del Sol.

Ir al circo es un guiño a nuestra infancia. Anoche, todos fueron un poco niños en las alturas de la fantasía de Varekai.

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