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El amor de Anna

Actualizado el 18 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Estilo propio Es pasión en drama

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                           Keira Knightley tiene momentos de gran intensidad con su personaje de Anna, pero no sostiene el mismo registro durante todo el metraje de la película.   Romaly/paraLN  Drama.
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Keira Knightley tiene momentos de gran intensidad con su personaje de Anna, pero no sostiene el mismo registro durante todo el metraje de la película. Romaly/paraLN Drama.

William Venegas

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No hay duda que el director Joe Wright quiso llevar a la pantalla grande una propuesta bastante personal sobre el drama de Anna Karenina, mujer casada que se enamora de otro hombre y es víctima de su propia vorágine pasional. Con su película, Wright toma distancia ante otras versiones de la conocida novela escrita por el ruso León Tolstói y publicada en 1877.

De esta manera, Anna Karenina (2012), producción inglesa, es una versión novedosa de dicho drama romántico. No es solo novedosa, también es arriesgada. Por esta ruta, se le puede señalar como un filme con creatividad suficiente para tener su propia autoría, al menos en el aspecto formal o visual.

¿Qué hace el director Joe Wright con la complicidad de su guionista Tom Stoppard? Coloca el drama en un escenario teatral. De ahí lo desparrama a cuanto rincón pueda existir en un teatro, más allá del tablado propiamente dicho. Gran ejercicio técnico, no hay duda, que puede gustar o no, pero cuyo ingenio asombra en algunas secuencias y cansa en algunas otras.

Esta ambientación de la tragedia que se incuba, poco a poco, en el seno de una familia de la nobleza rusa, puede ser visualmente interesante, pero tiene el problema de ser gélida, porque toma distancia innecesaria ante las pasiones que conforman el tornado amoroso.

Podemos citar las escenas de baile, cuyo preciosismo uno puede aplaudir (digamos que como finalidad estética); sin embargo, más bien distraen de las vicisitudes humanas y dramáticas que allí mismo están tomando forma: los ejercicios de seducción entre una mujer casada y el hombre que abandona a la joven enamorada de él.

La intensidad se pierde. Así podemos citar otros momentos visuales muy buenos de esta película, pero que nos alejan –más bien– del eje dramático de los acontecimientos; por ejemplo, la carrera de caballos, que nos distrae de lo esencial del momento: la evidencia de la infidelidad ante el propio esposo.

Dicho esteticismo es corregido poco después de la mitad del filme, al concentrarse en los dilemas y angustias de los personajes, no solo en los de Anna, sino también en los de su esposo y en los de su amante. Por contraposición, otra historia de amor resulta más feliz lejos de los cánones de la nobleza: en el campo.

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Eso, tan importante en el pensamiento de Tolstói, no genera mayor emoción en el filme: este se ha agotado por sus excesos formales. Paradoja: la inventiva formal va en contra del buen desarrollo narrativo del relato y de sus emociones esenciales. Anna Karenina , la película, de manos de su director, se va por lo accidental y pierde la fuerza semántica del drama, su concepto.

La fotografía puede ser impecable, pero no sucede así con la música, porque esta resulta monotemática: la misma melodía con distintas insinuaciones o juegos armónicos, que pueden ir desde un vals inicial hasta el golpeteo rítmico de un tango. Más bien cansa, si se quiere.

Sobre las actuaciones, en general hay una buena dirección histriónica; no obstante, el trabajo de Aaron Johnson (el amante) se siente débil ante los acontecimientos y sí más sólido el de Jude Law como el esposo burlado.

La actriz Keira Knightley, como Anna, se muestra irregular, como si sintiera el peso de grandes intérpretes que han encarnado antes a la Karenina, entre ellas Vivien Leigh, Jacqueline Bisset y Sophie Marceau, pero ante todo y sobre todo: la inolvidable Greta Garbo. Igual, es filme para recomendar, su trama lo justifica.

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