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Crítica de cine: Prehistoria. Los Croods

Actualizado el 25 de marzo de 2013 a las 12:00 am

El fin del mundo Salir de las cavernas

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Crítica de cine: Prehistoria. Los Croods

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Desde el principio no más, con su vértigo interno y con axiomas valiosos sobre el ser humano ante la vida, nos damos cuenta que estamos ante una película animada muy buena, producto de los estudios Dreamworks, titulada Los Croods (2013), escrita y dirigida a cuatro manos por Chris Sanders y Kirk DeMicco.

No hay duda, Los Croods es una cinta llena de jugosa fantasía y de fina inteligencia que se acerca bastante a ese gran hito animado de Dreamworks Animation titulado Cómo entrenar a tu dragón (del 2010).

También podemos mencionar dentro de esta tesitura de calidad ese buen animado que es El origen de los guardianes (2012), sin salirnos de la cofradía Dreamworks.

Los Croods es largometraje animado cercano a los estilos del género fantástico. Así, con un relato ubicado en una ingeniosa prehistoria, se atreve a decirnos, con gracioso énfasis, que no es momento de asustarse por los cambios. La fábula converge hacia esa moraleja.

Habla el patriarca. Para esto, el libreto nos narra la vida de la familia Grug, sostenida de manera patriarcal, con los valores del padre de familia y desde sus órdenes.

De pronto, aparece un joven que les anuncia el fin del mundo, con tono profético. Grug no quiere oírlo. Quien sí lo oye y entiende es la hija de Grug, llamada Eep.

Poco a poco, vemos cómo la sensibilidad femenina se opone con amor a la tozudez masculina del patriarca, y la hija se incorpora al discurso amable del joven, de donde surge un tierno lazo afectivo. Luego será la propia pareja de Grug, madre benévola, quien asumirá un papel importante a favor de las nuevas opciones que se tienen ante el fin del mundo.

Es cuando sucede el gran terremoto. El éxodo de la familia recuerda el viaje de Odiseo (Ulises) con su regreso a Ítaca luego de la guerra de Troya, según lo narra Homero desde su poesía épica.

La emigración de la familia Grug, junto con el “Chico”, en busca de una nueva tierra, los lleva por distintas realidades.

Esos mundos a los que se enfrentan son tan aterradores como paradisíacos e, igual, unos y otros están llamados a desaparecer.

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La Tierra está agotada. La animación se da gusto visual al mostrarnos esos espacios. Hablamos de gran creatividad y lujosa imaginación con supina eficacia narrativa y –esto es importante– sin que la película pierda nunca su más entusiasta entretenimiento.

Articular el amor. Los Croods es cinta emocionante, divertida y aleccionadora. Impecable en lo formal, aunque sus subtramas no siempre se incorporan bien en la vorágine de la línea principal del argumento: el viaje a alguna parte, esto es, al mañana, a la esperanza (como en la caja de Pandora: lo que queda después de lo peor).

El paisajismo, las figuras extrañas y la articulación imaginaria de un mundo prehistórico son, todo ello, glosa plática muy bien conseguida para esta película que moraliza –con acierto– sobre no tener desasosiego ante el cambio si es necesario para la subsistencia humana (perderle miedo al miedo) y, sobre todo, aceptar que el amor es la sustancia del cambio.

No es solo el amar. Se debe vivir la grata realidad de expresarlo y de articularlo con novedosas palabras (en la película, esta es una amable secuencia melodramática).

Por eso, es importante el buen diseño que tiene este filme de los personajes animados y de su evolución como tales, en correspondencia con la historia misma.

La estructuración del relato es galopante, aguda planificación; sin embargo, no se pierde la fluidez narrativa ni el buen gusto por lo visual. Además, se cuenta con obsequiosa música desde el pentagrama creativo del neoyorquino Alan Silvestri.

No se pierdan esta película, que algunos sentirán conservadora por su ánimo de plantear la familia como eje social, pero esto no le hace mella. Ya verán: se sentirán gratificados luego de verla.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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