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La neuroética, un pilar de los derechos humanos

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Bases éticas. Derechos humanos, emociones y neuroética están unidos

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Un soldado golpea con rudeza a una manifestante pacífica, y el ver esto nos indigna: ¿por qué? Al parecer, existe una especie de intuición que indica automáticamente qué es bueno y qué es malo. Ante un acto de injusticia, podríamos sentir repugnancia sin saber exactamente de dónde proviene tal indignación. Del mismo modo, es posible tener emociones de simpatía por familiares y amigos sin necesitar una teoría que lo justifique. Por tanto, existen emociones que están en la base de nuestro reconocimiento del daño.

Se distinguen –como mínimo– dos tipos de emociones: las básicas y las sociales. Las básicas incluyen las emociones independientes de la cultura; pueden reconocerse a partir de expresiones faciales, como la sorpresa, el miedo, la ira, la repugnancia, la empatía y la tristeza. No están necesariamente ligadas al contexto social.

 La matanza de Quíos  (1824), del pintor francés Eugène Delacroix, representa la masacre de miles de griegos como consecuencia de la invasión de los  otomanos a la isla  en 1822.
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La matanza de Quíos (1824), del pintor francés Eugène Delacroix, representa la masacre de miles de griegos como consecuencia de la invasión de los otomanos a la isla en 1822.

Las emociones sociales incluyen el orgullo, los celos, la lástima y la vergüenza; solo se manifiestan en el contexto social. Estas tienen una historia en la evolución de la especie (continuidad filogenética), pero lo biológico tiene una menor influencia que en los casos de las emociones primarias.

Tendencias. Empieza a considerarse la existencia de tendencias innatas (emociones) que conforman la base biológica de la ética. Se comienza a verlas como justificación básica de los derechos humanos. Entre esas tendencias están el interés por uno mismo; el deseo de control y seguridad; la disociación con lo que se considera desagradable o amenazante; la repugnancia, la indignación y la simpatía. Según Jonathan Glover, la simpatía puede ampliarse a los desconocidos, más allá de los amigos y los familiares.

¿Por qué comprendemos el dolor ajeno? Esto solo ocurre cuando el dolor se nos presenta en toda su crudeza. Además, únicamente sentimos repugnancia cuando hay actos de justicia o injusticia si estamos en presencia de actos injustos o de infelicidad, como indicaba la filósofa Hannah Arendt.

Así, la indignación se presenta frente al sufrimiento que puede ser evitado. Además, tenemos un sentido original de responsabilidad asimétrica (por ejemplo, de los padres hacia los bebés). Todos son mecanismos neurobiológicos y psicológicos profundos que funcionan como frenos a la barbarie.

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Esas reacciones son previas a la adquisición del lenguaje verbal, por lo que se ubican en un primer nivel. Ellas forman parte de una base compartida: la idea de que todas las personas tenemos una naturaleza humana común producto de la evolución.

Sin embargo, la evolución del cerebro está en relación con el medio (natural y social). Así, tanto la condición gregaria del ser humano como sus fundamentos biológicos han formado las bases de nuestra conciencia moral.

Más tarde, el lenguaje y los conceptos servirán para justificar la defensa de los derechos humanos. Esas predisposiciones llevan a un segundo nivel: el acto reflexivo y deliberativo. En este segundo nivel existen muchos enfoques de cómo justificar los derechos humanos.

Neuroética. En los últimos diez años se han intensificado los estudios filosóficos sobre la relación que hay entre la ética y el cerebro. Ha nacido así una nueva disciplina: la neuroética.

Esta se basa en los datos que aportan las neurociencias y la neurobiología, aunque la neuroética también considera otras disciplinas, como la sociología y la psicología.

La neuroética tiene dos tendencias. La primera funciona como filosofía aplicada: el estudio del comportamiento de los científicos en relación con sus investigaciones y con el tratamiento de sus pacientes. La segunda tendencia implica una investigación sobre los fundamentos de la ética.

Según Kathinaka Evers en el libro Neuróetica: Cuando la materia se despierta, las preguntas esenciales son: ¿cómo pueden las ciencias naturales profundizar nuestra comprensión del pensamiento moral? y ¿cómo se producen nuestros juicios morales y éticos?

La neuroética intenta replantear la ética sobre las bases biológicas y neurobiológicas. Los datos de las neurociencias aportan información valiosa, mas sus resultados son preliminares, por lo que su análisis debe recibirse con cautela.

