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La muerte larga de Julio César

Actualizado el 30 de junio de 2013 a las 12:00 am

El filme César debe morir dialoga con la realidad y representa un pasaje significativo de la historia occidental

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El actor Salvatore Striano intrepreta el papel protagónico de Bruto en el filme. | JURGEN UREÑA PARA LA NACIÓN.

El 15 de marzo del año 44 a. C. un grupo de conspiradores, liderado por los políticos Casio y Bruto, asesinó en un recinto alterno del senado romano al emperador Julio César. Cuenta el historiador Suetonio que el corpulento gobernante recibió veintitrés heridas sin pronunciar una sola palabra. Sin embargo, otros escritores de la época recuerdan que, al ver a su amado Bruto entre los asesinos, las últimas palabras de César fueron: “¿Tú también, hijo mío?”.

Dieciséis siglos después, la célebre frase, paternal y patética a la vez, se instaló en el centro emocional del Julio César de Shakespeare: una pieza dramática singular en la que el personaje que da título a la obra se convierte en una presencia fantasmal, que aparece sólo en tres escenas, dice menos de 150 versos y muere en el punto medio de la representación.

En la versión deliberadamente ambigua de Shakespeare, César es una sombra que recorre la conciencia de Bruto, el verdadero héroe trágico del texto. El emperador, ávido de poder, se convierte además en una metáfora perdurable que propició, siglos después, un célebre montaje de Orson Welles para el Mercury Theatre , con vestuarios y escenografías que remitían a la Italia fascista y un Julio César tiránico y sospechosamente cercano a la figura de Benito Mussolini.

Con la película César debe morir (2012), los hermanos Paolo y Vittorio Taviani se suman con entusiasmo al juego de las versiones libres y las analogías reveladoras mediante una representación de Julio César que ejecutan los reclusos de máxima seguridad de la cárcel de Rebibbia, situada en las afueras de Roma.

Julio César, interpretado por el actor Giovanni Arcuri, se dirige a sus conspiradores en un patio luminoso de una cárcel.  | JURGEN UREÑA PARA LA NACIÓN.
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Julio César, interpretado por el actor Giovanni Arcuri, se dirige a sus conspiradores en un patio luminoso de una cárcel. | JURGEN UREÑA PARA LA NACIÓN.

Los antiguos conspiradores imperiales son ahora exmiembros de la mafia condenados en su mayoría a cadena perpetua. El Julio César de turno recuerda las corruptelas políticas de un tal Silvio Berlusconi. El medio expresivo es, en esta oportunidad, un documental que reflexiona sobre el poder liberador del arte, al tiempo que se nutre de los buenos oficios de la ficción.

La película recibió el Oso de Oro del Festival de Berlín y abrirá el Festival de Cine Europeo que se celebrará en nuestro país del 4 al 17 de julio, en el Cine Magaly.

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Genealogías. Se estima que sólo durante la época del cine silente se filmaron alrededor de cuatrocientas películas basadas en las obras de Shakespeare. Con el paso de los años, esa tradición fue continuada por directores tan destacados como Griffith, Bergman, Wajda, Kurosawa o Polanski.

Sin embargo, si de cineastas shakesperianos se trata, habría que destacar los nombres de Lawrence Olivier, Grigori Kozintzev, Kenneth Branagh y, sin duda, Orson Welles.

Con su capacidad experimental y su reveladora puesta en abismo, los hermanos Taviani se acercan al Welles que filmó con mayor pasión que fidelidad las versiones cinematográficas de Macbeth (1948), Otelo (1952) y Enrique IV, bajo el título de Campanadas de medianoche (1967). Entre la filmografía shakesperiana más reciente, César debe morir está emparentada con la memorable Buscando a Ricardo III (1996), dirigida por Al Pacino, debido a las audacias formales y el genuino interés en explorar el universo del dramaturgo inglés.

Muy lejos quedan las adaptaciones más convencionales y recordadas del Julio César de Shakespeare, desde el monumentalista Cayo Julio César (1914), dirigido con grandilocuencia por Enrico Guazzoni, hasta el Julius Caesar (1953), filmado por Joseph Mankiewicz en medio de la parafernalia clásica hollywoodense y alrededor de un Marco Antonio diseñado a imagen y semejanza de Marlon Brando.

César debe morir rompe con esa tradición cinematográfica y propone en cambio un texto autorreflexivo que diluye las fronteras entre realidad y ficción, pasado y presente, y traición y heroísmo, en la misma sintonía creativa que el Bernardo Bertolucci que filmó La estrategia de la araña (1970), a partir del ”Tema del traidor y del héro e”, de Jorge Luis Borges.

Cartel publicitariode la película italiana   César debe morir .  | JURGEN UREÑA PARA LA NACIÓN.
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Cartel publicitariode la película italiana César debe morir . | JURGEN UREÑA PARA LA NACIÓN.

Ambientada entre 1936 y finales de los años sesenta, La estrategia de la araña cuenta la historia de Athos Magnani, un joven que viaja al pueblo de Tara para investigar las causas de la muerte de su padre. Paulatinamente descubrirá que ese hombre desconocido para él fue un traidor a la causa antifascista convertido en héroe por la historia oficial.

Así como César debe morir se basa en la obra de Shakespeare, basada a su vez en las crónicas escritas por Suetonio a partir del histórico asesinato del emperador romano, La estrategia de la araña se inspira en un cuento en el que Borges reescribe fragmentos de la muerte de Julio César y del Macbeth de Shakespeare.

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En ambas películas, los niveles de lectura se superponen a los temas de la paternidad, la traición, el poder, la duda y la libertad. En ambos casos se ofrece al espectador mucho más que el relato de superficies propuesto por la industria del entretenimiento.

Circularidad. “Si debo morir lo haré en el Parlamento”. La frase pronunciada por Silvio Berlusconi, pocos meses antes del estreno en Italia de César debe morir , confirma el acierto del filme al sugerir un juego de las analogías entre el primer ministro italiano y el emperador Julio César.

Durante los últimos años, Berlusconi ha enfrentado juicios por corrupción y abuso de poder y ha sido abandonado por muchos de sus aliados y protegidos.

“Quiero ver la cara de los traidores”, aseguró Berlusconi en aquella ocasión y, al hacerlo, vestía conscientemente los ropajes imperiales. Pocas semanas después, en la pantalla grande de los cines italianos, los personajes de Casio y Bruto se preguntaban: “¿Cuántos siglos por venir recrearán esta gloriosa escena que hemos protagonizado, en reinos que todavía no se han formado y en lenguas que todavía no han sido inventadas? ¿Cuántos siglos deberá César sangrar en el escenario, como aquí, hoy, en nuestra prisión, tendido sobre esta piedra que no es más digna que el polvo?”.

En nuestros días, las preguntas permanecen y se multiplican. ¿Cuántos ciudadanos han deseado hasta hoy el fin de un gobierno prepotente y corrupto? ¿Cuántos pueblos han decidido salir a las calles y cuántos políticos han debido atrincherarse detrás de sus cómplices de turno? ¿Cuántas veces vivirá entre nosotros la sombra torva y la muerte larga de César?

César debe morir reaviva la noción de tiempo circular que fue cultivada fervorosamente por Borges: evidencia el valor de una pareja de cineastas capaz de reconocerse en el espejo de la historia y confirma la poderosa vigencia de un texto escrito hace alrededor de cuatro siglos por el más célebre de los dramaturgos. Como afirma uno de los reclusos de la cárcel de Rebibbia, durante un ensayo de la representación teatral de Julio César , “parece que este Shakespeare ha vivido en las calles de mi ciudad”.

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