Entretenimiento

Crítica de cine: ‘El divorcio de Viviane Amsalem’

Actualizado el 13 de julio de 2015 a las 12:00 am

La humillación de la mujer en un juicio por divorcios

Entretenimiento

Crítica de cine: ‘El divorcio de Viviane Amsalem’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

This picture loads on non-supporting browsers.
Mujer. La directora Ronit Elkabetz da muestras de una actuación superlativa. ROMALY PARA LN

No sé si esto pasará con la distribución de cine en otros países, que de una trilogía nos llegue la tercera película, pero no así las dos primeras. Lo cierto es que de la directora Ronit Elkabetz y del director Shlomi Elkabetz (hermanos entre sí) nos llega ahora el filme El divorcio de Viviane Amsalem (2014).

En efecto, esta película es la tercera fracción de un tríptico sobre el matrimonio y la familia en Israel. En las dos partes anteriores (2004 y 2008, desconocidas para este crítico) se narra la vida matrimonial de Viviane con un esposo machista, religioso e impertinente, llamado Elisha.

La acción de esas dos partes transcurre en la casa del matrimonio, con sus hijos, y en el funeral de un pariente. En dichos filmes se marcan los indicios del proceso desgastador que para Viviane significa su matrimonio.

Ahora, con El divorcio de Viviane Amsalem , asistimos a la explosión de la olla de vapor. Viviane no soporta más y le pide el divorcio a su esposo Elisha.

El problema es que, en Israel, el divorcio solo es posible si el hombre lo acepta. Mientras se mantenga con un terco no, simplemente no hay divorcio. ¡Es terrible para la mujer!

Peor aún, en dicho país el tema del divorcio no es asunto civil: este debe resolverse en un tribunal religioso, donde los rabinos deciden según el parecer del hombre. Así, El divorcio de Viviane Amsalem se dedica, durante su metraje, a mostrar los reclamos que eso conlleva.

La trama sucede en un tribunal. No es sino hasta el final que la mirada de un personaje nos lleva a ver el paisaje externo.

Se trata de un filme claustrofóbico y la dirección se encarga de reafirmarlo secuencia a secuencia y plano a plano (resultan bien importantes los primeros planos: rostros de los personajes).

Ante la terquedad del hombre, la película describe bien la tenacidad de la mujer. La fotografía se apropia de ese concepto, la excelente música lo subraya y la actuación de la actriz y directora Ronit Elkabetz es extraordinaria: su labor histriónica es vertebral para el argumento narrado.

El incesante y bien logrado cambio de planos visuales, los excelentes movimientos de cámara y las buenas actuaciones le insuflan vida a un relato que, en manos más torpes, habría sido cuadrado, poco creativo, aburrido y del todo teatral.

PUBLICIDAD

Los diálogos son inteligentes, tienen que serlo; incluso, en medio del ímpetu del drama, el filme sabe hacer uso de momentos propios de la comedia: buena sinapsis o unión funcional, sin duda.

El guion literario y lo visual saben conjugarse para mostrar el horror que significa aún vivir en un país o Estado confesional, donde las mujeres son víctimas primeras de un monoteísmo patriarcal.

Pareciera que en un país bélico, como lo ha sido Israel por siglos, solo en el ejército las mujeres se igualan a los hombres: por necesidad militar. En la práctica, el hombre es dueño de la mujer. En la película vemos cómo el juicio dura cinco años, con una mujer que solo quiere ser libre ante el matrimonio.

El filme es inteligente, tanto en conceptos como por su puesta en imágenes, aunque peca de redundante y de excesos con el diálogo, pero maneja bien su complejidad psicológica. Película recomendada, ¡no solo para las mujeres!

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

Crítica de cine: ‘El divorcio de Viviane Amsalem’

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

Ver comentarios
Regresar a la nota