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El plagio es el hombre

Actualizado el 21 de julio de 2013 a las 12:00 am

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El plagio es el hombre

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Algún escritor siempre es estimulante pues nos conduce de inmediato a buscar otros, y es que uno nunca se cansa de no leerlo. Nos anima tanto que uno no puede esperar a la última página para dejarlo. Sus libros son tan fluidos que parece que nadie los ha escrito, y puede ser. Sus libros son el manantial donde se seca el entusiasmo. Disfrazarse de su estilo es como salir a la calle vestido de incógnito: casi nadie lo reconoce, y quien sí lo reconoce siente ganas de denunciarlo.

Eso del estilo ya es un problema pues es difícil carecer de estilo. Estilo es repetición, y todos repetimos algunas cosas cuando creamos música, escribimos o pintamos. El periodo azul de Pablo Ruiz Picasso es un estilo porque en sus cuadros de entonces abunda el azul, según nos han asegurado intensamente.

Para escribir como don Federico García Lorca en su momento gitano es aconsejable hacer tropezar con frecuencia en las palabras ‘gitano’, ‘navaja’, ‘caballo’ y ‘Luna’.

Quienes aún no se llamen Gabriel García Márquez pueden consolarse de ese error si escriben “lluvias bíblicas”. Para ser a veces don Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro se requiere abusar del epitrocasmo , figura retórica que –a pesar de su nombre– existe.

Estilo es repetición. Se repite lo que los semióticos o los semiólogos (ignoramos los detalles de sus diferencias porque la curiosidad es el único vicio que es más débil que nosotros) llaman ‘ estilemas ’; id est , esto es, las “cosas” o los “rasgos” más repetidos: un color, una perspectiva, un arpegio, un paso de baile, un grupo de palabras, un conjunto de figuras retóricas, etcétera. Si no hay repetición, no hay estilo.

Ya que hablamos de repetición, es un obvio mandato el repetir un dictum del conde de Buffon (1707-1788), quien, con ese nombre del siglo XVIII, se perdió el hacer política en el siglo XX. Como se ha demostrado ya irrefutablemente con los años indicados, el conde de Buffon vivió en una época iluminista: en la que los libros no eran ilustrados, pero sus autores sí.

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El supradicho conde sentenció: “El estilo es el hombre”. Este aserto es célebre, pero no ayuda mucho porque es tautológico –palabra esta que usamos en las discusiones para demostrar quién es el culto–.

Decir que “el estilo es el hombre” es como asegurar que “2 es 2”. El hombre (la persona) solo puede expresar su estilo, salvo que se ponga a imitar otros. Para esto simplemente debe precisar los estilemas ajenos y aplicarlos con ardor.

Así, usando los estilemas ajenos más frecuentes, el imitador obtiene obras del autor B que se parecen más a las de B que las propias obras de B: son un concentrado de B que ni B alcanza. Quien no desee imitar, puede plagiar, de modo que el estilo ya no será el hombre, sino que el estilo será el otro hombre. Al escritor español Arturo Pérez Reverte lo han sentenciado por plagio (un delito): no da lecciones de literatura ni de ética. El plagio es el hombre.

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