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Crítica de cine: Godzilla ruge

Actualizado el 20 de mayo de 2014 a las 12:00 am

¡Va de nuevo! Monstruo con fama

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Crítica de cine: Godzilla ruge

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Con esta marea de cine de endriagos y superhéroes no nos sorprende el regreso del noble monstruo aparecido por 1954, gracias al cine japonés, en filme dirigido por Ishiro Honda. Se trata de Godzilla , esta vez mucho más grande en la película que, de nuevo, lleva su nombre.

El filme de hoy viene bajo la dirección del británico Gareth Edwards y con tremendo plus de efectos visuales gracias al avance de la tecnología y a la presencia del 3D, que aporta poco o nada a la calidad de la película.

Furia.  Reinicia la historia de un monstruo mítico del cine.   Cortesía de Discine.
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Furia. Reinicia la historia de un monstruo mítico del cine. Cortesía de Discine.

Godzilla (en Estados Unidos) o Gojira (en Japón), en su momento, vino a ser metáfora del miedo humano al avance nuclear luego del cruel lanzamiento de bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima. Su nombre Gojira se formó de dos voces: gorira (gorila) y kujira (ballena).

En el filme Godzilla (2014), su nacimiento vuelve a ligarse con la indagación nuclear. Estamos ante un reinicio o relanzamiento de la historia ( reboot ), con las variables necesarias para el éxito comercial. Así es, se trata de una película con un ojo en la cámara y con el otro en la taquilla. Con este tipo de cine, la mirada más intensa de la producción se posa en las boleterías. Lo llaman cine de entretenimiento; incluso, hay quienes dicen que no es cine para críticos, porque es solo para “pasar el rato”.

De ahí viene el concepto de “deleite culpable” ( guilty pleasure ) para aquellas cintas que pueden ser disfrutadas por muchos, pero que son malas. En el caso del filme Godzilla , hoy, estamos ante un producto que no es tan malo como unos ni tan bueno como otros. Simple.

El querido monstruo y héroe se enfrenta a criaturas malvadas que, desde la irresponsabilidad científica, se vuelcan contra las grandes ciudades en procura de su subsistencia nuclear. El equilibrio de la Naturaleza se rompe. Es cuando aparece Godzilla, con su mirada materna, para poner orden.

El personaje vuelve a ganarse nuestro cariño, pero no tanto la película. Ni modo: es el mundo maravilloso del kaiju-eiga (cine de monstruos) made in Hollywood. Además, el director Edwards no es un Peter Jackson que digamos.

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El filme ofrece muy buenas imágenes de desolación humana, incluso de impotencia; sin embargo, cuando se da la destrucción todo resulta muy artificioso: las maquetas y los efectos por ordenador rompen la magia narrativa, que también resulta herida por las malas actuaciones del elenco.

El actor Aaron Taylor-Johnson pasa por la película sin que el filme pase por él. Peor con Ken Watanabe, inexpresivo con la parte fundamental: la ecológica. Es válido dudar de si los histriones deben mantener coherencia dramática cuando la propia trama no la tiene y pierde consistencia interna a cada momento.

Por su parte, la fotografía se diluye con noches oscuras más días lluviosos y nublados (como para tapar fallas cuando aparecen los monstruos); empero, aaah, aquí sí que sí, es formidable la música de Alexandre Desplat (como es de su costumbre y arte).

Al salir de la sala, pueden darse sentimientos y opiniones encontradas. La verdad es que ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Eso sí, sería bueno que este Godzilla volviera para saber si es o no la mamá del muchacho de la película, o sea, noble fémina devenida en la piel de un monstruo.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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