Entretenimiento

El rostro tiene una cara ética

Actualizado el 24 de mayo de 2015 a las 12:00 am

Entretenimiento

El rostro tiene una cara ética

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

This picture loads on non-supporting browsers.
La hormiga y la cigarra, personajes de una fábula de Esopo. (Dibujo de Milo Winter.​​​​​ ​Wikicommons.)

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

En los jardines, todas las hormigas corren con sus hojas porque han dejado su declaración de impuestos para el último día. No hay forma de reeducarlas; se hacen las desentendidas y, como son tan pequeñas, nos dicen: “No lo escucho: ¿me podría bajar la voz?”. Por esto, las finanzas del hormiguero no van bien y faltan los servicios esenciales. A este paso, las hormigas terminarán en el pluriempleo, y hasta la hormiga reina deberá sufrir la electrizante experiencia del trabajo para que las otras hormigas no le hagan una Revolución Francesa.

Aunque sean algo dejadas en cuanto al pago de impuestos, las hormigas son ejemplares en otros avatares de la existencia. Por ejemplo, su sentido de cooperación las haría invencibles si jugasen futbol. Entre las hormigas no hay superestrellas y, aunque tarden en cumplir, al final no evaden el pago de impuestos. Tampoco se casan con modelos.

Las hormigas obreras colaboran entre sí porque son demasiado hermanas: comparten el 75 % de los genes –más que los gemelos idénticos humanos, quienes apenas llegan a un ridículo 50 %–.

Las hormigas de una misma especie se parecen entre sí como los candidatos que nos prometen las mismas cosas. Son iguales por fuera, y las hormigas se frustran mucho porque no hay forma de vengarse de una que le negó el saludo a otra: todas son iguales.

Que se sepa, entre los insectos, solo la avispa del papel ofrece caras distintas para que sus hermanas las reconozcan. En esto se parecen a los chimpancés, los bonobos y los seres humanos, aunque algunos de estos últimos suelen tener más caras que los dados.

La cara es un gran invento siempre que una pueda diferenciarse de otra; si no, da lo mismo. Muchos animales tienen rostro, pero se parecen tanto entre sí, que los individuos solamente pueden distinguirse mediante el olor que irradian: en un cuarto obscuro no hay anónimos.

Los humanos somos los únicos primates que carecen de pilosidad abundante. Aunque sean barbudas, nuestra caras ofrecen rasgos que las tornan únicas; por tanto, nos dan identidad.

Los rostros permiten la reciprocidad humana: “Hoy por ti, mañana por mí”, uno de los valores que afianzan la permanencia de las sociedades (Martin Nowak: ¿Por qué ayudamos? en Scientific American, julio del 2012, p. 22).

PUBLICIDAD

La identidad nos torna responsables de nuestros actos: nuestra cara nos diferenciará cuando nos busquen por hacer el bien o por hacer el mal. Sentimos miedo ante los rostros cubiertos pues la falta de identidad nos amenaza.

Los peones de ajedrez son iguales; si uno hace una maldad a otro, para esconderse solamente necesita ponerse al lado de un tercero: la igualdad es su escondite; no necesita una multitud.

El castigo sería imposible si todos fuésemos iguales como los peones e hiciéramos el mal. No podría identificarse a los culpables; por tanto, no habría derecho ni leyes y ni siquiera sociedad. A la inversa, no podrían premiarnos por nuestros méritos. ¿Quién lo hubiera dicho?: la cara es cuestión de ética, no de estética.

  • Comparta este artículo
Entretenimiento

El rostro tiene una cara ética

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota