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Crítica de cine: Asunto de futbol

Actualizado el 07 de abril de 2013 a las 12:00 am

Jugar al amor Damas que acosan

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Crítica de cine: Asunto de futbol

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                         Gerard Butler encarna a un entrenador que se ve cercado por las mamás de los niños y niñas que integran el equipo que él entrena, es un divorciado apetecido.  ROMALY PARA LA NACIÓN.Amor y futbol.
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Gerard Butler encarna a un entrenador que se ve cercado por las mamás de los niños y niñas que integran el equipo que él entrena, es un divorciado apetecido. ROMALY PARA LA NACIÓN.Amor y futbol.

El director italiano Gabriele Muccino, nacido en 1967, es bien visto en la industria de Hollywood desde su éxito con la película En busca de la felicidad (2006) y, en menor medida, por el filme Siete almas (2008), ambas con Will Smith.

Ahora regresa con una cinta donde el futbol es el paradigma donde van a suceder los acontecimientos melodramáticos, según el guion escrito por Robbie Fox. Se titula Jugando por amor (2012). Se trata de un equipo conformado por niños y niñas, cuyo entrenador, George, ha conocido las mieles del triunfo durante su época de futbolista profesional en Europa.

En el retiro, George vive la incertidumbre de no ser lo que era antes: el tipo exitoso y admirado. Ha arruinado su matrimonio y debe hacer algo para no despeñarse del todo. Para eso, viaja a Estados Unidos donde decide entrenar el equipo infantil donde juega su hijo.

Esto le abre nuevas posibilidades. Algunas son, ¡se supone!, hilarantes. Es como un humor virtual, porque no llega del todo ni de manera convincente. Más bien, es un humor tontillo (para decirlo amablemente), de ese que lo pone a uno –como espectador– a hacer de tripas' corazón.

De paso, George se propone recuperar el amor de su exesposa. El único inconveniente es que ella tiene novio y está por casarse de nuevo. Entre tanto, a George le saltan y lo asaltan eróticamente las mujeres. ¿Cuáles? Pues las mamás de las niñas y niños del equipo, presentadas como ninfómanas, sean casadas o divorciadas.

Por ahí, sin sutileza alguna, se vuelve a mostrar ese rasgo cansino de las comedias del Hollywood actual: su misoginia, porque si no son mujeres “alborotadas”, como en este caso, son tontas, arpías o reciclables.

Así, entre los partidos de futbol (mal logrados en términos cinematográficos, sin tensión alguna y con mal manejo de cámaras), George pasa su tiempo o no con cada una de esas mujeres, en situaciones supuestamente chocarreras. ¡Supuestamente! Eso sí, sin perderle el ojo a su “ex”.

Los mejores momentos del filme son cuando se manifiesta como melodrama puro (la relación entre el padre y el hijo pequeño, por ejemplo). Es asunto trillado, de acuerdo, pero el director Muccino sabe manejar esas escenas. También son válidas algunas secuencias entre George y quien fuera su esposa.

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Si esos momentos resultan lo mejorcito de la película, se debe al buen trabajo de Jessica Biel, como Stacie, la mujer en dudas sobre si regresa o no con George (es predecible lo que va a suceder). También por la buena actuación del niño Noah Lomax, como el hijo. Jamás, jamás, ningún mérito para el actor Gerard Butler, con una actuación acartonada y del todo superficial como George.

Entre el elenco de mujeres acosadoras en Jugando por amor , aparecen actrices de renombre como Uma Thurman, Catherine Zeta-Jones y Judy Greer, sin que uno entienda, con exactitud, cómo diantres fueron a parar ahí. Ni qué decir del actor Dennis Quaid, como el personaje patrocinador del equipo futbolero y quien parece actuar con fuerte carga de alucinógenos por dentro.

La música funciona, pero la fotografía deja mucho que desear; los diálogos pecan por simplones y la narración va como entrecortada, por lo que la película se debate entre ser mediocre o mala. Por si las moscas, démosle la primera calificación de esas dos.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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