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‘La traviata’: un amor inextinguible por una ópera atemporal

Actualizado el 23 de julio de 2017 a las 12:00 am

Obra magna No existe ópera alguna tan perfectamente destinada a la protagonista como La traviata ; ni tan siquiera Madama Butterfly

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‘La traviata’: un amor inextinguible por una ópera atemporal

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Acaso no llegue nunca a descifrar el porqué esa mujer alta, pálida y de cintura cimbreante –a punto de escindirse en dos mitades por una tos abrumadora y fiel–, haya de mostrarse en cada uno de mis sueños. Advierto por ratos que, en algún lugar de la máxima obra literaria del siglo XX, quedó rezagada una frase que alude a La traviata . Lo menciono por el simple gusto de dejar el sonido en el aire, pues no tendría mayor necesidad de explicar que hablo de una obra irrepetible y gigantesca: En busca del tiempo perdido .

Acaso Marcel Proust tuvo su más afortunada expresión de caracteres, al delinear el personaje de Odette de Crecy. Con ella, el novelista francés consagra literariamente el modelo perfecto de la cocotte . Lo logra sobre la base de una sofisticación extrema –mezcla de procacidad y disimulo– y una cierta petulancia que la bella dama opone a la hipócrita respetabilidad burguesa, que la acepta y condena en una contradictoria sucesión.

Los celos de Swan –mitad personaje de novela y otro tanto de opereta– nos parecieron irrisorios a quienes transitamos, con cautela quirúrgica, las páginas de Du coté de chez Swan , primer volumen de la magna obra proustiana. Acaso muchos lectores adelantaron el resultado, a la espera de una reacción de dignidad del personaje. Pero quienes sabíamos con certeza que la abuela Francisca había prohibido la presencia de Madame Swan en su casa, habíamos anticipado la obvia conclusión de que Swan y Odette habrían alcanzado un inexorable estatus matrimonial contra la voluntad de la parentela del primero.

La Divina.   María Callas  en el papel de Violetta de la Royal Opera House de Londres, en 1958.
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La Divina. María Callas en el papel de Violetta de la Royal Opera House de Londres, en 1958.

Una “extraviada” en Paris

París es la ciudad de las vidas paralelas: el impresionismo surgió como alternativa paralela al Salón de los Elegidos, todos academicistas tradicionales, de gran técnica y poca imaginación. ¡Pues bien! Los propios artistas rechazados crearon un espacio propio –que llamaron Salon des refusés–, y del cual surgieron las telas más célebres de todo el siglo, entre ellas la que dio nombre al movimiento, fruto de la inspiración de Claude Monet.

Finalmente, y dejando al margen otros muchos ejemplos de vida paralela, la pequeña burguesía –triunfante y empoderada a partir de 1789– generó su propio escenario festivo, en el cual circularon a raudales la champaña y los opiáceos. Asistían a los deslumbrantes eventos algunos aristócratas venidos a menos, abundantes parvenus con deseo de cimentar su ascenso social y muchas bellas damas, cuya elegancia y ligereza de costumbres eran el tema favorito de todo París. El público en París las denominó cocottes o demimondaines , equivalentes franceses de las cortesanas españolas, también llamadas mantenidas.

Las dos camelias

Alexandre Dumas hijo, permanentemente a la sombra de la inmensa popularidad de su progenitor, alcanzó la celebridad de una sola plumada, si bien mediante un retrato de calidad claramente inferior al que muchos años más tarde definiría Marcel Proust.

Dumas –también a diferencia de su homónimo padre– es conocido por un éxito novelesco y teatral que se redujo a La dama de las camelias . Esta dama singular, tal y como afirma la leyenda urbana, portaba permanentemente una camelia de color blanco que establecía su condición de íntima accesibilidad. Aquellos días en que la naturaleza femenina le impedía tal condición, una flor de color rojo avisaba a sus amantes que dicho acceso se encontraba vedado.

La dama de las camelias (Margueritte Gautier) no puede sustraerse al recurso panfletario de la prostituta que redime su culpa por gracia del amor. Pero el libreto de Francesco Piave –para el nuevo proyecto operístico de Giuseppe Verdi– tuvo buen cuidado de no caer en los excesos de una sensiblería que pudo admitirse en la juventud de Alexandre Dumas hijo, pero que no podría haber tolerado el maduro compositor de Busseto.

Por ello, la Violetta que proclama encontrar su razón de vida en el placer, rápidamente abjura de su dicho y halla en el amor de Alfredo la razón para seguir viviendo las pocas horas que la tisis le promete.

La ópera de la diva eterna

Alessandro Baricco, agudo crítico y calificado prosista ( BARNUM: Cronache dal Grande Show ), relata su evocación personal al cumplirse 20 años de la muerte de la Divina (María Callas): “Habría que explicarle a la gente el porqué de esa nostalgia incurable y de esta desbordante exhibición de afecto póstumo. No es fácil. Necesitaríamos hacerles callar a todos, por unos minutos, y lanzarla al aire cantando Amami Alfredo!. Luego apagar la música de golpe… y salir de escena”.

No existe ópera alguna tan perfectamente destinada a la protagonista como La traviata ; ni tan siquiera Madama Butterfly . Un buen tenor no es capaz de redimir, por sí mismo, una mala función de una dudosa Violetta. Por ello, el público scaligero –paradigma mismo de la exigencia vocal– agradeció sinceramente a la Divina Callas su entrega absoluta en el desempeño del rol. Lo hicieron también los espectadores que, hace poco más de tres décadas, llenaron noche tras noche las salas de cine que mantenían prolongadamente en cartelera la personalísima versión de Franco Zeffirelli. Muchos asistentes quedamos platónicamente prendados de la magia de Teresa Stratas, una traviata sin los recursos de soprano leggera que, por secciones, exige la partitura. Pero ninguna otra intérprete fue capaz, sobre el schermo cineasta, de consolidar con tal perfección el pathos que Verdi requiriera para el que fuera su personaje femenino más querido.

Unos años más tarde, en otro mundo de consumo y oropel, Garry Marshall –un cineasta de tercera– quiso recrear una historia: escogió una bella prostituta de Hollywood Boulevard , la subió en un auto deportivo y la redimió por ensalmo de una vida de fracaso y de pecado. La llamó Pretty Woman y la camufló tras la fascinante sonrisa de Julia Roberts. La historia de Vivian Ward, una joven callejera de Los Ángeles, se unió a la de Edward Lewis, acaudalado hombre de negocios, y sirvió de sustento a una historia de redención “en doble vía”, que culmina con un hollywoodense final feliz.

Consolidación del drama sin final

Así la ubiquemos en un ambiente parisino –a mediados de la centuria trasanterior– o, bien, en la metrópoli californiana de los 90, el drama de la fémina que sucumbe a la vida de placeres hedonistas viene a ser el mismo.

Volvemos a cantarlo con la misma intensidad y con idéntica melodía: En tanto mueres de amor, de tisis, o de inmuno deficiencia, me has cerrado tu puerta para pasar la noche. A tu lado estará un barón ignorado, un marqués decadente que ha comprado tu amor por hora o por nocturna. Las cortinas de tu cuarto se han cerrado y la tenue luz –que horadaba las ventanas– hace rato se ha ido. Devoro con mis pasos los negros adoquines de tu calle –los paso y los repaso–, pues no hay en mi memoria ni un centímetro de duda ante la plácida santidad de tu entorno. Me retuerzo de luz, de celos o de cólera, y en mis venas revive todo el amor de Swann. Los tiempos no han cambiado y sigues siendo una; la misma… “la traviata” .

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