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Frozen: Una aventura congelada .

Crítica de cine: Cuento con hielo

Actualizado el 29 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Anna y Elsa Princesas y hermanas

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Crítica de cine: Cuento con hielo

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Reino del frío. La compañía Disney vuelve a los estilos y trazos de su historia tradicional con el cine animado y logra un producto gustoso y alabado por la crítica. Cortesía de ROMALY
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Reino del frío. La compañía Disney vuelve a los estilos y trazos de su historia tradicional con el cine animado y logra un producto gustoso y alabado por la crítica. Cortesía de ROMALY

Los estudios Disney recogen algunos de sus mejores tiempos fílmicos, cuando se veían películas de dibujos animados, y lo hacen con la versión digital del cuento La reina de las nieves , escrito por el danés Hans Christian Andersen (1805-1875); eso sí, con más variables de la cuenta.

La película de ahora se titula Frozen: Una aventura congelada (2013). Su trama narra la historia de dos hermanas, las princesas Anna y Elsa, donde la segunda viene marcada por un extraño don: el de convertir lo que la rodea en hielo. Elsa es un personaje con poder sobrehumano digno de la serie  X-Men .

Elsa y Anna son protagonistas de un cuento de hadas más que uno de ciencia-ficción. Esto es lo que la cofradía Disney logra mantener a lo largo de su filme. Lo hace con su ánimo más tradicional y con buen diseño de personajes, al punto que a estos se les puede analizar según sus signos histriónicos.

Así, alrededor de las princesas se teje un argumento de encuentros y desencuentros fraternales, con ellas dos obligadas a vivir de manera separada por decisión de su padre el rey, según él para protegerlas. Cuando se rompe lo fraterno, el frío atenaza al reino, mientras la temperatura baja y baja. Todo se congela.

También se congelan los corazones y la salvación solo será posible con un acto de amor inmenso. Alrededor de las princesas aparecen distintos personajes y se establece un mundo imaginario particularmente sugerente. El problema del relato es que también se congela por momentos.

Podemos afirmar que la narración no tiene un dinamismo dramático fluido y que no siempre combina bien lo melodramático con lo humorístico. Esto último (lo gracioso) está presente con personajes secundarios de excesiva presencia, tanto en lo visual como con sus parlamentos (se trata del reno Sven y de Olaf, el muñeco de nieve creado por Elsa).

Esa fluidez también se trunca con determinados cantables, algunos prescindibles; pero es justo mencionar que algunos otros se incorporan bien al drama feérico (relativo a las hadas). Por ejemplo, el coro de hombres al comienzo está muy bien logrado. También es cierto que lo melódico es repetitivo por ausencia de creatividad.

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En cuanto al contenido temático, el asunto de la soledad de Elsa da lugar a reflexiones válidas sobre el trato a las personas con algún carácter especial: la discriminación que sufren, así se trate de princesas o reinas. Es interesante la complejidad del personaje de Elsa, según la trama y su exposición visual.

Entre los logros artísticos, uno puede señalar las vestimentas de los distintos personajes y las transformaciones de ellas por culpa del frío; otro es la construcción del castillo de hielo, donde el juego visual (escalinata incluida) se alía con el canto a la libertad de la princesa convertida en reina.

En demérito, es increíble –por negativa– la rigidez de los bailes en la corte del reino de Arendelle. Es lo peor de este filme y es inconcebible a estas alturas de la animación en cine. Se queda uno sin entender la razón.

Entre sus virtudes y sus deficiencias, más lo primero que lo segundo, lo cierto es que Frozen: Una aventura congelada resulta filme bastante agradable para la familia. Esta película ofrece algo más después de los créditos, cuando casi toda la gente ha salido de la sala y muy pocos nos hemos quedado a la espera. Debiera advertirse al público.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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