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Crítica de cine: ¡Guardianes!

Actualizado el 04 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Riqueza visual. Para ver, de verdad

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Crítica de cine: ¡Guardianes!

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                         Cuando el mundo entra en crisis por culpa de las sombras del mal, aparecen guardianes para proteger lo más preciado: los niños.  ROMALY PARA LNFantasía.
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Cuando el mundo entra en crisis por culpa de las sombras del mal, aparecen guardianes para proteger lo más preciado: los niños. ROMALY PARA LNFantasía.

He aquí una película colorida y oscura a la vez, donde el bien y el mal se expresan desde esa polaridad, y que viene a ser metáfora de los tiempos grises que vivimos en medio de un exaltado y egoísta individualismo, de un consumismo agotador y de un referente donde la equidad, la tolerancia y la justicia social se diluyen como colores que se ennegrecen.

Hablo de la película El origen de los guardianes (2012), dirigida por Peter Ramsey, quien se da gusto con una puesta visual exultante, fastuosa y muy coherente dentro de su bien movida animación, que le sirve de contexto a un relato para defender el derecho humano a ser felices en tiempos donde las sombras, de manera tenebrosa, buscan robarnos las sonrisas.

Con una situación de crisis, el relato de la película convierte a la Luna en el elemento natural que ha de procurar la defensa, sobre todo, de la infancia humana. Para eso contará con los llamados Guardianes, donde están el Conejo de Pascua, Norte (ese hombre fortachón de la Navidad a quien también llamamos Colacho), el Hada de los Dientes y el Creador de Sueños.

A ellos, por decisión de la Luna, ha de unírseles un niño sin pasado conocido, cuya intrahistoria es la de conocerse a sí mismo, quien se convertirá en el verdadero héroe en la lucha contra el Hombre de las Pesadillas, quien busca robar sueños y utopías a los humanos.

El niño héroe no es otro que Jack Frost (Jack Escarcha), figura élfica. Todos son personajes de ascendencia nórdico-europea, llevados por William Joyce a sus libros ilustrados bajo el título de Los guardianes de la infancia . Dichos personajes están rodeados de muchos otros elementos igualmente maravillosos o mágicos.

Visualmente, la película es fascinante. Su imaginería se llena de distintas formas y figuras, especie de “art-déco”: lo decorativo es expresivo, significante y –si cabe la palabra– bello en sus expresiones ambivalentes, sea con lo negro oscuro del mal, donde los unicornios dejan de ser azules para ser negrísimos caballos guerreros, o sea con el ritual armónico de los coloridos tonos del bien.

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Lo que vemos en pantalla recrea gratamente nuestra imaginación. Uno quisiera que ese mundo imaginario no se termine y lo sentimos como real, con todo lo excepcional que es.

Esto es mérito de la creatividad visual de la película que pasa de la armonía de los cuentos de hadas, paraíso de la fantasía, a figuras goyescas que se le contraponen en unidad temática.

Es en lo narrativo donde El origen de los guardianes encuentra sus fallas. El argumento se dispersa por momentos, por querer darle a cada héroe su instante de fama; igualmente se estanca en algunas situaciones que no progresan (incluso, le cuesta encontrar su final) y no profundiza sobre las causas de los hechos (etiología).

Puesta en la balanza, recomiendo esta cinta con entusiasmo, no solo con la aclamación de los niños y de las niñas, evidente en la sala de proyección, sino también con delirio adulto, gracias a su enseñanza de que, en tiempos oscuros, hemos de encontrar la alegría justa para que lo mejor triunfe siempre sobre lo peor.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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