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Un súbito adiós a Patrice Chéreau, el Señor del Anillo

Actualizado el 27 de octubre de 2013 a las 12:00 am

Multifacético. El recién fallecido director francés fue un maestro del teatro, la ópera y el cine

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Un súbito adiós a Patrice Chéreau, el Señor del Anillo

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Patrice Chéreau aparece durante el rodaje del filme ‘Intimacy’ (2001), que dirigió. La obra ganó el premio a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Berlín. Fotografía: Archivo.

En la ópera, la fuerza del Destino es real, existe. Cuando, en 1976, Wolfgang Wagner decidió celebrar el primer centenario de la obra cumbre de su ilustre abuelo Richard, el escogido fue un joven cineasta francés llamado Patrice Chéreau. Este año, y para otra celebración cumbre –el bicentenario de nacimiento del compositor–, ese mismo Destino decidió llevarse a aquel hombre que revolucionó la visión de la escena wagneriana y, en mucho, de la ópera.

Patrice Chéreau, director teatral y de cine, hombre de ópera y uno de los nombres clave en la renovación del arte escénico, falleció súbitamente el pasado 7 de octubre, poco antes de su cumpleaños número 69, víctima de cáncer pulmonar. Pese a su mal, trabajó como siempre hasta pocas horas antes de morir, en París.

Resulta fácil etiquetarlo como prototipo del “hombre del Renacimiento”, pero lo fue, y desde corta edad. Niño prodigio, nacido el 2 de noviembre de 1944 en Lézigné, en Maine-et-Loire (Francia), hijo de un pintor y una dibujante, Chéreau ingresó a los 15 años al programa de teatro del Lycée Louis Le Grand y debutó dirigiendo profesionalmente a los 19. Montó su primer ópera en 1969.

Tenía apenas 31 años cuando, en 1976, fue escogido por Wolfgang Wagner para dirigir el centenario de El anillo de los nibelungos , cuya conducción musical estaba a cargo del ya famoso Pierre Boulez. La crítica general coincide en que ese montaje, en Bayreuth, cambió para siempre el rostro de la ópera moderna.

Éxito total. Chéreau no fue la primera carta a la que había recurrido el nieto del compositor: Ingmar Bergman, Peter Brook y Peter Stein recibieron antes la oferta para la monumental tarea, pero todos la rechazaron. Fue el propio Boulez quien sugirió al francés, casi un desconocido para Wolfgang Wagner, y con poca experiencia concreta con las óperas del compositor alemán.

La conexión entre Chéreau y Wagner era casi natural, sobre todo porque el segundo lanzó la reforma que hizo ver a las óperas como dramas musicales, en los que actuación y el canto estaban al servicio de la obra, algo que coincidió con la visión del director francés. Chéreau indicaba:

“Mi trabajo es encontrar la forma de transmitir una obra al público. Es un papel de mediador: tomar una obra escrita en papel, encontrar quiénes la interpreten y decidir qué movimientos harán esas personas en el espacio. Mi trabajo es hacer que el público vea las cosas; es tener un concepto de la obra y transmitirlo al público”.

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Chéreau reconocía en Wagner al inventor del trabajo escénico, el primer director en toda la historia, en ópera y teatro. “A partir de Wagner, entendimos que no se trata solo de poner a los cantantes al frente en la escena a entonar sus arias, como en un concierto. Es una relación entre las personas colocadas en un espacio. Allí es donde la dirección comienza. Yo trabajo con cuerpos, con gente en un espacio”.

La apuesta de Chéreau en 1976 fue arriesgada, pero es imposible pensar en una más exitosa. Con un equipo de trabajo fresco y un reparto que incluía a algunos de los mejores cantantes de su momento (la soprano Gwyneth Jones, el barítono Donald McIntyre y el tenor Peter Hofmann), Chéreau abordó la monumental obra wagneriana sin noción preconcebida, concentrándose en el tema del poder y su capacidad para corromper, y con una carga erótica inédita.

