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Crítica de cine: Vuelven más de 300

Actualizado el 10 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Morcilla universal Cine mediocre, no más

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Crítica de cine: Vuelven más de 300

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El sino de un crítico: ayer no más recomendaba una buena película afgana, La piedra paciente (2012, de Atiq Rahimi), de valioso humanismo y digno riesgo estético y, un día después, he de escribir sobre otro filme del todo comercial como entretenimiento, sin nada importante que aportar.

Este segundo caso se titula 300: El nacimiento de un imperio (2014), cine dirigido por Noam Murro, que tiene de coguionista a Zack Snyder, director del primer filme de la saga, titulado 300 (del 2007).

300: El nacimiento de un imperio mezcla su argumento a manera de “precuela” del anterior (sus argumentos se mezclan, sin que uno afecte al otro). Antes, con 300 , vimos la valiente faena de 300 espartanos conducidos por el rey Leónidas, según la batalla de las Termópilas, contra los persas. Acción entre el mito y la historia.

Esta vez, el sueño de una Grecia unida lo encontramos encabezado por el general griego Temístocles, enfrentado a los persas del rey Jerjes, representado este en el campo de batalla por una mujer intensa como es Artemisia. También, la acción pasa de la tierra a las aguas: al mar Egeo.

Entre las dos películas nos convencemos que hay tantos persas como adversarios para multiplicarlos más y más por computadora. Son algo así como muertos vivientes: no se terminan, aunque mueren por montones, troceados como animales en carnicería, entre regueros de sangre que corre y salta. Aquí, los combates dan materia suficiente para hacer la morcilla universal.

Cuerpazos con cinturas delgadas y malas actuaciones son entidad material de película cargada de hormonas y computación. Habla del nacimiento de un imperio.
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Cuerpazos con cinturas delgadas y malas actuaciones son entidad material de película cargada de hormonas y computación. Habla del nacimiento de un imperio.

¿La historia? ¡Qué importa! La trama se limita a hilar beligerancias salvajes en el campo de la guerra, donde lo rojo es el color dominante con tanta sangre que nos baña en 3D y sin que parezca salida de los cuerpos, atravesados estos con espadas, con las cabezas arrancadas de troncos humanos y con flechas clavadas a larga distancia, como si fueran misiles de guerra actuales o flechas salidas de arcos mágicos.

Todo es exageración en esta película: hay suficiente para entretener al público menos exigente, a quienes gustan de ver cuerpos masculinos muy cargados de testosterona, a quienes no les importa la incoherencia interna del relato o a quienes gustan de mujeres guerreras vengadoras, que hacen el amor con lances trituradores.

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Cuando trato de destacar algo bueno de esta película, ¡ah!, infeliz de mí, lo único que puedo elogiar es la tercera dimensión que maneja, exactamente lo que menos me gusta de las muy de moda películas en 3D, ¡paradoja!: el 3D. También es aceptable el manejo de sucesos paralelos. Hasta ahí.

La música aturde con sus sonidos apocalípticos para hacer más manipuladora la ultra-violencia de las imágenes con el público. Se trata de un filme que se detona más allá del relato gráfico en que se basa, de Frank Miller, para acercarse al videojuego violento.

Todo en el filme es exceso, menos las actuaciones.

Dichas actuaciones son las de un elenco más golpeado que rodilla de zapatero, con el criterio de mejor hacer algo que nada. La textura y tratamiento de 300: El nacimiento de un imperio es puro retocado, por lo que –más bien– se parece al general Dulzaína, quien más que espada, era pura vaina. Tanta simulación digital hace, de esta película, un mediocre simulacro de cine.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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