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Crítica de cine: Vuelve Riddick

Actualizado el 09 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

El último furiano Fue dado por muerto

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Crítica de cine: Vuelve Riddick

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Siguen las aventuras del prófugo más conocido en un futuro lejano, según el cine. Ya saben su nombre, es Richard B. Riddick, a quien dejaron por muerto en uno de esos tantos planetas de la saga “riddickiana”. No es así. En cuanto se le acerca un ave de rapiña, la mano de Riddick sale de entre escombros, la agarra por el cuello y comienza una aventura más.

Como Riddick,  Vin Diesel aporta bien poco o nada con su mala actuación y de nada le sirve hacerse de una mascota en el filme.  |  ROMALY/LN
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Como Riddick, Vin Diesel aporta bien poco o nada con su mala actuación y de nada le sirve hacerse de una mascota en el filme. | ROMALY/LN

Es la tercera película de la serie y se estrena aquí con el título de Riddick: El amo de la oscuridad (2013), de David Twohy, quien también dirigió los anteriores filmes: Pitch Black (2000) y La batalla de Riddick (2004). Como ven, hay bastante distancia de años entre cada película de esta tríada.

Riddick no es un fugitivo común. Por él se ofrece tan grata recompensa que sobran pandilleros para apresarlo, aún a sabiendas de los poderes de Riddick, que comienzan con esos ojos extraños para ver en la oscuridad. No olvidemos la condición de furiano de Riddick: el último furiano.

Cuando dicho personaje se halla aislado en ese extraño planeta abandonado, donde pelea con criaturas proscritas, entiende que la única manera para salir de ahí es la de ofrecerse –él mismo– como presa y, así, robarse una nave espacial.

Lo hace. Para eso, oprime una alerta cósmica y muy pronto vendrán tras él sujetos de distintas estirpes, asesinos en esencia. La recompensa es más alta si lo llevan muerto (la cabeza en una caja); sin embargo, por alguna razón, uno de los perseguidores lo quiere vivo.

No es que la película sea predecible, no exactamente, pero es fácil suponer el desarrollo y el desenlace de la trama. De alguna manera, no interesa el final, sino lo que sucede en el tránsito hacia él y con cuánta lógica propia o intensidad se da el desarrollo de la aventura.

Es ahí donde falla la película, la que comienza con la voz de Riddick sin pronunciarse visualmente delante de la cámara (“voz en off ”). “Fui dado por muerto”, dice, mientras corre una especie de monólogo interior.

El tono de la voz, de bajo operático, suena bien. Sin embargo, el actor Vin Diesel (quien habla) actúa mal o peor que mal. Dicho sea de una vez: todo el elenco actúa mal y, si acaso, se salva del desastre el actor español Jordi Mollà.

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Sobresalen pronto el diseño escenográfico y la dirección artística, con base en efectos por computadora, con el uso de filtros en la fotografía y al mostrar un futuro distante pero igualmente anacrónico. Se trata de mucha grandilocuencia visual para muy poca esencia con el contenido.

El filme corre sin que suceda nada importante. Nada, a menos que consideremos cine de acción el hecho de domesticar a un perro futurista, quien será compañero de Riddick. El tono ceremonioso de la puesta en escena atenta contra el dinamismo y ritmo dramáticos de la película.

La lucha de Riddick contra sus enemigos es más bien abúlica, por lo que durante el filme hay bastante tiempo para bostezar a los ojos cerrados mientras. Por su parte, los efectos especiales no pasan de la altura de unas motos voladoras, mil veces vistas en el cine de ciencia-ficción.

A falta de polla, pan y cebolla, dice el refrán. R iddick: El amo de la oscuridad es película de “peor es nada”: tortura para el crítico y pérdida de tiempo para quienes valoran los minutos.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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