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El muro en la Friedrichstraße

Actualizado el 09 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

El arte y el miedo. El autor recuerda su inquietante paso al Berlín oriental cuando aún existía el muro

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Lo difícil vino después. En cambio, dos días antes no me costó para nada subir al tren rumbo a Berlín, en la estación de Bamberg. No hice el menor esfuerzo: bastaba la curiosidad de conocer la ciudad dividida. Así fue al principio, esa tarde veraniega.

Después, la noche se convirtió en aventura sin mucha gracia, una vez que el tren empezó a rodar por el territorio de la República Democrática Alemana: no sé cuántas veces los policías de seguridad (no simples funcionarios) despertaron a los pasajeros para revisar el pasaporte y la identidad una vez y otra y otra.

No acababas de conciliar el sueño alborotado por el runrún, cuando ya volvían a despertarte con su sombría repetición de Passkontrolle . Una y otra vez, practicando la obsesión burocrática del poder. La última hora en que desperté, ya no sé si cansado o aliviado, fue para llegar a la estación final, Zoologischer Garten, Berlín, sector occidental. Día tranquilo en casa de los amigos que me invitaron, en algún lugar en Kreuzberg.

Arriba:  El presidente John Kennedy camina junto a uno de los pasos del muro, el “Checkpoint Charlie”, en junio de  1963. Debajo: El mismo lugar hoy. AP.
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Arriba: El presidente John Kennedy camina junto a uno de los pasos del muro, el “Checkpoint Charlie”, en junio de 1963. Debajo: El mismo lugar hoy. AP.

Paseo por la historia. Al día siguiente llegó el placer de una ilusión: visitar el Museo de Pérgamo, en Berlín oriental. Para ello hay que ir al otro lado, más allá del muro, en territorio de la Deutsche Demokratische Republik, llamada con más frecuencia DDR.

La Isla de los Museos pertenece al barrio Mitte, en la ciudad histórica, donde detentaba el poder el extinto Kaiser de la hoy extinta Prusia, el barrio desde el cual los nazis planeaban en vano un triunfo de mil años sobre la humanidad y donde –en la fecha de esta, mi primera visita al muro, a principios de los años 80– reinaba entonces un Partido Comunista sin porvenir.

Es curioso: la pasión museística del siglo XIX, común a las potencias coloniales europeas, se caracterizó por el traslado –a veces legal, a veces con engaño– de material arqueológico de Grecia, Egipto y Asia Menor. En el Museo de Pérgamo se conservan restos sagrados de Babilonia, de la Magna Grecia, del Imperio romano así como arte islámico.

Al principio no le di importancia. Se trataba de cruzar el muro, aunque no en un punto del muro mismo –como en el "Checkpoint Charlie", que hoy tiene rango de tarjeta postal–, sino en el paso subterráneo de la Friedrichstraße, en la estación del metro. Había que bajar las gradas y llegar a la frontera.

Pasé. No hubo obstáculo. El funcionario miró el pasaporte, controló lo que debía, como en cualquier paso fronterizo donde los que te miran desde su pequeño despacho suelen ser aterradores.

Ya al otro lado me fui a caminar por el bello edificio de la Universidad Humboldt, el Lustgarten (jardín del gozo, que en castellano suena mejor) y el Altes Museum, deslumbrante como pocos edificios neoclásicos, lleno de citas arquitectónicas de los modelos griegos fundacionales.

Luego aceleré el paso hacia el altar de Pérgamo y la vía sacra de Babilonia y sus mosaicos en bajorrelieves polícromos. Acabé la noche en el Berliner Ensemble, también en Mitte, viendo la pieza de Dario Fo No se paga, no se paga. Regresé al apartamento de mis amigos, sin novedades, otra vez por el mismo punto de ingreso. Eso fue el sábado.

El miedo. El domingo volví al subterráneo de la Friedrichstraße. Cuando entregaba el pasaporte quise no haber vuelto. Fue un pequeño pánico, desorden vital. Estaba frente al mismo funcionario del día precedente. El hombre no me había olvidado (por supuesto, los gendarmes tienen buena memoria), me observó una y otra vez, repitió las revisiones del pasaporte y lo confrontó con no sé qué información que tenía a mano, mientras pasaban otros viajeros atendidos por un colega suyo que estaba al lado.

Después llegaron dos gigantes uniformados de policía y me hicieron entrar en un cuartucho minúsculo donde colgaba un espejo frente a una mesa y una silla al lado de un lavamanos; y nada más. Tal vez era una cámara de Gesell y podían observarte desde el otro lado del espejo. Así me lo imaginé, ya paranoico e inocente.

Me revisaron todo: las bolsas, la billetera, los ruedos del pantalón; me preguntaron qué significaba una marca en el plano de la ciudad que tenía a mano; de nuevo me preguntaron qué hacía en Berlín, y se fueron.

Esperé media hora, creo; me lavé la cara mientras vencía la tentación de mirarme en el espejo y descubrir ahí los miedos de la Guerra Fría bien aterrizados en un ciudadano cualquiera al cual iluminaba un miserable bombillo colgado del techo.

Esperé, esperé, esperé un poco más a que las cosas se reordenaran. Después abrieron la puerta dos policías más, me acompañaron a una ventanilla en donde debí comprar moneda de la DDR, y me devolvieron el pasaporte con la indicación de que podía ingresar por segunda vez consecutiva al Berlín del este, rostro ingrato de la historia de posguerra.

Volví al pasado: otra vez los hititas, babilónicos, asirios y persas: el altar de Pérgamo, la puerta del ágora de Mileto, la puerta de Ishtar. La visita acabó por última vez en el Berliner Ensemble, viendo el drama Galileo Galilei, de Bertolt Brecht –donde el padre de la física moderna se enfrenta a la Inquisición–, con el deseo de acabar en el teatro las angustias producidas por el sueño dogmático… de otros. Buena sorpresa: cortaron una escena clave.

Esa fue la parte difícil del viaje al centro de la Guerra Fría.

El muro, ese muro cayó. Sin embargo, la dificultad de cruzar fronteras sigue ahí, tan viva hoy como siempre, tan desagradable como si el muro de Berlín no hubiera caído jamás.

El autor es filósofo y escritor costarricense.

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