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Arca de la duda

Actualizado el 07 de abril de 2014 a las 12:00 am

Un Noé desconocido Inventiva sin enlaces

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El cine propio del género fantástico no tiene por qué ser de tonos futuristas nada más. Máxime si lo entendemos cómo la irrupción de lo irracional en la economía racional del universo. También podemos utilizar la definición del crítico francés Roger Caillois: “Lo fantástico es la inesperada irrupción de lo inadmisible en el seno de de la inalterable legalidad cotidiana”.

Quiero pensar que el director Darren Aronofsky, prácticamente un realizador de culto, quiso hacer cine del género fantástico y, para ello, recrea una historia poco creíble en su literalidad, ubicada en el Antiguo Testamento, como es la historia de Noé y de su famosa Arca, en donde se metieron las especies animales que habrían de salvarse ante un diluvio implacable como castigo a la humanidad.

Lo universal. Varios documentos hablan de perennes días de lluvia por esa época, aunque el criterio de universalidad está dado por el aún poco conocimiento sobre otras tierras por parte de quienes escribieron tales documentos. Lo “universal” era muy inmediato entonces. Pues bien, por ahí va el filme del neoyorquino Darren Aronofsky.

¿A qué apuesto? A que Aronofsky en su película titulada de manera escueta como Noé (2014) codea un texto que, para muchos, es real (en lo básico) para llevarlo a un cine sobre lo irreal. O sea, el director intenta reconvertir una realidad en lo que sería su contrario: lo ilusorio. Ajá, visto así el filme Noé resulta poco inocente y, si se quiere, más bien es subversivo.

El esfuerzo por entender así esta película es para poder justificarle alguna validez intelectual a dicho filme. Para justificar y justificarme. Sobre todo, si tomamos en cuenta que Darren Aronofsky no es un director de esos que uno encuentra por ahí a la vuelta de cualquier esquina.

Recordemos títulos de Aronofsky, todos de inquietantes laberintos con sus propuestas, tales como Pi: El orden del caos (1998), Réquiem por un sueño (2000), La fuente de la vida (2006), El luchador (2008) y El cisne negro (2010).

Es posible que muchos estemos de acuerdo: se trata de una filmografía respetable dentro del sétimo arte. Pero en el caso de Noé , uno duda en distintos aspectos por ser ejecución hiperbólica de un texto bíblico, donde solo faltan los Transformers de Michael Bay. ¿Busca esta película utilizar el lenguaje híper-fantástico para desacralizar una tradición religiosa?

Pierde conjunto. ¿En dónde es que Darren Aronofsky no logra cuajar esta película según su estilo? En la manipulación de los signos cinematográficos, porque se individualizan demasiado por secuencias. De ahí, el filme pierde su expresión como conjunto. Pierde organicidad. Falla en la sinergia de las diferentes imágenes.

Eso es grieta del director y también del montaje, al ordenar o desordenar la historia y en el servir o transgredir esa historia. Noé , como película, está tan acentuada en sus configuraciones o desfiguraciones (según el punto de vista del espectador) que, ¡aún dentro de lo fantástico!, el relato pierde coherencia interna y su propia lógica se ve desbordada.

Así, los personajes están sobrediseñados y las actuaciones se ven falsas, las de todos, aunque es peor con Russell Crowe. La banda sonora pasa a ser inútil por estruendosa y la fotografía es igual en términos visuales. Por la ruta de lo formal, el Arca aguanta bien el diluvio, pero el filme hace aguas por muchas partes. Agréguese que el trabajo digital es deficitario y su 3D es tormento para el espectador.

Para terminar y para enfatizar el concepto de Noé como filme del cine fantástico, es valioso su aporte ecológico y ético: ¿estamos de nuevo destruyendo la Tierra? He ahí la presencia del elemento crítico con sensatez de presente. Lástima que lo conceptual de la película haya caído en las redes fáciles del delirio comercial.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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