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La singular diversidad de los Museos del Banco Central de Costa Rica

Actualizado el 24 de mayo de 2015 a las 12:00 am

Libro-tesoro.  Los Museos del Banco Central de Costa Rica han publicado un bello libro sobre sus colecciones

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La singular diversidad de los Museos del Banco Central de Costa Rica

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Eduardo Ulibarri

El libro Museos del Banco Central: Sus tesoros no es solo la más reciente adición a la vigorosa producción editorial de este recinto cultural. Como artefacto simbólico, también refleja la identidad subyacente que identifica y potencia el aporte de esta institución a la cultura de nuestro país.

Al igual que otras publicaciones que la han precedido, esta obra hace gala de depurado diseño, pulcritud gráfica y calidad de contenido. Pero lo más importante es que sintetiza y explica cuatro aportes característicos de la institución. Me refiero al rigor de sus investigaciones, la solidez de sus tres colecciones, la capacidad para generar una interlocución permanente e interdisciplinaria entre ellas, y el papel de un inmueble que es reconocido patrimonio de la arquitectura moderna y dinámico catalizador de la vocación multidimensional de estos Museos.

La publicación despliega de manera selectiva, sintética y reflexiva, los cuatro acervos patrimoniales de la institución: sus colecciones de objetos precolombinos, de numismática y de artes visuales, y el edificio que las alberga, el cual, además, ha generado uno de los espacios públicos más icónicos de San José.

Como espacio museístico, el edificio interactúa con las exhibiciones que pueblan sus entrañas y con el público que las visita. Como propuesta urbanística, habla desde sus planos y volúmenes, convoca a las conversaciones de otros, genera encuentros y desencuentros, y hace guiños o reclamos al entorno.

Las colecciones dialogan hacia sí y entre sí con las voces de diversas épocas, raíces, materiales, sentidos, formas, superficies y propuestas estéticas. Su polifonía abre el camino a ricas interlocuciones con una pluralidad de espacios y tiempos culturales y sociales, y enriquece nuestra siempre inconclusa búsqueda de sentido e identidad.

La casa. Buena parte del programa editorial en que se inserta este libro es producto de otro tipo de interlocución: la que se da entre los sectores público y privado.

El principal motor de los Museos y de sus aportes editoriales es la propia institución, su acervo, su talento humano, el liderazgo de sus directores, la visión de su Fundación y el apoyo y las visiones de funcionarios y directivos del Banco Central.

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Los Museos han construido fecundas alianzas con entidades privadas –como BAC Credomatic en este caso– conscientes de que su responsabilidad social también se extiende hacia la cultura. De tal modo, ha dado mayor ímpetu a sus iniciativas.

En el primer ensayo, el arquitecto Andrés Fernández recorre explica y desentraña el inmueble creado por Jorge Bertheau, Jorge Borbón y Édgar Vargas.

La plaza de la Cultura emergió como una obra sorprendente en una ciudad de pequeña escala, modestas aspiraciones y modosas costumbres. Fue ambiciosa en sus objetivos, innovadora en su concepción, atrevida en sus materiales, y polémica por sus orígenes y destellos. Hoy, la plaza y los Museos ocupan una posición preponderante en nuestra identidad y nuestro paisaje urbanos, y en nuestra institucionalidad y quehacer cultural.

Tras examinar las características arquitectónicas del recinto, el libro nos introduce en sus tres niveles y colecciones. Primero nos lleva hasta la precolombina, constituida por 3.567 ejemplares, de los cuales 1.586 son piezas de oro, y el resto, esencialmente, de cerámica, con algunos pocos objetos de piedra y jade.

El pasado y el dinero. En su texto, Patricia Fernández Esquivel, excuradora de arqueología, reseña la constitución y las características de una colección que no posee vocación enciclopédica, pero sí contiene una gran diversidad de materiales, épocas y procedencias. Gracias a la profundidad de sus acopios en metalurgia, nuestro Museo de Oro Precolombino es uno de los mejores del hemisferio.

Al igual que las otras colecciones, la arqueológica nació, en los inicios del Banco Central, gracias a la interacción entre iniciativas personales, dinámicas institucionales y aportes crecientes de curadurías profesionales.

Por ser el Banco Central rector de la política monetaria, crediticia y cambiaria del país, no sorprende que su colección más exhaustiva y sistemática sea la de medios de pago o numismática. Compuesta por alrededor de 6.000 objetos, contiene ejemplares que datan desde 1516 hasta la actualidad. Así nos lo explica el ensayo del curador Manuel Chacón.

El Banco posee todas las emisiones de la Casa de la Moneda, una gran cantidad de billetes de serie 1 emitidos por distintos bancos y el gobierno desde 1858 hasta la fecha, 1968 boletos de café (moneda informal en plantaciones cafetaleras), troqueles y otros objetos.

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Además de las fuentes oficiales, a este acervo lo ha nutrido el aporte de algunos coleccionistas particulares, especialmente el expresidente del Banco, don Jaime Solera Bennet, cuya colección fue donada por su familia en 1997; de nuevo, la interlocución público-privada.

Miradas hacia el arte. La colección de artes visuales es la más reciente. Hasta el pasado año estaba constituida por 872 obras de 163 artistas. Su formación careció de una línea clara hasta 1976, cuando se creó el Departamento de Extensión Cultural del Banco.

A partir de entonces, comenzaron a afinarse los criterios de adquisición y curaduría, que explican su riqueza actual, y su capacidad para reflejar las transformaciones ocurridas en el arte costarricense desde la segunda mitad del siglo XIX y, sobre todo, a partir del XX.

María José Monge, curadora desde 2013, explora en su texto las líneas centrales de la colección, tanto en corrientes artísticas, como en los alcances estéticos y expresivos de las técnicas, que incluyen pintura, talla, fundición, grabados, dibujos, acuarelas, fotografías y técnicas mixtas.

Leer los ensayos de Andrés Fernández, Patricia Fernández, Manuel Chacón y María José Monge es un grato ejercicio intelectual; no obstante, se quedaría truncado sin la intensa e indispensable dimensión sensorial aportada por las imágenes de unos “tesoros” seleccionados con esmero.

El contrapunto entre textos e imágenes, o entre, por ejemplo, la corporeidad de una pieza indígena, la apacible estética utilitaria de un billete y la fuerza telúrica de un cuadro expresionista, hacen que el libro genere otras formas de diálogo y hasta confrontación.

Gracias a la conjugación de esfuerzos que permitieron este libro, contamos hoy con una nueva, atractiva y valiosa referencia para apreciar mejor y releer la riqueza de los Museos y, con ella, de nuestro patrimonio histórico-cultural.

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