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El precavido silencio de Thomas Harriot

Actualizado el 27 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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El precavido silencio de Thomas Harriot

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El geocentrismo es el egocentrismo escrito con mala ortografía. El geocentrismo es la teoría de que la Tierra ostenta la vanidad de que todo gira alrededor de ella, pero esto pasa cuando un planeta se cree estrella de cine y piensa que lo iluminan todos los reflectores del Sol.

Es muy feo que alguien tenga la vanidad que a nosotros nos corresponde. La modestia es el castigo que reciben quienes aplican el consejo de “Conócete a ti mismo”.

En cambio, el Sol ha conservado la humildad, a pesar de los adulones que parecen preministros y lo llaman “astro rey” y todas esas cosas que no están bien, y a pesar de la gente que lo observa durante todo el día para ver qué hace, qué se trae con la Luna, a cuál hora se levanta, y no deja al Sol ni a sol ni a sombra.

Durante muchos siglos, la gente observó el cine gratis del Sol, que empezaba cuando se encendían las luces. La intrigaba también el movimiento de los planetas pues presentaban giros extraños, que no podían deberse a círculos perfectos.

Retrato de Thomas Harriot.
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Retrato de Thomas Harriot. (Wikicommons.)

Al fin, el alemán Johannes Kepler (1571-1630) demostró que los planetas describen órbitas elípticas. Las elipses son círculos que le salen mal al compás del Sol.

Sin embargo, algunos años antes, el inglés Thomas Harriot (1560-1621) había construido el mayor telescopio de su país y había llegado a la misma conclusión: los planetas no giran en círculos pues, aunque lo quieran mucho, el Sol no es el centro de sus vidas.

El problema con Thomas Harriot es que nunca publicó sus descubrimientos; se los hallaron póstumamente, escritos en un desorden huracanado de papeles. Hoy, comparado con el Galileo -Mozart, el discreto Thomas Harriot es el Antonio Salieri de la astronomía.

Los historiadores españoles Miguel Artola y José Sánchez Ron son algo severos con el buen Thomasy escriben: “No sabemos qué dedujo de lo que vio, si es que dedujo algo, y posiblemente no lo hizo” (Los pilares de la ciencia , cap. IV).

Thomas Harriot pudo haber pasado también al salón de la fama como el primer trazador de un mapa de la Luna, con sus mares sin agua y la sorda quietud de su polvo sin aire, de modo que las huellas de los astronautas quedarán sobre la Luna por lo que nos reste de la eternidad.

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Otro historiador, el helenista estadounidense Stephen Greenblatt , propone una hipótesis para entender el silencio de Harriot, en su reciente libro El giro: Cómo el mundo se volvió moderno (cap. X), dedicado al descubrimiento, en 1417 y en Alemania, de una copia de De rerum natur a, el poema científico-filosófico del romano Lucrecio.

Greenblatt menciona que Harriot escribió una lista de acusaciones formuladas contra él por adherirse al atomismo griego, sinónimo entonces de ateísmo. “Prefirió la vida antes que la fama”, dice Greenblatt; pero la fama sabe también de la justicia: el Año Internacional de la Astronomía del 2009 se dedicó al precavido y silencioso Thomas.

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