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Crítica de cine: Un viaje de diez metros

Actualizado el 23 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Filme para comer El chef se enamora

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Crítica de cine: Un viaje de diez metros

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Charlotte Le Bon es capaz de generar simpatía, pero Mirren le da cuerpo al filme donde la comida se entrelaza con amor. | CORTESÍA DE ROMALY.

Definitivo: ¡qué gran actriz es Helen Mirren! Tiene capacidad enorme para encarnar sus personajes y dárselos al espectador común –y al crítico majadero– con todos los matices y emociones del caso.

Así la vemos ahora en el filme Un viaje de diez metros (2014), dirigido por el sueco Lasse Hallström. Si hay una razón para ver esta película es Helen Mirren. El resto actoral es solo especie de comparsa histriónica. No es que los demás actores o actrices jueguen para ella; es ella quien juega para todos y, además, a favor del director, porque es uno de los trabajos más flojos del sueco Hallström.

En otras ocasiones, de Lasse Hallström hemos alabado sus virtudes melodramáticas. Él, como el español Pedro Almodóvar y el argentino Eliseo Subiela, ha mostrado habilidad en el manejo del melodrama, considerado como fórmula evocadora de sentimientos, sin tragedia interior.

Así ha sido desde esa gran película suya titulada ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993), con grandes actuaciones de Johnny Depp,  Juliette Lewis y  Leonardo DiCaprio. Otros prefieren recordar a Lasse Hallström por títulos como Las reglas de la vida (1999), Chocolate (2000) y Atando cabos (2001): cine valioso.

Bien, volvamos a la película. Además de lo dicho sobre Helen Mirren, el hilar gustoso de Un viaje de diez metros es su argumento culinario, lleno de recetas y sabrosos platos, manjares que la cámara enfoca siempre con exactitud, con la mala intención de abrirnos el apetito a cada rato.

En contra del filme, cansa su excesivo amartelamiento o exceso de galantería luego del primer conflicto. Aburre en sí y por su tratamiento: se destruye su mínima construcción narrativa y ello va en detrimento de la fluidez del relato.

Si una historia de amor resulta empalagosa, la película nos ofrece dos con los mismos términos. Por ahí se debilitan las claves del filme y esta producción de Steven Spielberg con Oprah Winfrey más parece un folletín de estudios Disney.

Un viaje de diez metros nos muestra a Hassan Kadam, chef de paladar insuperable. La familia Kadam, lejos de su India natal, se establece en un pueblo de Francia y abre un restaurante de comida india. Así, hasta que aparece la fría propietaria de un restaurante francés muy cercano.

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Sus iracundas protestas en contra del nuevo restaurante indio, a diez metros del suyo, se elevan y acaban en una guerra declarada entre ambos. Es guerra de sabores. Luego se dan las historias de amor, incluida la de los dueños.

Predecible. Si antes Lasse Hallström fue ensalzado (con zeta), ahora solo sale ensalsado (con ese) por las salsas de la comida india. Si este tipo de comida se pasa de condimentos, al filme le sucede lo mismo: muchos asuntos, pero es trivial donde no debiera serlo, esto es, con los conceptos.

Lo superficial queda en cuestiones como la inmigración en Europa, el desarraigo forzado y el respeto a la diversidad cultural (lo culinario como eje). Lástima. Pese a ello, es preferible ver esta película que mucha basura llena de efectos visuales que por ahí abunda.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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