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Whiplash

Actualizado el 27 de abril de 2015 a las 12:00 am

En filme musical, el jazz es asunto dramático plasmado con sinceridad y cierta devoción

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Con la gran actuación de J. K. Simmons, tenemos un filme donde el jazz es personaje inesperado de un drama con tensión humana. Fotografía: Discine para LN.
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Con la gran actuación de J. K. Simmons, tenemos un filme donde el jazz es personaje inesperado de un drama con tensión humana. Fotografía: Discine para LN.

La película Whiplash: Música y obsesión (2014), escrita y dirigida por Damien Chazelle, dice su historia sin alardes narrativos, pero, eso sí, con limpieza visual. Es el paso primero de su bien calada expresividad.

Con la dureza misma de un redoble de tambor, esta película relata las contradicciones entre un músico director de una banda de jazz y un joven baterista, a quien se le exige más y más, desde la tiranía del poder por parte del director mentado.

El filme pone en el tapete el asunto de si debe haber o no algún límite en las exigencias de un maestro para con su discípulo, asunto llevado –incluso– al plano ético. Lo que vemos, primero, es una relación opresora del maestro adulto hacia el joven, a tal punto que nos hace ponernos del lado del muchacho.

Luego, en proceso predecible, surge un auténtico duelo entre ambos, sin que la trama del filme imponga moraleja alguna. Por momentos, la película da la razón al maestro, por secuencias se la da al discípulo y también procura ser síntesis de ambas razones, para rendirse a sí misma con su final abierto.

Como concepto, Whiplash: Música y obsesión es cine sobre el triunfo del individuo por encima de cualquier obstáculo, metáfora del pragmatismo liberal en economía y política. La película se concentra de tal modo en el joven músico, llamado Andrew, que su éxito parece ajeno a la importante noción de conjunto, necesaria en una banda u orquesta, cualquiera que sea.

De alguna manera, este filme coloca en el plano de la música una historia que casi siempre vemos con películas sobre algún deporte. Esto tiene que ver con el gusto que el guionista y director siente por la música y, en lo específico, por el jazz .

Incluso, dentro de los repetidos diálogos de este filme (esto por la omnisciente presencia de su trama monotemática, lo cual no le es virtud), dentro de tales diálogos se oye decir que si un músico no tiene habilidad para un instrumento, acaba tocando rock . La ironía de esta frase no es gratuita.

Un roquero podría contestar que si un músico se equivoca una vez es un error, pero si se equivoca dos veces es que ejecuta jazz , pero el guion literario del filme no le da esa oportunidad.

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Pese a su argumento monotemático, la película Whiplash: Música y obsesión se permite un muy buen tratamiento de su historia. Lo hace sin fisuras, con excelente apoyo de su banda sonora, con fino trabajo en fotografía (el color como elemento significativo) y con logrado punto de giro hacia un clímax dinámico. Como ven, no es poco.

El excelente ritmo del filme debe su vehemencia al buen golpe del montaje: escena a escena, resulta axiomático el copioso y plausible trabajo de montaje (edición) firmado por Tom Cross.

El tono centrípeto de la historia permite resaltar las magníficas actuaciones. Con buen diseño de su personaje autoritario, resulta enorme el trabajo de J. K. Simmons como Fletcher, el director de orquesta. Y como tiro al aire, deviene suave y sensible la actuación de Melissa Benoist como la novia del joven ejecutante.

Whiplash: Música y obsesión es cine que no debemos pasar por alto: por secuencias es visualmente mayestático y, desde su concentrado relato, logra darle tensión a la trama en general y pasión a los momentos claves de la historia. Ahí está.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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