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Crítica de danza: Lo que se hereda no se hurta

Actualizado el 10 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Esencial. La obra se distinguió por la austeridad de los recursos escénicos

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Crítica de danza: Lo que se hereda no se hurta

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                         En Abolengo, los autores y participantes les rinden tributo a sus ancestros con una forma tradicional de hacer flamenco.   Luis Navarro.Agradecimiento.
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En Abolengo, los autores y participantes les rinden tributo a sus ancestros con una forma tradicional de hacer flamenco. Luis Navarro.Agradecimiento.

Es poco frecuente que agrupaciones extranjeras de danza vengan a estrenar sus espectáculos en nuestros escenarios. Por esa razón, cabe destacar que Farruquito y su compañía de flamenco, en su primera visita a Costa Rica, nos presentara su última producción, que se titula Abolengo.

Abolengo es una puesta en escena austera en todas sus dimensiones, lo cual se evidencia tanto en el manejo de los recursos coreográficos como en los plásticos (escenografía, luces y vestuario).

Los responsables de la coreografía de Abolengo son el experimentado Antonio Canales y Juan Manuel Fernández Montoya, conocido como Farruquito; este trabajo fue ejecutado por Karine Amaya y el mismo Farruquito.

El montaje contó con un ensamble musical compuesto por los cantaores Encarnita Anillo, Juan José Amador y Antonio Villar; además de Román Vicenti, en la guitarra; Bernardo Parrilla, en el violín, y Luis Amador, en la percusión.

Abolengo fue construido en cuatro secciones. La primera es El origen , en la cual Encarnita Anillo, con una nana (canción de cuna), nos recuerda que en esta cultura desde que se nace se mama el flamenco, por lo tanto es algo que se lleva en la sangre. Seguidamente, Amaya y Farruquito danzaron muchos movimientos al unísono con el palo de seguirilla. Como segunda parte, vino El camino al compás de unas Alegrías interpretadas por los bailaores, y cada uno lució su estilo por separado.

Después fue El arte ; en este segmento, la guitarra de Ramón Vicenti, fue la protagonista con el palo de taranta, para dar lugar a la parte final denominada La inmortalidad , que se ejecutó al ritmo de una solea por bulería con Karina Amaya como solista y una solea por Farruquito.

La obra contó con pocos elementos de utilería: una mesa grande y una mecedora que recuerdan el seno familiar. También en la vestimenta se economizaron los recursos con diseños de trajes alusivos a los años 50 y en los que predominaron el negro y algunos tonos como el rojo. Además se instaló un piso de madera, que dotó a la puesta en escena, de una buena caja de resonancia que permitió apreciar el taconeo, elemento fundamental en el flamenco.

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Como intérpretes tanto Amaya como Farruquito demostraron que lo que se hereda no se hurta; es decir que el flamenco es parte de su abolengo y que con este espectáculo les rinden un verdadero homenaje a sus antepasados.

Los dos, con su estilo personal, pusieron en las tablas lo esencial del flamenco, como la pasión, el brío, el dolor, la alegría y la fuerza. Y lo hicieron dominando los palos que seleccionaron para Abolengo . Ambos evidencian proyección y duende, aunque sentí con mayor fuerza, buena cadencia y sensualidad a Amaya. Pero Farruquito no economizó energía al realizar sus vertiginosas variaciones en las cuales con sus pies demostró poderío al taconear.

Del mismo modo, hizo buenas migas con Amaya en los dúos. Al finalizar Abolengo , Farruquito y Karine Amaya pueden decir que “de casta le viene al galgo”.

Tras un generoso aplauso del público, el elenco nos regaló una coda en la que todos se unieron con el baile y las palmas.

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