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Crítica de cine: Trapo de comal

Actualizado el 10 de junio de 2013 a las 12:00 am

Los Smith fracasan. Después de la Tierra

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Crítica de cine: Trapo de comal

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                         En efecto, la película Después de la Tierra ha sorprendido a entendidos y al público general, pero, en este caso, por la falta absoluta de calidad que se evidencia durante su metraje. De poco le sirvió el paisaje costarricense. DISCINE/LNSorpresa.
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En efecto, la película Después de la Tierra ha sorprendido a entendidos y al público general, pero, en este caso, por la falta absoluta de calidad que se evidencia durante su metraje. De poco le sirvió el paisaje costarricense. DISCINE/LNSorpresa.

El tema del regreso a la Tierra, luego de su propia destrucción, es recurrente en la literatura del género fantástico e, igualmente, en el cine. Ahora lo retoma el filme Después de la Tierra (2013), que, ante la crítica, apuesta a la presencia de un director afamado: M. Night Shyamalan.

A este realizador de origen indio lo preceden otros títulos que lo pusieron en primer plano, sobre todo El sexto sentido (1999).

Últimamente, su trabajo ha sido más cuestionado por los críticos de cine y, con Después de la Tierra , ha sido prácticamente vapuleado. En lo comercial, para el público menos exigente (como se dice), la publicidad apunta a exaltar las presencias del actor Will Smith y la de su hijo real Jaden Smith, quienes, además, encarnan a un padre y su hijo en la vida ficticia, dentro del argumento de esta película.

Para Costa Rica, Después de la Tierra tiene el condimento de haber sido filmada –en gran parte– en La Fortuna, de San Carlos. Así se publicita. El mayor comentario lo provoca el Arenal convertido en volcán inhóspito, con lava que baja por sus faldas gracias al trucaje, entre otras gracias menores.

El filme tiene un buen comienzo. Muy breve, eso sí. Sirve para demostrar que la Tierra ha sido destruida por la propia humanidad, lo cual es evidente en estos días: basta con asomarse por la ventana para darnos cuenta. Es denuncia válida, nota ecológica, algo propio del género fantástico.

Así, lo que queda de la raza humana es enviada a otro planeta. Claro, los sobrevivientes hablan inglés y salen de Estados Unidos. En el nuevo planeta, que se creía deshabitado, aparecen unos personajes monstruosos. ¿Por qué este criterio cuando se piensa en posibles habitantes de otros planetas?

Lo más curioso es que esos “monstruos” están bien calificados para sacarles las entrañas y descabezar a los humanos. Al filme no le preocupa si eso está narrado con coherencia o no. Si de algo puede jactarse esta película es de su constante lista de incoherencias o hilos sueltos.

Según la trama, la única manera de ganarles a esos “bichos” es no teniéndoles recelo, o sea, no hay que tenerle miedo al chile por colorado que se vea. Es cuando aparecen el héroe valiente y su hijo invadido por miedos traumáticos. Cuando padre e hijo deben volver a la Tierra se trata de vencer el miedo; pero hay que ver el montón de tonteras y discordancias que debemos soportar: no todo lo que brama es toro.

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El diseño artístico es fatal, con naves espaciales y edificios que semejan un campamento de refugiados. El suspenso se cae pronto y uno se queda sin saber qué quiso hacer M. Night Shyamalan, aparte de ponerle el filme en bandeja a la dupla Smith.

El padre Smith tiene calidad, pero la pierde por su falta de energía; el hijo Smith tiene energía, pero no muestra calidad. Todo es muy malo en esta cinta de segunda o tercera categoría. Se salva el paisaje, dicen por otros lados, pero a un tico le parecerá algo muy común.

Uno no entiende por qué muchas películas futuristas conservan códigos superables de hoy. En este caso, el papel relegado de la mujer-madre. En fin, no hay razón alguna para recomendar esta cinta, que no sirve ni para trapo de comal.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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