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Crítica de cine: Flor del desierto

Actualizado el 09 de octubre de 2012 a las 12:00 am

¡Esto no debe ser! La ablación es su tema

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Crítica de cine: Flor del desierto

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                         De Somalia a Londres, la vida de la modelo Waris Dirie, encarnada por Liya Kebede, se convierte en mostración de una costumbre horrenda en la humanidad.  Sala Garbo para La Nación.Modelaje.
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De Somalia a Londres, la vida de la modelo Waris Dirie, encarnada por Liya Kebede, se convierte en mostración de una costumbre horrenda en la humanidad. Sala Garbo para La Nación.Modelaje.

Hacia el final de la película inglesa Flor del desierto (2009), de Sherry Horman, las escenas son impactantes, viscerales y lo calan a uno en un mundo donde la tradición, la estupidez y las costumbres desbordan a la propia Antropología como explicación social y biológica de la realidad humana.

Muchas personas del público lloran con sentimiento, otras prefieren cerrar los ojos y a quienes vemos las escenas de ablación en las niñas africanas –en dicha película– el corazón se nos hace un trapo. No hay manera de pasar indiferente ante la fuerte carga dramática de la película.

Es el momento más álgido y comprometido del filme, cuyo discurso nos averguenza al recordarnos esa horrenda costumbre que, en algunos países, se practica con las mujeres: el corte de su clítoris y parte de su vagina, cosida luego de manera chapucera, lo que –incluso– produce la muerte diaria de muchas niñas ante la complicidad “cultural” de los adultos.

Este último tercio de la cinta Flor del desierto es lo mejor ante el ojo crítico; eso más el propio comienzo, cuando una obsequiosa fotografía logra ubicarnos en medio de la injusta e inclemente pobreza que azota a pueblos nómadas africanos, en plena carrera tecnológica del resto del mundo, mal llamado “civilizado”, cómplices que somos de la inequidad universal.

Cualquier ostentación de riqueza, repito, cualquier ostentación de riqueza es una bofetada que deforma el rostro humano si se compara con la vida miserable de quienes, al fin y al cabo, son los progenitores de la humanidad en África. Con el comienzo y el final de esta película, basta para recomendarla. Sus imágenes tienen fuerza provocadora, como las palabras de los profetas.

Desde esa perspectiva, esta película juega muy bien con los conceptos de “historia” y “realidad”. Desde ahí articula la función social tan importante para las narraciones: no solo es una película dentro de nuestra realidad de espectadores, sino que, además, nos lleva a denunciar “otra realidad”, a conocerla. De ahí en adelante, nosotros somos cómplices si no luchamos por cambiarla.

Es el logro fundamental de este largometraje. Lo otro es vano, casi inútil y, para peores, muy mal narrado: la historia de una mujer negra y bella que se convierte en top-model importante, por lo que tiene en sus manos los medios para denunciar la ablación en distintas tribunas. Por aquí, el filme parece delantal deshilachado: es que deja hilos sueltos por todo lado.

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Lastimosamente, las actuaciones son superficiales, diría que inexpresivas ante la densidad dramática de su denuncia. Si alguien se salva es la niña Soraya Omar-Scego, quien encarna a la famosa modelo Waris Dirie cuando era niña en Somalia. De su vida adulta, se encarga la también modelo Liya Kebede, quien es un fracaso total como actriz.

Artísticamente, no hay nada que destacar. Si hubiese sido un buen filme, imagínense la fuerza que tendría su noble denuncia. A ratos parece una fábula, especie de cuento de hadas más bien soso, con un buen principio y con un final de vehemencia inolvidable. El resto de metraje parece no estar en función del objeto denunciado ni de la finalidad de la película.

En fin, se trata de una cinta que resulta importante por la función social de su lenguaje. Sirve para tomar conciencia de que este mundo nuestro, tan lleno de chunches y consumismo, tiene una faz que ya debiera avergonzar a los líderes políticos y religiosos del mundo' y a cada uno de nosotros también.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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