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Crítica de cine: Aguas misteriosas

Actualizado el 22 de mayo de 2011 a las 12:00 am

Igual son aguas locas Hay piratas repetidos

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Crítica de cine: Aguas misteriosas

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El futbol no es mi pasión, menos el de Costa Rica, aunque sé que el Barcelona está en capacidad de llevar el balompié a los grados del arte. Aún así, uno puede ir al estadio a sabiendas de que no hay buen futbol: solo para pasar el rato con alguna mesura y sin las pasiones adictivas de los más fanáticos.

Digo eso porque, igual, es la mejor actitud para ir a ver la película Piratas del Caribe 4 (2011), dirigida con buena artesanía por Rob Marshall. Debemos ir sin los libros de teoría cinematográfica bajo el brazo, sin esa neurosis que algunos sufrimos por la incesante búsqueda del arte en las pantallas de las salas de cine.

La verdad, esperar que los estudios Disney se preocupen por producir cine-arte es como querer ir tras la fuente de la eterna juventud: una majadería. Disney es el taller especializado en el llamado cine industrial.

Esta película tiene un título más agotador que el señalado líneas atrás. Para América Latina, se titula Piratas del Caribe: Navegando en aguas misteriosas (¡horrible uso verbal del gerundio!).

Se supone que este filme es una secuela de la saga comercial homónima. Y es así con algunos personajes, pero no con la trama, porque ya no daba para mucho.

Ahora, productores y guionistas narran un viaje de distintos piratas, de la corona inglesa y de la corona española en búsqueda de la fuente de la eterna juventud.

Históricamente, sabemos que Ponce de León, por ahí de los 40 años, anduvo tras esa bendita y famosa agua que todos quieren.

Según la trama de Piratas del Caribe 4, Ponce de León dejó datos para encontrar esos manantiales. Ahí van los piratas a lo largo de toda esta película que redunda con exceso de peleas entre sus personajes, con diálogos reiterativos, con situaciones forzadas y con una variedad de romance tonto entre el capitán Sparrow y Angélica.

Ese romance es de idas y vueltas como todas las situaciones de la película. Aburre. Aburre tanto como todo lo reiterado del argumento y como los propios logros formales de la cinta, siempre iguales a sí mismos. Este filme intenta ser distinto a los anteriores, pero no sabe renovarse a sí mismo. Ni siquiera con el romance, insisto.

De hecho, entre Johnny Depp y Penélope Cruz hay menos química que entre los señores don Óscar Arias y don Ottón Solís en política.

Se los garantizo. A la señora Cruz, como está embarazada, le pusieron de doble a su hermana y se nota en algunas panorámicas de supuesto peligro, amén de que nos atiborran con primeros planos de la actriz española y, por ende, del señor Depp.

Johnny Depp, aquel actor del cine independiente o transgresor, underground, ha sido tragado por el “monstruo” de la gran industria y ni se preocupa por actuar bien. Tiene unas secuencias donde intenta ser cómico al estilo de Chaplin o con la ligereza física de Harold Lloyd y, a mí, me dio pena verlo. Hasta en esto falla la película, con humor prácticamente inocuo, fácil y ¡también repetitivo!

La puesta en escena cuenta con millones de dólares a su favor; así que, lógico, está bien lograda, amén de que el director Rob Marshall no es ningún improvisado en el ruedo cinematográfico, aunque falla con la buena música de Hans Zimmer.

Dicha música se torna excesiva, dale que dale, lo que puede solucionarse –por nuestra parte– con saber cerrar los oídos de cuando en vez.

Las actuaciones de Geoffrey Rush y de Ian McShane son interesantes, aportan mucho a sostener la película dentro de cierto nivel que no la lleve al rango total de mala. Igual, el filme nos cuenta bien, con fineza visual y estructuración propia del romanticismo literario (al estilo de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer), una historia de amor de carácter fantástico, narración insertada, entre un joven predicador y una sirena, con la seductora actuación de Astrid Bergès-Frisbey como la sirena.

Sé que el público se entretiene. También sé que estas películas son las que deforman el gusto y alejan a la gente del buen cine, del mejor, del que es arte.

Para el llamado sétimo arte, esta cinta es muestra de una batalla perdida, ¡y en 3D! No puedo predecir qué va a suceder, pero parece que la tradición del cine artístico agoniza en serio (igual sucede con la buena literatura).

¿Les recomiendo la película? Sí, para pasar el rato, pues sí, pero creo –para retomar el principio de esta crítica– que hay más arte en el futbol que practica el Barcelona y, ante eso, prefiero esta segunda opción.

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