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Crítica de cine: ‘El destino de Júpiter’

Actualizado el 09 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Los hermanos Wachowski regresan con el cine que los ha hecho famosos, el de la ciencia-ficción.

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Crítica de cine: ‘El destino de Júpiter’

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¡Ah, la ciencia-ficción! Qué género tan esquivo con la “realidad real” y, sin embargo, tanto que nos refiere a ella. Ahora son los hermanos Wachowski quienes regresan a este subgénero del catado género fantástico. Tremendo lío el de Andy y Lana Wachowski cuando tienen en su filmografía nada menos que la trilogía de Mátrix (1996, 1999 y 2003).

El filme de hoy se titula El destino de Júpiter (2014), especie de estudio solapado sobre la ambición por el poder político, la corrupción criminal que se genera y la explotación imperial de los más fuertes sobre los más débiles.

Aquí, la víctima es el planeta Tierra y, por ende, los terrícolas todos, quienes somos como vacas en potrero para los habitantes de lejanísimos planetas de un Universo en expansión. En esos sitios, la gente vive miles de años sin envejecer, gracias a genes que obtienen de los terrestres.

De eso, ni nos damos cuenta, somos títeres de esa generación tan avanzada y, a la vez, tan retrasada en ética, dominada por las rivalidades enconadas, el cinismo y el crimen totalitario (ejercido desde el poder).

De alguna manera, somos como los muñecos que maneja maese Pedro en el Quijote. En la película, los titiriteros son dos hermanos y una hermana de la casa de Abrasax, que guerrean fieramente por apoderarse de la Tierra, luego de la muerte de su madre, la matriarca de sus planetas.

La madre ha sido asesinada por uno de sus hijos; solo que, de repente, en la Tierra misma, surge la persona que les puede destrozar ese teatrillo donde somos marionetas, como lo hizo el Quijote con el de maese Pedro.

Esa persona es como Cenicienta, la del cuento, solo que se llama Júpiter, bella joven rusa, quien vive en Estados Unidos como parte de una empresa familiar dedicada a los oficios domésticos y limpieza de baños por contrato.

Sin aviso previo, Júpiter se ve envuelta en locas aventuras galácticas frente a los más díscolos personajes y hasta es capaz de enamorarse de uno de ellos. Por alguna razón, Júpiter lleva en sí la firma genética que la señala como la persona capaz de alterar el equilibrio de todo el universo y liberar a la Tierra.

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El problema de Andy y Lana Wachowski es que, como guionistas, el asunto se les enreda más que un laberinto mitológico, sin cuerda alguna que señale un sendero para aclarar las cosas. Entre más avanza el argumento, más se enreda: al filme le cuesta resolver los propios enunciados del relato.

Eso sí, El destino de Júpiter tiene una puesta en escena extasiante y seductora, así de imaginativa y de bien lograda en términos estéticos. Visualmente, este filme vale por sí solo.

Es en esa mostración visual tan lucida y cósmica que sucede el marasmo épico. Los directores no logran controlarse al narrar: como si fuesen niños, le dan rienda suelta a toda la imaginación cósmica propia del género fantástico intemporal. Que quede claro, el filme vale como parábola sobre el poder político.

Dentro de su explosión narrativa, los Wachowski descuidan la dirección actoral. Por ejemplo, ¿qué puede salir de Mila Kunis o de Channing Tatum si son mal dirigidos? Ahí solo Sean Bean cumple bien como actor.

El filme pierde aire y lo recupera: es su ritmo, así se pasa esta película, bien alimentada por la música. No es mala decisión recomendarla a los amantes del género o a prosélitos de la hermandad Wachowski.

Ficha técnica:

Título original:Jupiter Ascending

Estados Unidos, 2014

Género: Fantástico

Dirección: Hermanos Wachowski

Elenco: Mila Kunis, Channing Tanum, Eddie Remayne, Sean Bean

Duración: 127 minutos

Cines: CCM Cinemas, Cinépolis, Citi Cinemas

Calificación: Tres estrellas

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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