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Crítica de cine

"El pasado"

Actualizado el 28 de abril de 2014 a las 12:00 am

Drama intenso: Un verdadero laberinto emocional.

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"El pasado"

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Cuando se estrenó en Costa Rica la película Nader y Simin: Una separación (2011), del director iraní Asghar Farhadi, escribí lo siguiente: “Le tengo un profundo respeto al cine iraní. Respeto y admiración. Por su riqueza conceptual y por sus expresivas maneras para narrar”; así es: me convencen los directores iraníes, sean los que hacen cine en Irán o quienes lo hacen en otras cinematografías.

Ahora regresa Asghar Farhadi para confirmar mis razones con un drama agudo, vivo y penetrante titulado El pasado ( 2013). El filme tiene origen francés, pero no pierde la raigambre persa de su director. Tal vez el título no sea el más expresivo, pero la película sí es contundente.

Al estilo de Akira Kurosawa, el cine de Farhadi logra establecer un hecho nimio (en apariencia), capaz de explotar de manera melodramática, primero, y luego con la exigencia avasalladora del drama.

Al final, los personajes no son iguales en sí, no pueden serlo: ellos han sido arrastrados por aguas desbordadas, más chocantes que las aguas de un bautizo.

Con El pasado , sucede lo mismo: el proceso de lo simple a lo complejo en seres humanos que, ni por asomo, imaginan los demonios que pueden desatar sus actos, en apariencia inofensivos. Sucede Cuando Ahmad llega de Teherán a París para firmarle el divorcio a Marie.

Al llegar, Ahmad nota los cambios físicos en la casa (la pérdida de la biblioteca, por ejemplo), pero luego habremos de notar que –en los personajes– hay cambios más liados, por lo que las conductas de todos ellos se enmarañan. Marie tiene un amante y el amante tiene a su esposa en estado de coma en un hospital, porque quiso suicidarse.

El cuadro se completa con una adolescente que quiere salir a toda costa de lo que, para ella, es dantesco. También está la mirada de dos víctimas inmediatas: una niña y un niño, cuyas inocencias están día a día lastimadas.

Con esos niños está la huella del ojo narrativo. Los sucesos se ven con los personajes adultos, pero los sentimos con la adolescente, la niña y el niño (bien lograda dirección actoral con ellos).

Cuando Ahmad intenta poner un punto de equilibrio, incluido él mismo, más bien todo salta en caos: la conducta humana es impredecible aún entre quienes se aman.

La película se toma su tiempo para auscultar en los escondrijos del alma y encontrar verdades tras las apariencias.

Por momentos pierde ritmo, se aletarga, como si se le empozaran los sentimientos, lástima, pero nunca pierde esa validez del cine entendido como arte, ese que transmite conceptos con autoría de parte del director.

El pasado, como narración, logra penetrar en uno más allá de la simple mirada: es filme que va adentro de la piel del espectador. Al hacerlo, no pierde lo que un crítico llama “nervio intelectual”. De esa manera, estructura su propio vigor emocional. Para ello, el trabajo de cámaras es el justo, preciso.

Las actuaciones resultan imponentes y sobresale Bérénice Bejo, actriz franco-argentina, como Marie, con quien las emociones se acentúan de manera magistral. Los demás signos del lenguaje cinematográfico son el subrayado oportuno de una película que indaga en lo suyo con nobleza artística. No dejen de ver esta película.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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