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Crítica de cine: Gatsby de nuevo

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

Vale al final Hay exceso de todo

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Crítica de cine: Gatsby de nuevo

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                         He aquí una película que se hunde en su propia autocomplacencia, según el crítico de La Nación, con las actuaciones de Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan.  DISCINE PARA LA NACIÓNArtificio.
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He aquí una película que se hunde en su propia autocomplacencia, según el crítico de La Nación, con las actuaciones de Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan. DISCINE PARA LA NACIÓNArtificio.

Llega una nueva versión a la pantalla grande de la conocida novela El gran Gatsby , escrita por F. Scott Fitzgerald. La película, con el mismo título y del 2013, es un delirante juego visual de la mano de un director igualmente delirante: el australiano Baz Luhrmann.

Este realizador hace un esfuerzo terco y fatigoso (para uno) con tal de ponerse por encima del relato dramático, escrito por el estadounidense Fitzgerald. Es como si un entrenador de futbol se metiera a la cancha a patear la bola para donde sea con tal de hacerse notar.

Así, esta historia de amor, trágica en su esencia, pasada por el matiz de la infidelidad, se transforma durante casi dos tercios de su metraje en un juego inútil de excesos visuales, obtenidos a puro trucaje por ordenador y por necios manejos de cámara, amén de un montaje gratuitamente febril.

Todo eso huele a concesión formal para los comerciales y cansinos hábitos de la tercera dimensión (3D). Curiosamente, en 2D, la película es hartamente colorida, lo que se pierde con los famosos anteojitos del 3D. Lo cierto es que, durante buen rato, El gran Gatsby , según Baz Luhrman, es solamente delirio visual y auditivo que va en contra de la totalidad de la película.

Artificiosa construcción, sin duda, que puede gustar al público menos exigente con esa mezcla rara de videojuego con musical sin canciones. Fastidia, de verdad que sí. Lo peor es que no pasa de ser un mero jugueteo, a golpes de efectos progresivamente más rebuscados, de cara al 3D.

Pasado ese terremoto de imágenes con su ruidoso y absurdo uso de la música, más el juego impertinente de anacronismos, al último tercio, cuando ya estamos agotados por los excesos de este filme y por su agresión sensorial, la cinta se concentra en el drama y mejora del todo.

¿Ya para qué? Ha sido como leer el peor poema para encontrarse con dos buenos versos al final. La sensación que queda es la de tropezarnos ante un ridículo fascículo ni siquiera coleccionable.

Dentro de ese estilo, el director australiano pone a sus actores a bordear lo ridículo, como marionetas en sus manos, con actuaciones innecesariamente remarcadas en sus signos histriónicos. Podríamos salvar a la actriz Carey Mulligan de la silbatina. Ella nos recuerda su gran trabajo en Shame: Deseos culpables (2011). En cuanto a Leonardo DiCaprio, como Gatsby, da pena ajena.

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Por favor, no se debe comparar esta película con la novela escrita en 1925, no hay por qué. Ni siquiera debe hacerse con la versión clásica en cine, de 1974, dirigida por Jack Clayton, con guion de Francis Ford Coppola (aquí la diferencia), con Robert Redford y Mia Farrow.

Esta película que hoy nos llega vale al final, nada más. Es pérdida de tiempo ver tanto metraje de cine malo para tan poco de cine aceptable.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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