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Actualizado el 22 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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En su libroLos alucinados, Francisco Umbral reseña la vida de ciertos filósofos que juegan con las ideas mientras Umbral juega con el idioma. El lector puede escoger el juego, pero siempre saldrá ganando.

Uno de aquellos personajes es el español don Eugenio d’ Ors y Rovira (1881-1954), hijo de madre cubana, ironista filosofante que, antes de inventarse una obra, se inventó un apóstrofo (’) de aristócrata que no merecía por estirpe, aunque sí por inteligencia. Esto confirma que los aristócratas por estirpe solo merecen un apóstrofo, que ellos –¡ay!– llaman ‘apóstrofe’.

En aquel libro supradicho, Paco Umbral recuerda que d’Ors fue uno de los grandes críticos europeos de arte; si embargo, “como no llega a tiempo para descubrir a Picasso, tiene que conformarse con descubrir a Pedro Pruna”. El señor Pruna es una de esas personas a las que solamente Internet recuerda. A veces, vivir dentro de Internet es una forma de no salir del anonimato.

Eugenio d'Ors.
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Eugenio d'Ors. (Wikicommons.)

Podría escribirse una historia de la inteligencia que consista en una cadena de oro en la que un genio curioso descubre a un pensador o a un artista.

Tiziano descubre a Peterzano, y Peterzano descubre a Caravaggio, quien, como se lo pasa pintando, no descubre a nadie, pero descubre el barroco, que ya es suficiente.

Mozart descubre a Beethoven, aunque nadie se entera porque en aquel tiempo no había periodismo de espectáculos y ni siquiera crónicas parlamentarias; o sea, no había periodismo de espectáculos.

Paul Verlaine descubre antes el ajenjo y después a Arthur Rimbaud, pero luego se lían a balazos cual si uno fuese poeta y el otro fuera crítico. Verlaine termina preso, y Rimbaud acaba traficando  armas en Etiopía porque el lirismo nunca da para vivir.

El pintor Pierre Renoir descubre al cineasta Jean Renoir, pero, así, cualquiera porque el cineasta es su hijo. Lo notable es que lo descubre antes de que su hijo filme películas, y esto sí que es un mérito.

Rubén Darío descubre a Juan Ramón Jiménez en una noche matritense de vino tabernario, pero J. R. J. no bebe porque se le ha dado por hacernos una poesía abstemia, postromántica y asaz suspiradora.

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Juan Ramón historia famosamente esa noche lujosa en la que él conoce también a don Ramón María del Valle-Inclán, y lo cuenta en su libro Españoles de tres mundos, que es como un relicario de ilustres pintados por un genio.

El embajador y ensayista mexicano Alfonso Reyes descubre a Jorge Luis Borges en 1927, según nos lo cuenta Borges al escritor cubano Roberto Fernández Retamar: “Yo era en Buenos Aires el hombre invisible, y Reyes me descubrió. Me invitaba a almorzar todos los domingos en la Embajada de México”.

Hay que tener buen ojo para descubrir al hombre invisible.

La historia de la inteligencia es también la historia de la generosidad que vive entre los grandes; y es que los envidiosos encubren, pero los maestros descubren.

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