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El caso de un veterano de 1856 favoreció la inclusión electoral

Actualizado el 17 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Ricardo Jiménez. En 1913, el presidente dio una lección de aprecio por los soldados de 1856

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El caso de un veterano de 1856 favoreció la inclusión electoral

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Batalla de San Jorge, o de la Cuaresma, librada en Nicaragua el 16 de marzo de 1857. Imagen tomada del libro ‘Tropical Travel’, de Juan Carlos Vargas y publicada por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Imagen: EUCR para LN.

En noviembre de 1913, la revista El Foro publicó una serie de consultas que le fueron planteadas al presidente Ricardo Jiménez, vinculadas con los comicios que se efectuarían en diciembre de ese año. Pocos meses antes se había aprobado una reforma electoral que modificó el sistema de elecciones de dos vueltas que prevalecía en Costa Rica desde 1847 y estableció el voto directo (aunque no secreto).

La práctica de remitir dudas y preguntas al mandatario no era inusual ya que el presidente era la máxima autoridad en materia de elecciones.

En ese contexto, Antonio Ibarra, miembro de la junta electoral del cantón de Esparta, le envió el siguiente telegrama a Jiménez: “Me permito suplicarle decirme: una persona pensionada por la Nación como soldado del cincuenta y seis y que no tiene otros medios de subsistencia, puede ejercer el derecho del sufragio?”.

Presidente en apuros. Aunque podría parecer simple, la consulta de Ibarra era compleja: desde que se estableció el voto universal masculino en la Constitución de 1859, se indicó que, para ser ciudadano, la persona debía poseer una propiedad o tener un “oficio honesto” que le permitiera mantenerse en proporción a su estado.

Pese a que esta medida podría parecer restrictiva, en el fondo no lo era ya que incluso quienes desempeñaban las ocupaciones más humildes tenían derecho a votar. Puesto que esta disposición se mantuvo en la nueva legislación electoral, aprobada en 1913, Ibarra puso en aprietos al presidente.

En efecto, si Jiménez aplicaba estrictamente la nueva legislación electoral al veterano referido, quien carecía de propiedad y oficio, no se le podía permitir votar; pero, si procedía de esta manera, Jiménez sería recordado como el presidente que impidió sufragar a uno de los soldados que participó –nada más y nada menos– en la Campaña Nacional.

Como sabemos, esa guerra se libró entre 1856 y 1857, y las tropas costarricenses –aliadas con los ejércitos de los otros países centroamericanos– derrotaron a los filibusteros dirigidos por William Walker.

Por otra parte, si Jiménez ordenaba que se le recibiera el voto, se exponía a que lo acusaran de no hacer cumplir de la manera debida la nueva ley electoral que él tan decisivamente había impulsado.

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Veteranos. Muy poco es lo que conoce sobre los veteranos de la guerra de 1856-1857. Al parecer, su primera incursión documentada en la historia costarricense ocurrió en 1886, según lo plantea el historiador canadiense Steven Palmer.

En esa época, en el contexto de la conversión de Juan Santamaría en héroe nacional, muchos enviaron peticiones de pensión a la Secretaría de Guerra.

Si bien esa es una información muy valiosa para empezar a investigar quiénes eran y cuáles eran sus memorias de ese conflicto armado, los historiadores costarricenses no se han interesado por analizar sistemáticamente ese material.

De acuerdo con Palmer, no todos los veteranos que solicitaron pensión tuvieron éxito en sus gestiones. En esos casos, el rechazo quizá se haya debido a que los peticionarios no fueron combatientes. Asimismo, cabe la posibilidad de que algunos recibieran el beneficio sin merecerlo, como Manuel Parra, personaje de un cuento escrito por el abogado Fabio Baudrit y publicado en 1908 en El libro de los pobres . En ese relato, la única participación que tuvo Parra en la Campaña Nacional “fue ir a llevar bizcocho para las tropas hasta el Chilamate”, antes de esconderse en la montaña cuando empezó la epidemia del cólera.

A inicios de la década de 1890, un número considerable de veteranos se hizo presente el 15 de septiembre de 1891, durante la develización de la estatua de Santamaría en Alajuela, y en esa ciudad fueron recibidos por el presidente de la República, José Joaquín Rodríguez. En 1895 se repitió una situación similar, cuando se inauguró el Monumento Nacional en San José y los veteranos fueron condecorados con medallas de oro (los oficiales) y de plata (los soldados).

Durante la actividad de 1891, Ricardo Jiménez –presidente de la Corte Suprema de Justicia– pronunció un discurso en el que resaltó la dimensión anónima y popular de la Campaña Nacional, al expresar que la estatua de Santamaría era “un monumento al pueblo humilde, a los desconocidos de Santa Rosa, el Río y Rivas, al heroísmo anónimo que salvó a la nación”.

Memoria y democracia. Enfrentado con la problemática consulta de Ibarra, la estrategia de Jiménez consistió en no responderla. En vez de eso, el presidente se valió de la memoria de la guerra de 1856-1857 para reforzar las tendencias socialmente incluyentes del sistema electoral, al manifestarle a Ibarra:

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“Su telegrama me hace pensar tristemente en la ingratitud tradicional de las democracias; somos país autónomo y podemos los costarricenses hacer elecciones a estas horas por aquéllos que salieron en 1856 y 1857 al encuentro de la muerte, y pagaron su deuda de patriotismo con la mejor moneda: con la de su sangre; y, sin embargo, a los restos de aquellas huestes, a los soldados de entonces que no vacilaron en perder sus vidas para conservarle la suya a la patria, por cuento no tienen otra riqueza que el recuerdo de las hazañas en que tomaron parte, los rechazamos de las urnas electorales, como indignos de velar por los destinos y la suerte del país”.

De seguido, Jiménez se colocó en la posición de un veterano en riesgo de ser rechazado de las urnas electorales, y le expresó a Ibarra:

“Si yo fuera uno de aquellos guerreros, al fiscal de partido que me preguntara: ¿tiene usted valores?, le contestaría: ‘Tengo esta medalla de oro que me puso en el pecho la patria agradecida’. ¿Tiene usted otra joya? Y descubriendo el lugar de la vieja herida, agregaría: ‘Sí, esta cicatriz gloriosa’. Sean otros, señor Ibarra, quienes contesten su telegrama”.

Indudablemente, el aspecto más destacado de la inspirada respuesta de Jiménez fue que, al valerse de la guerra de 1856-1857 para promover la inclusión electoral, recuperó una dimensión colectiva y anónima de ese conflicto, sin héroes declarados o celebrados: sólo los soldados de entonces, cada uno con su cicatriz gloriosa.

Al proceder así, y en correspondencia con su preocupación principal, Jiménez enfatizó el trasfondo decisivamente popular que tuvo la Campaña Nacional, el que no ha sido debidamente estudiado hasta ahora.

Hombre pobre y viejo. Todo parece indicar que el veterano que motivó la consulta de Ibarra en 1913 fue uno de los que se benefició de las pensiones acordadas a quienes lucharon en la Campaña Nacional (o a sus viudas), aunque no es claro si fue uno de los que concurrió a la inauguración de la estatua de Santamaría en 1891 y del Monumento Nacional en 1895.

Lo único cierto de aquel veterano es que era pobre y que estaba viejo. Tal vez algún día pueda averiguarse cuál era su nombre y saber más sobre su persona. Si fue pensionado, quizá su solicitud esté en el Archivo Nacional; y, dado que se conoce dónde estaba inscrito electoralmente, tal vez este dato podría ayudar a localizarlo. Cuando ese día llegue, y el “heroísmo anónimo” de los soldados de entonces empiece a quedar en el pasado, una nueva historia de la guerra de 1856-1857 será por fin posible.

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