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Turbo animado

Actualizado el 22 de julio de 2013 a las 12:00 am

Molusco en la pista Rugen los caracoles

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Una película es más que la suma de sus partes o componentes: el sentido de unidad no debe perderse porque se pierde la intensidad y la calidad narrativas del filme. Esto es lo que le sucede a la película animada Turbo (2013), dirigida por David Soren, que nos llega con el sello de Dreamworks Animation.

Con este filme, la historia del caracolito que desea ser famoso corredor de autos pasa por asuntos tan distintos y se llena de tales personajes (en cantidad) que, pronto, se diluye y pierde el foco de atención. Cuando este “foco” llega, igual se diversifica en situaciones y el filme pierde concentración.

Primero se trata de los alegres caracoles en feudo propio: el jardín de una casa, donde los vemos ingeniosos para sobrevivir.

Ahí aparece el gracioso Teo y conocemos de sus afanes motorizados, por lo que prefiere llamarse Turbo, así a secas. Luego viene la “expulsión del paraíso” de nuestros personajes principales.

La siguiente etapa transcurre en una plaza comercial. Como pléyades mitológicas, aquí parecen los más distintos caracoles junto a personajes humanos que les hablan. Luego tenemos un nuevo éxodo de nuestros queridos moluscos, todos en montón, para dar lugar a una nueva condición de la película, su eje temático: la famosa carrera de autos de Indianápolis.

En realidad, a esas distintas situaciones les falta coherencia narrativa en sí mismas y entre sí para articularse como un relato fílmico más intenso o apasionado. Incluso, la sensación de clímax no está justificada ni bien expuesta dentro del suceder de los hechos. Tampoco es un relato fluido.

Dentro de esa debilidad, el personaje principal, nuestro querido caracolito Turbo o Teo (como lo llama su hermano) es el mejor diseñado; los demás personajes se disipan con esa fragmentación de lo narrado. Es extraño que esto suceda, cuando la película Turbo trae el sello que trae, tan exitoso con el cine animado.

No sé si tenga relación un asunto con otro, dentro de la producción del filme, pero tampoco su aspecto técnico o formal llega a sobresalir. Es que le falta inventiva y su creatividad visual sorprende muy poco, considerada la fuerza actual del cine animado, sobre todo el de bichos pequeños como personajes.

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Al rato, uno siente que se está ante un filme ya visto, previsible e igual a sí mismo de cabo a rabo, muy enfocado para la güilada más pequeña y que, esta vez, ni siquiera presenta guiños importantes para el público adulto.

Lo que sí se le agradece a la película es la nobleza de la fábula, su afán por dejar alguna moraleja valiosa para sus espectadores más pequeños de edad. Lo hace con definido sentido didáctico.

En ese sentido, podemos afirmar que se trata de un filme noble y cariñoso, aún en sus secuencias más rocambolescas.

Turbo , la película, no genera en uno –como crítico adulto– el entusiasmo de otras películas animadas recientes; sin embargo, logra encontrar espacios o secuencias capaces de mantener entretenido a su público más joven: la siempre generosa infancia.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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