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Crítica de cine: Lo imposible

Actualizado el 30 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

¿Cómo sucedió? Del edén al infierno

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Crítica de cine: Lo imposible

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Seguramente ustedes recuerdan al director español Juan Antonio Bayona, quien nos dio aquella buena y tirante película de suspenso titulada El orfanato (2007). Tremenda es esa cinta con su cúmulo de tensiones. Ahora, con parecida tensión, pero con una historia diametralmente distinta, nos llega otra película suya.

Es el más reciente filme de Bayona, con un título poco atractivo: Lo imposible (2012), filme enteramente español pero hablado en inglés, con subtítulos en castellano y con un reparto importado. De aquí las presencias de Naomi Watts y de Ewan MacGregor, muy bien ambos con sus papeles.

Sin embargo, el actor que verdaderamente resume toda la pasión, el suspenso, el dolor y el nerviosismo del caso, según el relato de esta película, es el jovencito inglés Tom Holland (como Lucas), extraordinario al llevar el eje dramático de la historia y sostener las diferentes emociones en juego.

Lo imposible se basa en una historia real. Es real, sí, pero cuesta creerla por el grado de suspenso y de contracciones nerviosas que el director Juan Antonio Bayona logra darle a casi todo el filme.

Al final, con los créditos, vemos fotos de la familia que vivió –en la realidad– el brutal maremoto ( tsunami ) de Tailandia.

Así es, fue en diciembre del 2004. El matrimonio de María (Naomi Watts) y Henry (Ewan McGregor), con sus tres hijos pequeños, llega a Tailandia a pasar sus vacaciones navideñas. Su momento paradisíaco en la playa se les va a convertir, como a miles de personas más, en situación dantesca con la violenta llegada de olas enormes dispuestas a destruir la costa del sudeste asiático.

Con excelente y creíble imagen del desastre natural (el filme nos lo presenta dos veces sabedor de lo bien lograda que está la secuencia), pronto el argumento gira sobre los esfuerzos de los sobrevivientes para reencontrarse.

Aquí es donde la película se llena de densidad dramática y todo su lenguaje está en una sola función: convencernos hasta el dolor y con dolor, sobre la angustia como daño humano. Hay críticos que acusan a la película de manipuladora con sus imágenes y de alimentar cierto sadismo en los espectadores.

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Para mí, esta es la cuestión: ¿qué debe lograr una buena comedia? Hacernos reír. ¿Y una cinta de terror? Asustarnos. Pues bien, un drama como Lo imposible está hecho para que los espectadores lloremos o nos sintamos emocionalmente afectados. De paso, alimentar en uno el noble sentimiento de la solidaridad.

Como canta Raphael: “digan lo que digan los demás”, lo cierto es que el director Juan Antonio Bayona logra bien su propósito sin tocar el cielo de lo extraordinario, porque hay secuencias realmente fallidas (como la llamada telefónica de Henry a su familia) o el mal manejo del subrayado con la música y de las subtramas.

Que el filme pretende ser angustioso, lo logra. Que está muy bien realizado en lo técnico, lo está. Que su realismo emocional golpea, sí, con fuerza.

¿Milimétrico con actuaciones y ritmo?, por supuesto. Es filme que vale la pena ver y sentir. Hágalo si aún no ha visto esta película.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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