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Crítica de cine: ‘Selma: el poder de un sueño’

Actualizado el 24 de febrero de 2015 a las 12:00 am

Un drama personal es el de una población específica y, aún más, el de un país, y esto bien se muestra ahora en cine

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Crítica de cine: ‘Selma: el poder de un sueño’

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Los sueños son luchas. La importante y bien lograda actuación de David Oyelowo, como el predicador Martin Luther King Jr., le da intensidad a un filme en apariencia mesurado, solo en apariencia.Romaly para LN.

En 1965, el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, aprobó la ley que le permitió a la población negra el ejercicio del voto; sin embargo, esto no fue un simple acto de buena voluntad: nunca los grandes cambios históricos han sido producto de la buena intención de los gobernantes.

Atrás de la decisión del señor Johnson se daba un fuerte y valiente movimiento popular en las calles. Esto presionaba fuertemente, no solo a la Casa Presidencial, sino también al FBI y a los propios republicanos que se oponían a dicha ley.

Al frente de esa lucha estaba Martin Luther King Jr., pastor comprometido de manera visceral con la importante lucha por la igualdad racial entre blancos y negros. Estos acontecimientos son los que se reflejan ahora en la valiosa película inglesa titulada Selma: El poder de un sueño (2014), dirigida por Ava DuVernay.

Con intuición, este filme logra darnos una sincera caracterización sobre el personaje principal (Luther King) e, igual, un registro bastante completo de esa época (pulcra ambientación). Los personajes están bien retratados, amén de las contradicciones habidas con el contexto de la guerra de Vietnam.

Es significativo lo bien que logra esta película unificar un drama personal, incluso en sus tonos familiares, con el drama social de sujetos excluidos de sus derechos tan solo por el color de su piel. De ambas vertientes, la película logra mostrar los sucesos como un solo drama nacional e histórico.

De las cosas buenas, en Selma: El poder de un sueño , el contenido del filme determina cada uno de sus elementos. Para responder a esa exigencia, las actuaciones son rotundas por todo el elenco (magnífica dirección actoral). A la vez, el decorado se convierte en glosa plástica e histórica del relato y la coherencia narrativa es sinónimo de calidad y de respeto a los conceptos manejados por el guion.

De manera solidaria, el filme apuesta a la lucha por la igualdad racial y su historia tiene un importante presente histórico. Si bien la película se concentra en la marcha desde Selma hasta Montgomery (Alabama), su defensa de los derechos civiles es discurso bien planteado como actual y procedente.

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Este filme habría sido mejor si hubiese potenciado las soluciones visuales en lugar de recurrir tanto a diálogo explicativo e ilativo de la historia, aunque ello permite ver mejor el gran calibre de las actuaciones (por ejemplo, Carmen Ejogo logra una muy valiente dulzura como Coretta Scott King).

Los encuentros entre David Oyelowo (como Luther King) y Tom Wilkinson (presidente Johnson) tienen un equilibrio dramático ejemplar para el cine e, incluso, para el teatro. Lo más gratificante es el buen manejo de las inflexiones narrativas que ha hecho la directora del filme, Ava DuVernay, para sostener bien la tensión de su historia: ritmo intenso dentro de cierta moderación visual.

Selma: El poder de un sueño es película que debemos ver; ojalá los profesores de Cívica o Historia inviten a sus estudiantes y la comenten. Es preferible obviar ciertas secuencias melodramáticas (música incluida) para concentrarse en el meollo del asunto: los cada vez más pisoteados derechos humanos.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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