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La pintura de Carlos Vivar, una ‘turbia’ inocencia

Actualizado el 31 de mayo de 2015 a las 12:00 am

El artista brinda la exposición Arte mexicano: sueños bellamente figurativos

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La pintura de Carlos Vivar, una ‘turbia’ inocencia

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Jacques Sagot jacqsagot@gmail.com

La exposición del joven pintor oaxaqueño Carlos Vivar, ofrecida por el Instituto de México, no solo es una delicia para nuestra sensibilidad plástica, sino una magnífica generadora de discurso.

"Alta escuela".  Óleo y tierras sobre tela. 2014.  Foto: José Cordero.
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"Alta escuela". Óleo y tierras sobre tela. 2014. Foto: José Cordero.

Tan pronto nos asomamos a sus telas, surgen las palabras con que creemos –como siempre, erróneamente– encapsular la esencia de una obra de arte. Diremos que es naïf, primitivo, rupestre, ingenuo, onírico y lúdico. He ahí seis epítetos que nadie dejará de proferir, y no son probablemente incorrectos.

Sucede que los marbetes –tan útiles para los electrodomésticos– le sientan mal a las obras de arte. En efecto, Vivar tiene mucho de rupestre, de infantil –por consiguiente, lúdico y naïf –, pero es bastante más que eso.

Sobre las ásperas texturas arcillosas, se decantan las formas y los colores de Vivar. Se trata de un repertorio de muchos Leitmotive : bicicletas, payasos, botellas, iglesias, caballos, calacas, huesos, sillas; pero sucede algo muy peculiar.

Palabra mágicas. Al mirarlos multiplicarse sobre la tela, y clonarse vertiginosamente, dejamos de verlos como payasos, bicicletas o iglesias, y empezamos a observarlos con mirada virgen de significación, como esas palabras que repetimos mántricamente –los niños a menudo se abandonan a tales juegos– hasta que se vacían de su contenido semántico instituido, y se convierten en música, sonido puro.

"Estrellas".  Óleo y tierras sobre tela. 2013.  Foto: José Cordero.
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"Estrellas". Óleo y tierras sobre tela. 2013. Foto: José Cordero.

Repitamos cien veces la palabra “silla”, y el vocablo dejará de aludir al mueble, para convertirse en una mera configuración de sonoridades, en fonemas que constituyen música pura, desprovista de significado, de seme.

Fenómeno similar experimentamos en las enigmáticas, hipnóticas telas de Vivar. Algo hay en ellas de Marc Chagall, no por su técnica o colorido, sino por la naturaleza de su mundo: las imágenes de la infancia regresan, de manera deshilvanada y caótica, obedeciendo únicamente a la lógica de la reminiscencia: un caballo, un viejo arado, una boda pueblerina, un ramo de flores, una mujer desnuda, el domo de una iglesia, todo ello yuxtapuesto según la deliciosa lógica ilógica –valga la aporía– de los sueños.

"Peces en la arena".  Óleo y tierras sobre tela. 2012. Foto: José Cordero.
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"Peces en la arena". Óleo y tierras sobre tela. 2012. Foto: José Cordero.

¿Quiere un pintor cultivar el hiperrealismo? Que se dedique a pintar sus sueños. Si la vida es un multiforme, inescapable sueño, ¿cómo definir ese escueto reportaje de los sueños que tantos artistas nos proponen?

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Al aceptar que la vida es sueño –la “realidad” de la conciencia y la vigilia serían el equivalente del mundo de las sombras de la caverna platónica–, ¿no tendríamos que considerar su obra como una especie de “realismo del onirismo”? ¿Es posible hablar de tal cosa sin caer en la más chillona antinomia? Sin duda.

El surrealismo (el de Salvador Dalí, en particular) era un ejercicio clásico, academicista, figurativo, y realista, de plasmación de los sueños: la fotografía de un sueño.

Figuración onírica. ¿En qué difiere el reportaje de un suceso de la vida cotidiana, del reportaje de un sueño? ¿No estamos, en ambos casos, bajo el régimen de la figuración, de la reproducción, del realismo? ¿No son los sueños, también, una realidad? ¿No soñó Cortázar su Casa tomada ?

El concepto problemático no es aquí la abstracción –igual hay sueños perfectamente concretos–, sino la figuración.

En ningún caso, escapa el artista a su égida. Siempre estamos reproduciendo, tal parece. Puede ser la realidad “oficial” (esa novela que opera como “un espejo que avanza a lo largo de un camino”, de Stendhal), o la realidad subjetiva y subconsciente (“las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan el subsuelo de los limbos”, de Nerval).

El arte de Vivar –la contradicción es solo aparente– es onírico al tiempo que figurativo. Las formas están ahí, perfectamente reconocibles: no son criaturas fantásticas, ¡pero han sido dispuestas según la misteriosa sintaxis visual de los sueños!

Vivar cultiva el “realismo de los sueños”. Algo más: su pintura no es inocua. Esos objetos que se multiplican ad infinitum y se clonan –como si la materia inorgánica tuviese la propiedad de reproducirse–, nos remiten al pesadillesco mundo del “aprendiz de brujo”, de Goethe.

Las bicicletas, las iglesias y los payasos asumen una inquietante vida autónoma y pululan, imponiéndose despóticamente al artista.

La filosofía ha hablado durante milenios sobre las dimensiones intelectiva y sensorial del ser humano. Ambos hemisferios encontrarán hontanares de belleza y generación de pensamiento en la exposición de Vivar.

La exposiciónArte mexicano se ofrece hasta el 26 de junio en el Instituto de México, en Los Yoses (San José). Teléfono 2283-2333.

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