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Crítica de cine: El dragón Smaug

Actualizado el 23 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

La ‘no-aventura’ Filme encorsetado

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Crítica de cine: El dragón Smaug

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He aquí una película cuyo extenso metraje lo asume, en gran parte, un dragón llamado Smaug. Se trata de un filme que apuesta a narrar poco; en cambio, busca exhibirse con su parafernalia visual (gracias al desarrollo tecnológico).

El director neozelandés Peter Jackson sabe cómo llegarle a la miel del éxito. Lo hizo con sus filmes sobre aquel conocido anillo imaginado, para la literatura, por J.R.R. Tolkien. Ahora, dicho realizador sigue bebiendo del mismo cáliz y estamos ante su segundo filme de la saga hobbitiana titulado El hobbit: La desolación de Smaug (2013).

En su esencia, el cine maneja una gramática diferente a la literatura. Sin embargo, se emparentan porque literatura y cine se proponen contar historias. En el caso del sétimo arte, este es narración y representación. Desde ahí, es lo que Roland Barthes llama “un festival de emociones”.

Por eso, no viene al caso comparar la forma de narrar de Tolkien, el escritor, con la de Jackson, el cineasta. El problema narrativo de las películas con Bilbo Bolsón –como personaje– ha sido el de estirar el argumento como goma de mascar y tener la mirada puesta en las boleterías.

Por eso, las aventuras de Bolsón junto al mago Gandalf y una pequeña comunidad de enanos, guiados por Thorin Escudo de Roble, con la idea de remozar el reino de los enanos, Erebor, esas aventuras escasean pronto de sucesos importantes y se convierten en especie de “no-aventura”.

El hobbit: la desolación de Smaug , como película, se sostiene al alargar eventos y rumiarlos con su elegante puesta en escena, ejercicio visual con todos los recursos al alcance de la cinematografía actual, digitales o no. El placer y el encanto del filme están ahí.

Obvio, hay talento para armar una buena puesta en imágenes y, así, satisfacer y hasta adelantar deseos del espectador. Lo que se pierde con esta película es la articulación rigurosa de la historia al ser narrada.

Lo peor es la sensación de puente que tiene este filme entre el anterior y el que le sigue. Tal cual, el relato pierde consistencia dramática. Ni siquiera se puede hablar de estadios básicos de un relato, a saber: comienzo, desarrollo y final (este queda como una apertura a algo: nudo narrativo sin resolverse).

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Los personajes viven cosas sin que la historia avance realmente, algo así como moverse mucho sobre un mismo ladrillo. Por eso es que los actores se ven limitados a lo mismo. Sin procesos dramáticos, son personajes y actores encorsetados.

Puede que el dragón Smaug sea el mejor actor del filme, por estar bien logrado en sus reacciones y en sus parlamentos. Estamos ante una película de manierismo tecnológico, en cuanto a expresiones visuales siempre rebuscadas, pero de elegantes formas para la pantalla grande.

Con un buen manejo de la elipsis, El hobbit: la desolación de Smaug habría ganado en calidad, aunque habría perdido como artilugio de feria. En todo caso, para nada se puede decir que se trata de una mala película y su sentido épico se expresa bien. Es filme exquisito en términos audio-visuales. Puede despertar la capacidad de asombro, pero no la de pensar. Sabiéndolo, se recomienda.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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