Como una ampliación de la segunda tendencia, en los últimos cinco años ha surgido una perspectiva que intenta explicar la violación y el respeto a los derechos humanos con base en las neurociencias. Así, parece que ver una foto de un soldado que golpea a una manifestante produce indignación en cualquier parte del mundo.

Esa perspectiva trata de ofrecer una explicación que considera: 1) a la neurobiología y 2) a las condiciones y los contextos psicológicos, sociales y culturales. Tal perspectiva busca un punto medio entre los determinismos biológicos y los culturalistas.

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A su vez, los aspectos sociales y culturales no se manifiestan de manera independiente de los biológicos, sino que existe una influencia entre ambos aspectos. Las bases biológicas de las emociones crean las condiciones que propician ciertos comportamientos.

Códigos morales. Por lo general, se considera que tenemos códigos morales inscritos en el cerebro en razón del proceso evolutivo. Estos códigos originan las emociones que nos llevan a interesarnos por las personas cercanas. Sin embargo, el interés natural por estos sujetos puede ampliarse a los más alejados de nosotros.

Un problema consiste en saber si existe una estructura moral innata, acuñada por la evolución, que permita distinguir entre el bien y el mal. El debate se centra entre “lo innato” y “lo adquirido”, entre la naturaleza y la cultura.

Es importante evitar el dualismo (la separación entre la naturaleza y la sociedad) y el reduccionismo (la reducción de lo cultural a lo biológico, o la reducción o la eliminación de lo biológico a favor de lo social). Nuestros cerebros son naturales, pero crean sus ideas en la interacción con otros cerebros.

No está claro cómo interactúan el cerebro y la consciencia. Las emociones son parte esencial de la consciencia. A partir de ellas se cuenta con un cerebro y una consciencia que toman decisiones influidas por las emociones (no solo por la reflexión). No somos autómatas determinados.

Los valores y las emociones son rasgos fundamentales del cerebro activo, lo cual se da de manera autónoma (libre); allí se encuentra el germen de la moralidad. Sin emociones ni preferencias, no podría haber moralidad porque esta supone la capacidad para seleccionar.

Así pues, no hay disposiciones innatas que se activan en contextos sociales y culturales determinados, sino que estas disposiciones existen en función del desarrollo de capacidades. Dichas disposiciones y capacidades se encuentran en situaciones de plasticidad, dinamismo y flexibilidad, lo que permite la existencia de diferentes sistemas normativos y morales.

Consciencia moral. Realmente, lo que existe es una predisposición neurológica para desarrollar sistemas de valores complejos y variados, que permiten funcionar en los entornos físico, social y cultural. En definitiva, puede afirmarse que el ser humano es y se hace . Existe algo que está en nuestra naturaleza, y también hay algo que aprendemos de la cultura.

Así, según Jorge Mario Rodríguez en Derechos humanos: una aproximación ética , dichos derechos tienen su soporte en una consciencia moral concreta, la que supone una naturaleza humana común. Tal naturaleza asume un sustrato pulsional o emotivo; es decir, preconceptual y prediscursivo (antes del lenguaje verbal y escrito).

Esa tendencia se articula de diferentes maneras en distintos contextos, lo que permite el entendimiento entre las culturas. A ese respecto, esta consciencia moral es previa a toda visión teórica y conceptual particular, y permite ver los límites de las perspectivas particulares del mundo. Esto es, ante la imagen del soldado y la manifestante agredida, nos indignamos sin que tengamos las palabras para nombrar el hecho: por ejemplo, “abuso de poder”.

Esa concepción se corresponde con la idea de que los derechos humanos son previos a cualquier sistema legal o político. De esta forma, los derechos humanos no existen solamente porque un sistema indique cuáles son. Precisamente, como bien afirma Thomas Pogge (en World Poverty and Human Rights, 2008), estos derechos pueden considerarse valores morales que logran ser exigidos en cualquier contexto social, cultural y político.

En tanto expectativas –es decir, en tanto aspiraciones–, el mencionado enfoque debe complementarse con un enfoque de los derechos humanos como acciones políticas; es decir, como reclamos a una comunidad política.

El autor es director del Programa de Posgrado de Filosofía de la UCR y presidente de la Asociación Centroamericana de Filosofía.

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