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Estreno del Circo del Sol en Costa Rica: De encuentros mágicos y miradas ajenas

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

Quietud improvisada Un periodista llega a cubrir el Circo del Sol, inquieto por el paradero de su esposa. Se sienta y ahí está ella, justo a su lado

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Estreno del Circo del Sol en Costa Rica: De encuentros mágicos y miradas ajenas

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Siete y treinta de la noche, mensaje de texto de mi esposa: “Vi la carpa y quise llorar”. Cuatro meses atrás la productora Ocesa había confirmado la presencia del Circo del Sol en Costa Rica y, tras leer los precios, Paola y yo llegamos a un acuerdo tácito: “ya veremos qué hacer cuando vengan”. Es uno de esos temas de pareja que uno prefiere postergar para no pasar por pinche, inculto, frío, apático, cínico, o peor aun: todas las anteriores.

Noche de premier y aquí estamos; cada uno por su cuenta. Eso no significa –como ya habrán imaginado– que, tras un gesto romántico y emotivo de última hora, me logré zafar de los tenebrosos adjetivos enlistados en el párrafo anterior... todo lo contrario, probablemente los consolidé como elementos clave de mi hoja de vida.

Sucede que Ocesa tuvo la cortesía de enviarme una entrada al evento y yo, a la vez, tuve la cortesía de cedérsela a Paola, quien manejó hasta la Hacienda Espinal con la ilusión de quien ve una carpa y apenas puede contener las lágrimas. Media hora después, se desprendería de ellas, una tras otra. Lo sé porque estuve ahí, sentado a su lado. Lo sé porque a mí también se me encrispó todo el pelaje en la apertura de Varekai ; el grado de emotividad es tal que yo estaba listo para ver al rey Mufasa ofrecer un discurso.

¿Sentado al lado de ella? Sí, Varekai puede ser un tributo al alma libre y nómada, pero Costa Rica sigue siendo un pañuelo. Tras arribar en la buseta de La Nación –payaso incluido–, los acomodadores nos fueron ubicando uno a uno, separando nuestros destinos por el resto de la noche, al punto que no supe más de mis colegas: estábamos repartidos a lo largo y ancho de la carpa. Mi guía oficial se fue abriendo camino por los pasillos, mientras yo revisaba el último mensaje de Paola, anunciando que apagaría el teléfono porque ya la batería escaseaba. Mala nueva: ¿cómo diablos la iba a encontrar al terminar la función? Tan abrumado iba que no llegué a notar al edecán del Circo del Sol tratando de jugarme una broma: pasé recto.

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“Sería aquí muchacho, en la 34-C”. Tomé asiento pensando en qué iba a contar de un show del que ya se sabe todo lo que se tiene que saber: no por nada sus casi 4.000 presentaciones han encantado a más de 6 millones de personas en 5 continentes... Es muy sencillo, si a usted le gustan los circos y los musicales, no hay pierde, Varekai le cautivará el alma. El problema, claro, es que a mí no me gustan ni los circos ni los musicales, pero para el que no cree en magia, dos tazas, o mejor dicho, tres palabras: “¡Hola, mi amor!”.

La muchacha del 34-F me sonríe y, de inmediato, la ubico por nombre de pila, estado civil y calidades relevantes al momento: se llama Paola, está casada (conmigo) y sabe apreciar un espectáculo cargado de talento escénico, imaginación y fantasía. De pronto, tenía a mi lado a alguien cuyos ojos podría tomar prestados para describir lo que estábamos por ver. Fue una agradable y redonda sorpresa que, además, incluyó un vaso de Ginger Ale y un tarro de palomitas. “¡Hola, mi vida!”.

Sus lágrimas y su sonrisa llena de asombro frente a los cuerpos que con simetría germánica se lanzaban osados de un costado al otro de la carpa, como si todo aquello estuviese forrado por colchones invisibles. ¿Cómo pueden estos locos hacer esto más de 30 veces al mes? La lluvia de aplausos acallaba mis constantes preguntas a cada instante; el público agradecía un show intenso, dinámico, colorido, impactante.

Entre tanto, yo lograba medir la maravilla de cada acto dependiendo de la fuerza o velocidad con la que Paola tomaba mi mano. No cabe duda, el descenso de Ícaro y los niños malabaristas fueron, a su gusto, puntos altos. “¿Te estás aburriendo?”, me pregunta. “Para nada, pero sí necesito comprar un café en el intermedio”. Ah, el hechizo del grano de oro, la dosis mágica de cada día.

Bebida ardiendo en mano, se inició la segunda parte, tras el agradecido y prudente intermedio sanitario. Mi momento favorito llegó cuando el escenario entero quedó a oscuras y pequeñas nubes de estrellas azules titilaron por los aires. No pude sondear cuánto le gustó a mi improvisada acompañante, pues, al buscar mi mano, topó con el café caliente y poco faltó para que le matara las amebas a más de uno con un grito de dolor. Valiente y educada guardó silencio y me dedicó una mirada de reproche tan pronto volvió la luz. Sin embargo, solo segundos después, inmersa en música y melodía, ya estaba sonriendo.

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Lo que le han dicho es cierto: Varekai es espectacular. Vale la manejada, la presa y la mojada, la palomita añeja y el café de máquina, el baño colectivo de matadero y las inevitables doñas que comentan cada acto (“¡Ay veelbandido! ¡ahí va soplado!”) como si no lo estuviéramos viendo. Dentro de la carpa, estas y todas las preocupaciones de la vida real pasan a segundo plano. No me lo crea a mí, créaselo a Paola.

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