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La mosca, la vida breve y la locura

Actualizado el 01 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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La mosca, la vida breve y la locura

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Las moscas no viven mucho, de modo que el tiempo se les pasa volando. Una mosca letrada (hay gente para todo) quizá haya inventado el locus filosófico de la vita brevis ; o sea, la “vida breve”: la sensación de que el tiempo huye (tempus fugit); de que, como nos sentenciaba el sentencioso Quevedo, “el tiempo es un enemigo que mata huyendo”.

La angustia de saber la vida breve es el asalto metafísico que sufrimos cuando ya es lunes y no hemos hecho las tareas. (Eso de dejar todo para después estaría bien si “después” fuese una persona.) Sabemos también que la vita est brevis cuando no cumplimos las impacientes órdenes del jefe, quien se asemeja a Dios en que conoce nuestro futuro y siempre está mirando.

La vida es como el sueldo: no alcanza. Lo mejor sería no hacer planes ni de hacer planes; empero, el ser humano –incluidos nosotros– gusta de pensar que tiene mucho futuro; que el piano de perlas de su rutilante sonrisa tocará el nácar de las puertas del éxito.

Lo ideal sería que hablemos sinceramente del futuro –sobre todo ahora, cuando él aún no llega– y decirnos toda la verdad porque la verdad nos hace libres, excepto cuando confesamos un delito.

Obviamente, eso de decir la verdad se parece mucho a la cortesía: los otros primero.

Portada del libro "El precio de la inteligencia".
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Portada del libro "El precio de la inteligencia". (Wikicommons.)
El ser humano detesta la idea de la muerte, y tiene razón porque uno no puede vivir pensando en que morirá. De hacerlo, la tristeza nos embargaría hasta los muebles.

En ciertos conventos medievales, un hermano lego despertaba a los monjes espetándoles: “¡Recuerda que eres mortal!”. La pena de haber carecido de telenoticieros no los privaba de recibir malas noticias. Despertar así equivale hoy a comprar una pintura de Francis Bacon y ponerla en el dormitorio.

Retornando a las moscas –el tema con el que hoy vuela nuestro pensamiento–, sin duda creen que los matamoscas son genios porque las pescan al vuelo. (“Pescar una mosca” es una metáfora –asaz mala–, pero el/la lector/lectriz no debería ponerse aquí muy socialrealista.) El banano es el sitio donde la mosca vive, así como el panal es el lugar donde la abeja reina.

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Un feo prejuicio nos lleva a suponer que las moscas nunca piensan, pero nos olvidamos de cómo votamos en las elecciones.

Si fuesen electoras, las moscas votarían por una consigna dictada por sus genes ya que su cerebro es tan pequeño que carece de mucha complicación: sirve para vivir un rato repitiendo sus conductas, y a otra cosa, mosca, mariposa.

En cambio, la complejidad del cerebro humano lo dota de arte y filosofía, de ciencia y libre albedrío; pero también lo acerca a fallas, como el mal del Alzheimer, la esquizofrenia y el autismo: enfermedades solo humanas (Jordi Agustí et al.: El precio de la inteligencia, cap. IX).

La locura es uno de los precios de nuestra inteligencia, así como la muerte es el precio de la vida.

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