Entretenimiento

Crítica de cine

London River

Actualizado el 11 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Agua sin hervir En la aspereza racial

Entretenimiento

London River

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Hay historias que parecen simples, pero con su desarrollo se va mostrando la densidad dramática del relato. Sucede con la película London River (2009), filme dirigido por Rachid Bouchareb, francés de origen argelino, a quien se le debe un importante título del cine de Argelia, como lo es Indigènes (2006).

Imagen sin titulo - GN
ampliar
Imagen sin titulo - GN

En ambos filmes, Bouchareb es coguionista.

Con London River , de nuevo Bouchareb se adentra en los matices de la intolerancia racial, esa que subsiste dentro de una falsa y aparente tolerancia o dentro de una falsa y aparente solidaridad.

Para diseñar su discurso (todo texto implica un discurso), el filme relata la historia de dos sujetos distintos: ella es mujer, él hombre; ella blanca, él negro; ella es cristiana, él musulmán; ella ha sido madre abnegada, él tiene años de no saber de su familia; ella es inglesa y él es africano residente en Francia.

Dichos opuestos, Elizabeth y Ousmane, se encuentran de pronto dialécticamente unidos, en la contradicción misma.

Ambos buscan a alguien después de un atentado terrorista en Londres, cometido el 7 de julio del 2005. Ella a su hija; él a su hijo. Desde el comienzo, la película los presenta desde sus diferentes vivencias religiosas.

Como es lógico presuponerlo, en un momento dado los dos se han de encontrar. Es cuando los prejuicios raciales y culturales saltan como langostas desde la conducta de la madre blanca. Sin embargo, ambos se necesitan: es la unión en la contradicción, como dije líneas antes.

Desde ese punto del relato se determinará el proceso de los personajes, lo que permite buenas actuaciones de quienes los encarnan, sobre todo de parte de Brenda Blethyn, como Elizabeth. No es que Sotigui Kouyaté, como Ousmane, lo haga mal, pero el director exageró al imponerle una actuación tan monolítica, lo que deviene en poco creíble adentro del relato.

Precisamente, adentro del relato, en su coherencia interna, la trama no logra establecer el mejor pulso narrativo. Su tono pausado, para adentrarse en las conductas de los personajes y alejarse de los hechos políticos que los rodean, no concuerda con algunos abruptos cortes narrativos. Dichos cortes se dan en lugar de necesarias transiciones más aclarativas.

PUBLICIDAD

Tampoco, hay fuerza fotográfica ni el mejor subrayado con la música para empoderar ciertas secuencias de tensión dramática o algunos momentos vibrantes de los personajes (imposible mencionarlos en esta crítica). En lo formal, estamos ante una película a la que le falta aquella vibración que ofrece mejor su contenido.

Las buenas actuaciones parten no solo del buen trazo en el diseño de personajes. Igual, se sustentan con la valiosa temática del filme, o sea, conceptualmente.

Asuntos cotidianos como el amor, el dolor, la esperanza y la solidaridad se expresan desde el alma de los personajes, más que desde sus odiseas para encontrar a las personas que aman.

Sin embargo, la película no inserta de manera ruda el dedo en la llaga, esto es, en las marañas por donde asoma el fascismo racial, lo que Michel Foucault señala como el “defender la sociedad” por parte del sector dominador ante aquellos que, según el discurso autoritario, son los culpables de toda mala situación. En ello, el filme calienta el agua, pero no la deja hervir.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

London River

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

Ver comentarios
Regresar a la nota