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Crítica de cine: Cincuenta sombras de Grey

Actualizado el 15 de febrero de 2015 a las 12:00 am

La novela Cincuenta sombras de Grey llega al cine y resulta menos agradable que serenata de gatos callejeros

El filme intenta ser un estudio de la relación entre las estructuras emocionales de sus personajes y la conducta sexual enfermiza de ellos.

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Eroducción, este término se ha acuñado para (también) definir al cine oscilante entre el erotismo y la pornografía, casi siempre transmutado en simple operación comercial para recuperar pronto el dinero invertido.

Este es el caso de la película Cincuenta sombras de Grey (2015), dirigida por Sam Taylor-Johnson y basada en el primer libro de la trilogía literaria escrita por la autora inglesa E. L. James.

Este tipo de cine tuvo su empujón definitivo en Suecia, cuando Vilgot Sjöman completó su díptico titulado Soy curiosa (1967), a tal punto que la historia del sexo en el cine se divide en dos partes: antes y después de la citada película sueca.

Como glosa, debo insistir en que el cine y la literatura tienen dos gramáticas diferentes. Lo digo porque siempre que califico mal un filme basado en algún éxito editorial ( best seller ), sus seguidores me atacan con el sambenito de que “seguramente” no he leído el libro.

Así pues, afirmo que Cincuenta sombras de Grey es una mala película, y lo alego con independencia del libro, el cual, ciertamente, no he leído ni pienso leer.

El filme intenta ser un estudio de la relación entre las estructuras emocionales de sus personajes y la conducta sexual enfermiza de ellos.

Sombras nada más. Con  Jamie Dornan y Dakota Johnson, el guion de un drama erótico hace aguas entre lo que quiso ser y no lo logró. ROMALY PARA LA NACIÓN
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Sombras nada más. Con Jamie Dornan y Dakota Johnson, el guion de un drama erótico hace aguas entre lo que quiso ser y no lo logró. ROMALY PARA LA NACIÓN

En cuanto estudio de los laberintos psicológicos, la película es más bien superficial, y, en cuanto expresión visual de desnudos o de sexo, le falta maña para ser más sugerente: lo que se ve es más conocido que la ruda y deviene en imágenes repetitivas, algo así como llover sobre mojado.

Incluso, las secuencias con bondage a bordo tienen más tono televisual que de cine. Se puede rescatar la belleza física de la pareja histriónica, pero nunca un supuesto talento actoral: Jamie Dornan es pésimo actor y Dakota Johnson solo tiene algunos buenos momentos como actriz, siempre y cuando esté vestida, porque cuando se quita la ropa se le cae el talento.

Calidad. La trama la conoce casi todo el mundo: una joven inocente (Anastasia) se enamora de un tipo millonario cargado de traumas (Grey). Para cuando ella se espabila, él la ha reducido a la sumisión total y a la humillación absoluta.

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En lo conceptual es donde este filme es un asco, porque en lo formal y como estructura narrativa es solamente película de mala calidad. No hay que ser feminista para sentir pronto el carácter machista y misógino de la trama de la película (¡y eso que la directora es mujer!).

Es definitivo que dicha realizadora no supo erotizar el relato ni tampoco profundizar en él. Es como una radiografía del hombre invisible. La única progresión del argumento es llegar a saber si Anastasia irá o no al cuarto lleno de chunches sadomasoquistas (especie de baticueva del sexo).

Hay ciertas canciones bien escogidas, más bien para la venta posterior del disco con la banda sonora. Está claro, no se trata solo de quitarles la lana a las ovejas, sino, además, despellejarlas.

La fotografía tiene elegancias ocasionales y al parloteo de los personajes le agregaron humor poco oportuno (¿para qué?).

Como película, Cincuenta sombras de Grey no calienta ni la pantalla; igual, como acto de narrar es tibio. Sin tonalidades ni vida. Solo sirve para perder el tiempo.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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