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Porcelana y madera

Un reino  de muñecas

Actualizado el 10 de febrero de 2013 a las 12:00 am

En el Museo Nacional, un desfile de muñecas retrata mucho de la historia y de las costumbres del Japón

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“Quietud: / Los cantos de la cigarra / penetran en las rocas” sentencia un haiku de Sogi, poeta japonés del siglo VI, y sus palabras podrían aludir a la quietud de las multiformes figuras de porcelana y madera que se exponen en el Museo Nacional. Son testigos silentes de una larga tradición. El museo y la Fundación Japón exhiben 75 muñecas en la muestra Las muñecas del Japón: Figuras de oración, personificaciones del amor . Su calidez y su belleza se irradian por el espacio, hechizan y cuentan historias de su tierra.

Mucho más que juguetes. El origen de esas artesanías es incierto; sin embargo, “se dice que las muñecas surgieron como juguetes para la casa imperial, hoy la más antigua del mundo”, explica Tomoya Yamaguchi, segundo secretario de Política y Cultura de la Embajada del Japón.

Dentro de las habitaciones imperiales fueron juguetes, pero tomaron nuevos significados con el paso de los años. Ejemplos son las muñecas alusivas a festividades anuales, como el Hinamatsuri (Festival de las Niñas) y el Tango no Sekku (Festival de la Bandera o Festival de los Niños). Las figuras se convertían en símbolos de las plegarias dirigidas en favor de los hijos pequeños.

“Las familias celebran el Festival de las Niñas el 3 de marzo, cuando se colocan estas muñecas sobre un ‘altar’ y los padres desean salud y la prosperidad para sus hijas”, comenta Yamaguchi señalando dos suntuosas hinas (representaciones del matrimonio imperial).

El 5 de mayo se efectúa el Festival de los Niños , cuando se utilizan muñecos de samuráis que simbolizan la fuerza física. Entre estas obras del período de Edo (1603-1868) destaca la presencia del Samurái niño, un elegante muñeco cargado de accesorios. Según Yamaguchi, “este muñeco expresa la primera batalla de un samurái, que en aquella época se realizaba a sus 14 ó 15 años”.

Otras muñecas del período de Edo son las que representan escenas del teatro tradicional japonés, cuyos principales géneros son el noh , el bunraku y el kabuki .

Hanagatami (cesto de flores) es una escena de un espectáculo noh , género reservado a la aristocracia y caracterizado por el uso de máscaras y elaborados disfraces.

El noh surgió durante el siglo XIV. Apareció antes que otros géneros teatrales, orientados a las clases populares. Ellos nacieron en la época de Edo, como el bunraku (el teatro clásico de títeres) y el kabuki . En estos géneros se entremezclan la danza y las historias de amor trágico. El arte textil del Japón deslumbra con espléndidos trajes ( kimonos ) elaborados manualmente.

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Retratos y ofrendas de amor. La danza inmutable que retratan aquellos muñecos del teatro japonés da paso a un grupo de mujeres ataviadas con kimonos brillantes. Una de ellas se llama Miyabi (Elegancia), y su nombre le queda a la perfección pues se la concibió en la refinada ciudad de Kioto, la capital de 794 a 1868. Kioto fue la cuna de las geishas , mujeres jóvenes que dominaban artes con las que entretenían a hombres en fiestas y banquetes. Las muñecas de Kioto son de las más estimadas en el Japón.

Los trajes de muchas de estas artesanías son independientes de sus estructuras de porcelana. En cambio, mediante la técnica kimekomi , las telas se dibujan o se adhieren al cuerpo de porcelana o madera.

Hasta hace 30 años, estas artesanías se utilizaban como obsequios de bodas. “En general, en el Japón, pero especialmente en Kioto, existió una costumbre muy peculiar: cuando se casaban, las mujeres llevaban una de estas muñecas a la casa del esposo como regalo de matrimonio ya que tienen gran valor artístico”, relata Yamaguchi.

Otra ciudad conocida por sus muñecas es Hakata, en el sur del Japón. Las Hakata ningyo se caracterizan por su material (la arcilla) y por su sencillez. La simplificación de los accesorios y los ropajes no les quita belleza; en cambio, el énfasis reside en el naturalismo y en la minuciosidad de sus semblantes.

Inmersos en una vitrina, cuatro muñecos conforman escenas detenidas en el tiempo; sus actitudes muestran otro rasgo de las figuras de la región: son personajes de la clase media y de la popular. Nos “miran” un luchador de sumo, un samurái, un niño que juega y una mujer que se arregla para salir.

“El origen del Japón está en el sur, la primera zona que se habitó. Después, la población se expandió y la capital pasó primero a Kioto y luego a Tokio. Por esto, la zona sur es culturalmente muy rica”, aclara Tomoya Yamaguchi.

Arte en renovación. El paseo por las tradiciones del Japón deja atrás las imágenes cotidianas: los samuráis deben regresar a la guerra, y los niños, a sus juegos. Más adelante, esperan las Ichimatsu ningyo , con el cabello azabache y sus rostros blancos pintados con gofun (polvo de ostra). El nombre de estas figuras proviene del actor Sanogawa Ichimatsu, popular en el siglo XVIII por personificar muchachas en los dramas kabuki .

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Otras muñecas que han cambiado su fama a través del tiempo son las kokeshi porque la triste historia de su origen se ha desvanecido: “ Kokeshi significa ‘hijo eliminado’ . En los siglos XVI y XVII, cuando en una familia nacían muchos niños y no podía mantenérselos, los padres se creían obligados a eliminar algunos hijos y hacían estas muñecas para que pudieran ir al cielo”, relata Yamaguchi.

Las kokeshi han perdido su significado original, y casi todas las familias japonesas tienen al menos una. Estas muñecas pueden ser tradicionales o creativas. Las primeras se realizan torneando la madera; las creativas incorporan el grabado y el horneado en los procesos de elaboración.

En esta exhibición cohabitan kokeshi ningyo de todas las épocas: las más antiguas datan del siglo XVI, pero otras provienen del periodo Showa (el reinado del emperador Hirohito, entre 1926 y 1989), como Tsubaki (Camelia) y Tamayura (Momento Fugaz).

Las últimas muñecas de la sala son reinterpretaciones de los motivos anteriores realizadas durante el siglo XX, como Hatsu Sekku , del artista Yoshiko Hara.

Como indicó Yoshiharu Namiki, embajador del Japón en Costa Rica, “estas muñecas tienen un gran valor cultural, y son piezas dignas de ser apreciadas al igual que el dibujo y la escultura”.

Cuando llegamos al final de la sala, las 75 muñecas se despiden con su elocuente quietud. Nos han esbozado las memorias del Japón eterno: son ventanas al país del Sol naciente.

La exposición se abre de martes a domingo de 9 a. m. a 4 p. m.

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