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Crítica de cine de las Tortugas Ninja

Actualizado el 01 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Quelonios ninjas Héroes en alcantarillas

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Crítica de cine de las Tortugas Ninja

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Es definitivo, Hollywood ha logrado tal dominio del mercado fílmico que, por estos patios, Hollywood solo compite con Hollywood gracias a la presencia de lo tecnológico dentro de sus películas. En esa línea, se estrena ahora una nueva versión de los héroes mutantes, quelonios antropomorfos.

En efecto, se trata del filme titulado Tortugas Ninja (2014), dirigido por Jonathan Liebesman, con los personajes que hemos conocido en historietas, televisión, juguetería, videojuegos y cine, cuyos nombres copian los de algunos artistas del Renacimiento italiano.

Tortugas Ninja , la película estrenada estos días, tiene el mérito narrativo de ponernos en autos sobre el origen de estos superhéroes, más rápidos que una liebre salvaje. Así, con la trama, se nos narra y se entremezcla bien –no de un tirón– la causa de la grave mutación tortuguera, que también alcanza a un agudo ratón.

El ratón se llama Splinter. Los reptiles que Splinter protege y educa en artes marciales son Leonardo, Michelangelo, Donatello y Raphael. También se nos describe cómo una bella joven periodista llamada Abril, de niña, les salvó la vida a estos ágiles portentos de laboratorio.

De paso, este personaje no tan mal diseñado, el de Abril, resulta muy mal actuado por Megan Fox , sin ninguna convicción. A la larga, con algún caparazón dorsal, ella habría actuado mejor, pero no se habría visto tan bonita.

Los malos de la película se dan por cientos. Como sucede siempre con este cine hecho en serie, los malhechores caen muy fácilmente. Los dirige una oscura banda llamada el Clan del Pie, con un tipo llamado Destructor al frente, especie de Transformer.

Eso último es entendible cuando sabemos que el productor de Tortugas Ninja, ahora, es nada menos que el efectista Michael Bay, quien le impone su estilo al director Jonathan Liebesman. Aquí es cuando Hollywood le compite a Hollywood, porque hace cine a imagen y semejanza de Hollywood.

La aventura o argumento es lo de menos y la pinta es lo demás: amenizar por amenizar, todo de manera febril y con formato acelerado en la pantalla, con muchos efectos visuales para quienes gustan de este cine industrial, con logros ocasionales (al menos en este filme) y sin pausa alguna.

De hecho, si hay algo en cámara lenta es para alentar el dinamismo de la acción, como si fuese un partido de futbolín entre profesionales.

La banda sonora es ruidosa: un golpe por sí misma, uno se siente agredido hasta con la música. De ahí, las imágenes saltan como escándalos de corrupción en un gobierno infecto.

Esta vez, los héroes no vienen de planetas extraños, sino que viven y salen de drenajes o cañerías, de Nueva York, por supuesto, pero alcantarillas al fin y al cabo.

Esa atmósfera la recrea bien la película cuando se permite alguna parsimonia visual.

Si son amigos o no de Michael Bay, ya ustedes saben de qué se trata lo demás: celeridad de las imágenes, pérdida del encuadre (atolladero visual), acción delirante (todo deviene exaltado), parafernalia religiosa (mucho boato), cine de consumo voraz, montaje corto, algún humor lisonjero y diálogos tontos.

No hay de otra, como en combo. Sí, se trata del Hollywood que imita a Hollywood con lo que mejor hace: llevar tecnología al cine en lugar de ideas interesantes. Lo dijimos al principio.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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