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Las ventajas de mirar al cielo

Todos seremos viajeros en el espacio

Actualizado el 19 de abril de 2015 a las 12:00 am

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R​ecreación artística de la Vía Láctea. (Wikicommons.​)

Mirar siempre al cielo es vivir en la Luna. Si uno camina así, puede caer en lo más bajo, sin que esto implique descalificaciones morales. Para estos juicios éticos están ya los moralistas; es decir, esas intachadas gentes que nunca se meten en la vida ajena pues ya se metieron y no les gusta. La vida ajena es su propio asunto.

La curiosidad no mató al gato: lo hizo el santo patrón de los biógrafos. Para salir de la pobreza, quienes no somos interesantes haríamos mal negocio en cobrar por nuestros pensamientos.

Uno de los curiosos que llevó el chisme a la dignidad de la biografía fue don Diógenes Laercio en su libro Vidas de los filósofos más ilustres. Allí, Diógenes cita a otro biógrafo, de modo que viaja en el tren de la biografía con un pasaje ajeno. Diógenes anota sobre el filósofo griego Tales de Mileto:

“Hermipo escribe que por tres cosas daba Tales gracias a la fortuna: la primera, por haber nacido hombre y no bestia; la segunda, varón y no mujer; la tercera, griego y no bárbaro”.

A Tales se le olvidó agradecer el no haber nacido machista ni racista, pero él había prometido solo tres agradecimientos, y ya es algo tarde para ponerlo al día.

Volviendo al inicio de esta digresión, mucha gente buena ha pasado su vida mirando a las alturas: los astrónomos, quienes –por definición– acabaron siendo los arribistas de la ciencia.

El cine y el cielo se parecen en que, si uno los observa, termina mirando a las estrellas.

La astronomía nació en una noche de insomnio cuando nadie había inventado aún las casas: ¿por qué esas luces no caen sobre nosotros?, ¿por qué nunca se apagan? Sale el Sol, y por la noche retornan: ¿a dónde se fueron? El firmamento fue la primera escuela sin techo de la filosofía.

De todos los relumbres del firmamento, el más intrigante –sin ser conspirador– es la fabulosa Vía Láctea. Este curioso nombre nos ha llegado desde la mitología griega –la religión que mudó la acción del Olimpo a la Ilíada –.

Se dice que el niño Hércules mordió un seno de la diosa Hera cuando esta lo amamantaba, y que, al rechazar al bebé, algo de la leche se esparció sobre el firmamento e inauguró la Vía Láctea. Antes, las vías se inauguraban sin presidentes y duraban más.

Hemos llegado algo tarde a los tres primeros minutos de la explosión del universo, pero la ciencia nos enseña que las galaxias se formaron unos 500.000 millones de años después del Big Bang, a partir de insignificantes “irregularidades”: levísimas concentraciones de pocos átomos que atrajeron más y más (James S. Trefil: El momento de la creación, cap. III, 11).

Nuestros cuerpos son átomos creados por estrellas que estallaron: ellas nos inventaron, pero ya volveremos al frío espacio.

Ante el rutilante silencio del firmamento, somos alumnos de la naturaleza que algo aprendemos sus lecciones. Quienes caminaron mirando el cielo, nos salvan hoy de caer en la ignorancia.

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