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Crítica de cine: Pompeya vuelve

Actualizado el 23 de marzo de 2014 a las 12:00 am

Vesubio en 3D A imagen del péplum

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Antes, no recuerdo cuánto antes, a las películas de coliseos, gladiadores, legiones romanas, bellas mujeres, forzudos, dioses y semidioses, las llamábamos de manera simple “películas de romanos”, ya fuesen o no romanos esos a quienes veíamos en pantalla grande y en las matinés correspondientes.

La presencia del conocido actor Kiefer Sutherland aporta poco o nada a la trama de la película Pompeya, filme menor en calidad. Foto: Cortesía de Romaly
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La presencia del conocido actor Kiefer Sutherland aporta poco o nada a la trama de la película Pompeya, filme menor en calidad. Foto: Cortesía de Romaly

Conforme crecimos, los cinéfilos supimos que la crítica francesa había bautizado dichos filmes dentro de un novedoso género que aún se llama péplum. Los italianos llegaron a ser los mayores productores de este tipo de cine comercial entre lo mítico, la historia, la aventura y la acción con héroes de cuerpos bien empacados.

Por supuesto que lo de péplum vino por las túnicas que, por igual, vestían mujeres y hombres greco-romanos. De entre los actores del péplum, debemos recordar a Steve Reeves, quien se hizo famoso encarnando a Hércules y quien también actuó en una de las cintas sobre los últimos días de Pompeya.

Ahora el tema de la destrucción de Pompeya con la erupción del volcán Vesubio vuelve al cine de la mano del director británico Paul William Scott Anderson, quien abandona, por un rato, la ciencia-ficción y el cine de videojuegos para darnos la película Pompeya (2014), pasatiempo simplón en 3D.

Los supuestos hechos históricos se confunden en esta película con la historia de un esclavo celta convertido en gladiador, dispuesto a vengarse de las huestes romanas de Julio César que mataron a su familia. Se llama Milo. Por un golpe del amor, de esos que nadie entiende, de Milo se enamora la joven más hermosa de Pompeya, hija de la familia más adinerada del lugar. Se llama Casia.

Del amor de ella aflora el de Milo, mientras a Casia la pretende un corrupto senador romano. Con esa historia de telenovela, entretejidas, se suceden distintas peleas cuerpo a cuerpo entre forzudos con abdomen con cuadritos, que llaman ahora. Son peleas entre gladiadores y de estos contra soldados romanos y hacen que la cinta se repita a sí misma durante su metraje.

Al fondo, un volcán gruñe y anuncia que no aguanta más su calor interno, que necesita refrescarse y, de paso, arrasar con todo. El Vesubio no discrimina, lo que obliga a Milo a peleas extras para salvar a su amada Casia, no solo de los seguidores del César, sino también de la erupción del volcán que parece no terminar nunca.

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La historia es mala, cierto; pero lo peor es que sea tan ilógica con su trama y, así, tonta. Aquí hasta las peleas con espadas nos resultan cursis, tal el poco gusto estético que se muestra en pantalla: todo es el más rebuscado subterfugio para darse vuelo con efectos especiales poco convincentes y con una tercera dimensión que aporta poco o nada a la narrativa.

Las imágenes se oscurecen por los lentes 3D y la película, en su totalidad, pese al fuego del volcán, se oscurece ante la escasez de ideas y el poco cariño que el director Paul W.S. Anderson le pone a su responsabilidad, mientras el elenco se limita a actuar según los clichés del caso: ¡abundan!

Lo cierto es que, entre tanto burumbún digital, Pompeya es película harto superficial, afectada, ruidosa, incoherente, reiterativa y rocambolesca: puro espectáculo visual del más artificioso, por lo que no logra darle cuerpo a una historia donde los cuerpos de sus personajes son tan importantes. Desechable.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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