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Crítica de cine: Escalofríos

Actualizado el 26 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Un escritor se ve preso de su imaginación y sus libros asustan de verdad

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Cunde el pánico. Una cantidad de monstruos se zafa de los libros que los contienen y su autor no sabe qué hacer, el cine lo describe y la crítica aplaude. DISCINE PARA LN.

Vuelve el cine con el tema de la relación entre literatura del género fantástico y la realidad misma, que es –a la vez– vuelta a la ficción en pantalla. La ecuación es simple: cine, literatura, realidad y regreso al cine. Se trata del filme Escalofríos (2015), dirigido por Rob Letterman.

Este director cumple, así, su tercera película con Jack Black, tan mal actor en este filme como lo ha sido casi siempre. Black hace el papel de un escritor llamado R.L. Stine. En la trama, este novelista es un tipo extraño, más extraño que los escritores habituales, quien vive con una hija de 16 años llamada Hanna.

Un día, a ese vecindario llegará una madre con su hijo después de la muerte del esposo y padre. El muchacho se llama Zach y –al conocerla– se encuentra atraída por Hanna; esto librará los enojos y las excentricidades del padre de ella: el señor Stine (recuerden). ¿Qué hay detrás de esa conducta? El asunto es que el escritor es prisionero de su propia imaginación.

Como ciertos escritores, Stine no puede soltarse de los personajes que él ha creado y viven en sus libros, tan igual a los poetas que no pueden separarse del “yo lírico”. El problema es que los personajes de Stine son de novelas de terror y de ciencia-ficción. No es poco.

Es cuando Slappy, muñeco sádico, logra salirse del relato en que aparece. Luego suelta a muchos otros personajes monstruosos de esa literatura y todo ello desborda al propio autor. El pánico se desata.

Por supuesto que a Zach y a Hanna les toca enfrentarse, jóvenes como son, al enigma de horror que corre ahora por la ciudad, cuando hasta los muertos salen de sus tumbas y la literatura es terror cierto. Confirmado, la realidad es expresión material de las ideas y de las aventuras plasmadas en los libros.

Es interesante el juego planteado por la película Escalofríos como fundamento de su trama: el guion es más que atrayente mientras combina romance juvenil, comedia y terror (de monstruos) de manera bastante aceptable y equilibrada.

Empero, a su estructura narrativa se le puede cuestionar el que se entretenga más tiempo de lo prudente con alguna circunstancia (por ejemplo, con un monstruo específico) y que, así, tienda al abandono de la totalidad narrativa. De esa manera, el filme pierde su tiempo lógico (de los sucesos) y sufre caídas de su ritmo. Es como si hubiese un relato por tractos anatómicos.

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Tampoco las actuaciones son convincentes, pese al buen diseño de personajes. Más bien, quien sobresale es un actor secundario: este hace el papel de un adolescente marginado, quien de pronto se hace amigo de Zach y Hanna. El joven actor se llama Ryan Lee.

El título de Escalofríos tal vez no sea tan exacto, porque el terror no lo es tanto; sin embargo, la película funciona bien como entretenimiento y está bien compuesta en lo visual (incluidos los efectos especiales y los “bichos” terroríficos).

Por otro lado, la música de Danny Elfman se planta bien y sobresale la fotografía del español Javier Aguirresarobe. En la balanza, es cine para recomendar. De paso, el personaje escritor de la película de verdad existe –R.L. Stine– y el argumento se basa o inspira en uno de sus libros.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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