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Crítica de ‘Kubo y la búsqueda samurái’: Tras la armadura sagrada

Actualizado el 05 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

El viaje de un niño para hallar los objetos de su padre samurái es verse a sí mismo

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La alta calidad y belleza visuales son lo mejor de este filme animado en cartelera. Cortesía de ROMALY

Dentro del pantano en que ha caído el gran cine industrial, léase: Hollywood, y en el que nos hundimos con cierta facilidad, es notorio que el género animado viene a ser tabla de salvación para un cine que es simulacro del de verdad. Insisto, a propósito de Hollywood.

Ahora se trata de un gustoso filme hecho con la ardua animación de “cuadro a cuadro” ( stop-motion ): técnica de filmar con tomas fotográficas seguidas, donde cada plano alarga el anterior. Así, se crea la ilusión de movimiento con muñecos de “plasticina” y con materiales moldeables, incluso papel.

El mentado filme de genial expresión visual llega a Costa Rica con el título de Kubo y la búsqueda samurái (2016), pletórico trabajo dirigido por Travis Knigh, dueño principal de los estudios que lo producen: Laika. Su título original es Kubo and the Two Strings.

La película está hecha con tal cuidado visual (al detalle), con tan significativa búsqueda de la belleza y de la perfección, con uso tan personal de los conceptos del cine animado stop-motion y con tan específica propuesta cercana al cine de autor, que deviene curso sobre sí mismo y sobre su arte.

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No es que cambien las convenciones esenciales de la animación “cuadro a cuadro”, es solo que se reinterpretan las capacidades de dicho arte para plasmar un filme vitalista, que se mueve por la energía interna de sus personajes con la lucha entre el bien y el mal, por lo que, incluso, en términos narrativos, el relato se siente un poco moroso.

Si empleamos un término común usado por los espectadores, hay que aceptar que se está ante una película visualmente hermosa. Es posible que este cuido artístico sea lo que lleva, de manera paradójica, a algunos descuidos narrativos, sobre a todo a algunos saltos en el relato sin mejor atiendo de las elipsis.

La historia va calzada dentro de cierto exotismo propio del romanticismo literario, en el Japón feudal. Kubo es un niño con talento para el origami y la música, quien deberá encontrar las partes de una armadura sagrada que alguna vez fue de su padre, samurái legendario.

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Cando Kubo pierde a su madre, le queda la magia de ella cubriéndolo contra su abuelo y dos tías hechiceras, quienes le han sacado un ojo a Kubo y quieren el otro. En su viaje, el niño ha de enfrentarse a fantasmas del pasado, mientras lo acompañan una simia y un escarabajo parlantes.

Una narración supone un todo compuesto de partes interdependientes que, por separado, serían inexplicables. Esas partes son las que están débilmente unidas por el filme.

Por dicha, la agudeza visual crea la atmósfera suficiente para mantener amarrada la historia que, de manera un tanto arbitraria, gira del drama agudo y ‘oscuro’ a un final harto feliz (para complacer a todo el mundo).

Dentro del argumento, la unidad enriquecedora del amor con la música es idea valiosa para circularla en un mundo cada vez más hostil como el actual, ahogado por odios y guerras. Kubo y la búsqueda samurái es filme que tenemos que ver: queda con alta recomendación.

EE.UU., 2016

GÉNERO:Animado

DIRECCIÓN:Travis Knight

ELENCO:Animado

DURACIÓN:101 Minutos

CINES:CCM, Citicinemas, Cinemark, Cinépolis, Magaly

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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