Nunca antes en la historia de Bayreuth se le había dado tanta importancia a la dirección escénica, desde que Wieland Wagner montó el primer Parsifal de posguerra, en 1951.

Más clásicos. Chéreau ambientó el ciclo de cuatro óperas de Wagner con una parábola histórico-política del siglo XVIII al XIX, con referencias a la revolución industrial, al Gatopardo de Luchino Visconti y –para algunos– al mismo marxismo, una osada puesta en escena que alteró radicalmente la forma en que el público concibió la Tetralogía de Wagner, entrando de inmediato a los anales de los grandes clásicos de la ópera.

Hoy es considerada una de las producciones operísticas de más influencia en todos los tiempos.

A partir de allí, el talento de Chéreau corrió como el viento. Tuvo oportunidad de dirigir notables producciones de ópera, que continuaron revolucionando la escena moderna: el estreno mundial de la versión final de Lulú , de Alban Berg (Opéra National de Paris, 1979); Don Giovanni , de Mozart, para el Festival de Salzburgo (1994); Wozzeck , de Berg, en Châtelet y la Berlin Staatsoper (1993 y 1999); Cosí fan tutte , de Mozart, en Aix-en-Provence (2005); Tristan und Isolde , de Wagner, en La Scala (2007).

Pierre Boulez lo convenció de volver a la ópera con él en el 2007 para montar Desde la Casa de los Muertos , de Leoš Janácek , una producción profundamente perceptiva y simbólica, estrenada en el Wiener Festwochen (2007) que fue llevada a La Scala de Milán y sirvió al debut de Chéreau en el Metropolitan Opera de Nueva York dos años después.

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El canto de cisne del director fue su esperado regreso a la escena operística, en julio pasado, con el montaje de Elektra , de Richard Strauss , en Aix-en-Provence, dirigida musicalmente por Esa-Pekka Salonen frente a la Orquesta de París. Aclamada por crítica y público, Le Monde calificó el montaje de Chéreau como “el sueño de una tragedia”: su último sueño.

Más allá de la ópera. Patrice Chéreau no se limitó, claro, a la ópera. A lo largo de su vida dirigió extensamente para el teatro: Peer Gynt, de Ibsen (1981); La fausse suivante, de Marivaux (1985); Combat de nègre et de chiens, de Bernard-Marie Koltès (1985), Hamlet (1989); Le temps et la chambre , de Botho Strauss (1992); I Am the Wind , de Jon Fosse, para el Young Vic de Londres.

En su natal Francia, Chéreau fue principalmente hombre de cine, donde cosechó igualmente éxitos como guionista, actor y, sobre todo, director. Su filmografía incluye La carne de la orquídea (1975), Judith Therpauve (1978), El hombre herido (1983), Hotel de Francia (1986), Contra el olvido (1991), La reina Margot (1994), Los que me quieren cogerán el tren (1998), La intimidad (2001), Su hermano (2003), Gabrielle (2005) y La persecución (2009).

En 1984 recibió un premio Cesar por el guión original de El hombre herido ; La reina Margot , protagonizada por Isabelle Adjani y Vincent Pérez, ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes ese año, cinco premios Cesar y la hizo candidata al Oscar por su diseño de vestuario. La intimidad , su única película en inglés, ganó el Oso de Oro en Berlín en el 2001.

Patrice Chéreau fue también curador invitado en el Museo del Louvre, en 2010, con una exposición titulada Las caras y los cuerpos , con la que asimiló danza, ópera, teatro, cine y pintura en una sola presentación.

En el 2011, el francés reveló a The Guardian parte de su filosofía como hombre de escena: “Para mí, teatro, ópera y cine son exactamente lo mismo: contar historias con actores”.

A propósito de su muerte, el director musical Marc Minkowski sentenció: “Gracias a él, la ópera es un arte completo”, algo que hasta ahora se acostumbraba decir solo sobre Wagner: un justo homenaje para Patrice Chéreau.

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