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Crítica de cine: Boda fatal

Actualizado el 29 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

Mucha droga y humor del tonto

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Crítica de cine: Boda fatal

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Dentro de esa tónica que trae ahora mucha comedia hecha en Hollywood, con bastante misoginia al mostrar a las mujeres como lloronas y ridículas, tenemos el estreno en el país de la película ¿Cómo impedir una boda? (2012), dirigida (más bien perpetrada) por la realizadora Leslye Headland.

El título original del filme, en inglés, sale de yuxtaponer la palabra “bachelor” (soltero) al peyorativo sufijo femenino (-ette): Bachelorette .

Su idea, aquí fracasada, es la de mostrar un grupo de mujeres al borde de un ataque de nervios.

Para eso, Leslye Headland escribe y dirige esta comedia sobre cuatro amigas del colegio que se reúnen para la boda de una de ellas (la que menos pensaban que se llegaría a casar).

Se supone que las cuatro amigas fueron compañeras, o sea, tienen la misma edad, pero la elección de las actrices no logra esa descripción, por los distintos años que se notan entre ellas; incluso, más que compañera, el personaje de una de ellas, Regan, encarnado por Kirsten Dunst, pareciera el de la tía mayor o algo así. La selección del elenco es malísima.

Con ese fallonazo, el diseño de personajes pierde credibilidad. Pareciera que las actrices toman nota del error, porque actúan mal, muy mal: se podría decir que cada vez peor con el desarrollo de la trama. A lo sumo, podríamos salvar el trabajo de Lizzy Caplan, por su esfuerzo de darle vida loca a una de las chicas.

Lizzy Caplan, Kirsten Dunst e Isla Fisher se esfuerzan, pero no le dan  sentido del humor a una mala comedia.   | ROMALY PARA LA NACIÓN
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Lizzy Caplan, Kirsten Dunst e Isla Fisher se esfuerzan, pero no le dan sentido del humor a una mala comedia. | ROMALY PARA LA NACIÓN

¿Cómo impedir una boda? procura hacernos reír con los distintos lances que han de vivir las tres amigas de la joven casadera cuando, por andar en fuerte fiesta de licor, cigarros, marihuana, coca y sexo, estropean el vestido de novia, exactamente la noche anterior.

No obstante, pese a los intentos del guion por hacernos cosquillas en alguna parte, solo tenemos un filme ahogado con sus propias tonteras: siempre que sucede igual tenemos lo mismo. No hay nada que destacar del relato del filme ni tampoco de la manera en que se estructura dicho relato: absoluta impericia narrativa.

Como lenguaje casi de propaganda, es notorio el esfuerzo de la película por hacernos creer que tragar droga, esnifar o lo que sea, cualquiera que sea la droga, no es más que un pasatiempo sin efectos colaterales o secundarios. Según el filme, una joven puede drogarse cuanto quiera; así, pasa un buen rato y al otro día todo le es frescura o miel sobre hojuelas.

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Eso se llama descaro absoluto. Irresponsabilidad.

No es que la película sea mala en calidad por eso, sino por razones que ya hemos señalado antes: aquí el lenguaje cinematográfico se plantea con la peor sintaxis del caso y lo narrativo no pasa de ser un fiasco como comedia, especie de borracho en una vela.

El resultado es una película farragosa (conjunto de cosas superfluas y mal ordenadas) y cargada de tiempos muertos.

Es filme esquemático y superficial que más bien cansa o fastidia. Comedia rancia, mohosa y agotada en sí misma, sin progresión en la intriga ni pulso narrativo.

Se vale señalar que ¿Cómo impedir una boda? es lección sobre cómo despreciar el buen cine (al filmarlo). Lo que empieza como una broma grosera del destino en los personajes, poco a poco se convierte en el destino de la grosería hecha película. Así, nunca la vamos a recomendar. Esta película no se muere antes porque no tiene energía ni para un último suspiro.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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