Entretenimiento

Crítica de cine

Crítica de cine: El hotel de Drac

Actualizado el 19 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

En Transylvania Monstruos aburridos

Entretenimiento

Crítica de cine: El hotel de Drac

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

                         Drácula se angustia como buen papá cuando su hija cumple su mayoría de edad, pero la película Hotel Transilvanya preocupa a otros porque no ha sido bien recibida por la crítica. Discine para LNTemores paternos.
ampliar
Drácula se angustia como buen papá cuando su hija cumple su mayoría de edad, pero la película Hotel Transilvanya preocupa a otros porque no ha sido bien recibida por la crítica. Discine para LNTemores paternos.

Si hay alguien que ha sabido aprovechar el actual avance tecnológico es el cine. Aún más, dentro de los géneros cinematográficos, hay quien lleva lo tecnológico casi al paroxismo y es el género animado. Una y otra vez.

En lo formal o técnico, dentro de cierto candor y alguna nostalgia, el cine va dejando atrás aquellas inolvidables cintas de dibujos animados, arte que nació con cédula propia desde la exhibición de Blancanieves y los siete enanitos (1937), de Walt Disney, pionero.

Los programas por computadora, la tercera dimensión, los golpes de sonido, las nuevas salas de montaje con equipos de punta y las crecientes posibilidades de la fotografía digital, entre tantas cosas, hacen que el cine animado no solo genere buenas películas, excelentes muchas, sino que –además– sean éxitos de taquilla.

En lo formal, queda poco por exigir a la animación, y así sucede esta vez con el estreno de la película Hotel Transylvania (2012), dirigida con maña por Genndy Tartakovsky. Sin embargo, me quedo sin entender las razones que tuvo dicho director para darle al filme un ritmo tan acelerado. Cierto, Hotel Transylvania no le quita el pie al acelerador en ningún momento y su ritmo se ahoga a sí mismo, esto por falta de pausas. Las imágenes son tan rápidas que, por esa vía, algunas rebotan y, ¡paradoja!, uno termina por no ponerles atención o por pasarlas inadvertidas.

Por supuesto que esa velocidad acentuada para las imágenes, derroche tecnológico, afecta de manera negativa la posible solidez del desarrollo de la película. En este caso, la fanfarria visual deviene en relato farragoso (conjunto de cosas o ideas desordenadas o superfluas).

Bien dice el refrán que a mayor cantidad de cocineros, más rala sale la sopa. Es lo que le sucede a la película Hotel Transylvania , porque su historia es un arroz con mango que pretende moralizar sobre la tolerancia y el amor. La fábula tiene buenas intenciones, pero el relato se cae por falta de gracia y de originalidad.

La cita del refrán anterior viene a cuento por la gran cantidad de guionistas presentes en el libreto: Kevin Hagerman, Dan Hagerman, Todd Durham, Peter Baynham y Robert Smigel. Por eso, digo yo, tenemos un filme animado sin identidad propia, lleno de bichos o “monstruos” de todo tipo, quienes se reúnen en el hotel de Drac (Drácula), en Transilvania.

PUBLICIDAD

La razón de la fiesta es el cumpleaños 118 de la hija de Drac. Ahora ella es persona mayor, pero ¡horror de horrores!, ¿saben qué?, se ha enamorado de un joven humano quien la corresponde. Lo que sigue es previsible, porque es un argumento con un mínimo de historia y muy lineal.

El diseño de los personajes es aceptable, pero esto nunca genera mayor provecho para el filme, mientras la música se pierde en nada. En cuanto al montaje, está claro que es culpable también de la innecesaria taquicardia de las imágenes, por lo que el filme se pierde en las nieves de Transilvania.

Esta cinta no es agradable para niños y menos para adultos, a menos que estos últimos se pongan a descubrir las glosas sobre otras cintas: es cinefagia que igual cansa. Prefiero no recomendarles esta película y me parece que su 3D está sobrando.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Crítica de cine: El hotel de Drac

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

Ver comentarios
Regresar a la nota